Mi hijo tenía cinco años y todavía iba en kínder cuando comenzó a jugar en la liga de básquetbol de su colegio.
Como no había suficientes niños de su edad para formar un equipo, lo integraron a una categoría superior. Jugaba —y sigue jugando— con niños de una o dos generaciones más grandes: más altos, más fuertes y, sobre todo, con más tiempo intentando entender qué había que hacer dentro de una cancha.
En algunos momentos del partido, me parecía que seguía el balón. En otros, no tanto.
Una ofensiva terminaba y él regresaba hacia su canasta, pero daba la impresión de haberse desconectado de lo que ocurría a su alrededor. Mientras sus compañeros corrían, se acomodaban o buscaban a quién defender, él solía quedarse dando pequeños saltos, ensimismado en otra parte de la cancha —o del mundo.
Yo lo veía desde las gradas y trataba de interpretar aquellas distracciones.
Pensaba que quizá no le interesaba realmente el básquetbol y sólo asistía por nuestra insistencia de inscribirlo a un deporte de conjunto. O que todavía no comprendía el propósito de un juego en equipo. Tal vez no entendía por qué tenía que correr de un lado a otro, marcar a otro niño o seguir una pelota que pocas veces llegaba a sus manos.
Lo que no me preguntaba era si simplemente estaba viendo a un niño de cinco años intentando comprender un juego que los adultos damos por sentado.
Yo conocía las reglas. Entendía cuándo había terminado una posesión, hacia dónde debía correr y qué jugador tenía que defender, o cuándo salirme del guión y aprovechar una oportunidad. ¿Qué había detrás de esas distracciones?
Él apenas estaba descubriendo ese universo.
Aun así, desde la primera temporada metió algún par de canastas, que no es un logro menor. Suficientes para que yo comenzara a notar un gesto que se repetía.
Después de anotar, él volteaba inmediatamente hacia las gradas para buscarme.
Al principio lo viví como uno de esos momentos que emocionan a cualquier papá. Mi hijo había encestado y quería asegurarse de que yo lo hubiera visto. Yo levantaba los brazos, aplaudía o gritaba alguna felicitación.
Pero la mirada comenzó a inquietarme.
¿Me estaba buscando para compartir su alegría o para comprobar que había hecho algo que yo aprobaba?
No podía saberlo. Todavía no puedo saber exactamente qué pasaba por su cabeza. Pero la pregunta me obligó a observar algo que hasta entonces no había considerado: mi propia manera de acompañarlo.
Años después entendí que la presión de los papás en el deporte infantil no siempre comienza con un regaño. A veces nace de algo tan comprensible como querer ayudar.
Con el tiempo entendí que la competitividad infantil no siempre se manifiesta mediante gritos, celebraciones o frustración visible. A veces somos los adultos quienes hemos decidido de antemano cómo debe verse un niño que quiere ganar.
La presión no siempre se parece a la presión
Cuando pensamos en los padres que presionan a sus hijos en el deporte, imaginamos una figura muy reconocible.
Es el papá que grita desde la grada, reclama al árbitro, discute con el entrenador, señala cada error o le exige a su hijo que corra más, que marque mejor o que deje de distraerse. Y me ha tocado ver a algunos que hasta se meten con algún niño del equipo contrario.
Yo no me veía así.
No era el papá que regañaba durante el partido ni el que convertía cada juego infantil en una final. Tampoco era demasiado efusivo cuando él hacía algo bien.
O eso pensaba.
Sí gritaba cuando anotaba. También intentaba corregir algún detalle que alcanzaba a ver desde mi lugar. Podía decirle que regresara, que siguiera a su jugador o que estuviera atento al balón llamándole por su nombre.
No lo hacía para molestarlo. Lo hacía porque quería ayudar —me decía a mí mismo.
Ese es uno de los problemas del entusiasmo de los padres: casi siempre llega disfrazado de buenas intenciones.
Queremos compartir lo que sabemos. Evitarles errores. Ayudarlos a comprender más rápido. Mostrarles que estamos presentes y que nos interesa lo que hacen.
Pero una instrucción bien intencionada sigue siendo una instrucción.
Desde la cancha, un niño puede escuchar simultáneamente al entrenador, a sus compañeros, al árbitro y a varios padres gritando indicaciones diferentes. Además, tiene que recordar hacia qué canasta ataca, a quién está defendiendo y qué debe hacer cuando recibe el balón.
En medio de todo eso también escucha nuestra voz.
Y nuestra voz pesa de una manera distinta.
No toda distracción significa desinterés
Durante aquella primera temporada interpreté estas distracciones de mi hijo como posibles señales de que el básquetbol no era para él.
Hoy, varias temporadas después, el básquetbol es su deporte.
Esa distancia entre lo que pensé entonces y lo que ocurre ahora me ha hecho desconfiar de las conclusiones rápidas que los adultos hacemos sobre los intereses de los niños.
Queremos identificar muy pronto aquello para lo que tienen talento, lo que les apasiona y la actividad en la que podrían perseverar. Observamos un entrenamiento, una clase o un partido como si estuviéramos buscando evidencias.
Si corre detrás del balón, le gusta.
Si se distrae, no le interesa.
Si anota, tiene cualidades.
Si quiere faltar una tarde, quizá no es constante.
Pero el interés infantil no siempre se presenta como atención absoluta, disciplina o entusiasmo permanente.
Un niño puede distraerse durante un partido y pasar el resto de la semana esperando el siguiente. Puede no comprender todavía la dinámica de un juego, pero disfrutar estar con sus compañeros. Puede sentirse perdido en la cancha y, aun así, recordar durante días la única ocasión en que tocó el balón.
También puede amar una parte del deporte y ser indiferente ante otras.
Para él, como para muchos niños, las canastas tienen un valor especial. A mí me emocionan también otras cosas que hace. Es muy buen defensivo. Me gusta observar cómo sigue a un jugador, cómo recupera un balón o cómo se esfuerza en una jugada que no terminará en puntos.
Él, sin embargo, sigue viviendo la anotación como el momento principal.
Los dos vemos el mismo partido, pero no necesariamente valoramos lo mismo.
Y no tiene nada de malo.
El deporte que imaginamos y el deporte que viven ellos
Los adultos solemos hablar del deporte como una formación para la vida.
Decimos que enseña disciplina, compromiso, trabajo en equipo, tolerancia a la frustración y capacidad para ganar o perder.
Todo eso puede ocurrir.
Pero los niños no suelen entrar a una cancha pensando en desarrollar carácter, aprender resiliencia o prepararse para las dificultades de la edad adulta.
Tal vez solo quieren jugar con sus amigos.
Quizá les gusta correr, lanzar una pelota o usar un uniforme. Puede que disfruten los entrenamientos, pero no los partidos. O que les encante competir, aunque no les interese demasiado practicar.
También es posible que lo que más les guste del deporte sea el trayecto con su papá, la comida después del juego o la sensación de pertenecer a un equipo.
Nosotros vemos una actividad formativa. Ellos viven una experiencia mucho más inmediata.
El problema no siempre es que a nuestros hijos no les guste el deporte. A veces queremos que les guste de la misma manera que nos gusta a nosotros.
Esperamos que valoren el esfuerzo sin balón, que comprendan la importancia de defender o que se emocionen por una buena jugada colectiva. Queremos que sean constantes, que soporten la frustración y que aprovechen cada oportunidad.
Podemos enseñarles algunas de esas cosas con el tiempo.
Pero primero necesitamos descubrir qué están encontrando ellos dentro del deporte.
Cuando mi hijo pidió que dejáramos de gritarle
En su tercera temporada en la liga del colegio, nos hizo una petición muy clara a su mamá y a mí.
Le dijo a su mamá que no quería que le gritara durante los partidos.
Ni para bien ni para mal.
La petición también iba con chanfle para mí.
No nos pidió solamente que dejáramos de corregirlo. Tampoco quería que gritáramos su nombre después de una canasta o que lo felicitáramos en solitario desde la grada.
El mensaje era sencillo: quería jugar sin que nuestras voces lo sacaran del partido.
Podíamos haberle explicado que sólo intentábamos animarlo. Podíamos decirle que todos los padres gritaban, que debía acostumbrarse al ruido de las gradas o que nuestras felicitaciones eran una forma de demostrarle orgullo.
En lugar de eso, intentamos escuchar lo que realmente nos estaba pidiendo.
Desde entonces apoyamos al equipo.
Aplaudimos las jugadas, celebramos las canastas y reconocemos el esfuerzo colectivo, pero no gritamos su nombre. No llamamos su atención. No intentamos corregir su posición ni anticiparle lo que tiene que hacer.
Tampoco lo ovacionamos en solitario.
Puede parecer una diferencia mínima. Para nosotros ha significado cambiar por completo nuestra forma de estar presentes.
Antes creíamos que acompañar consistía en hacerle notar que lo estábamos viendo. Ahora entendemos que también puede consistir en mirar sin interrumpir.
La presión también puede parecerse a una felicitación
No creo que aplaudir una canasta o gritar el nombre de un hijo vaya a arruinar su relación con el deporte.
Cada niño es distinto.
Hay quienes disfrutan escuchar a sus padres desde las gradas. Algunos encuentran confianza en esos gritos. Otros parecen no prestarles atención.
El punto no es establecer una regla universal de silencio.
La pregunta es si nuestra manera de acompañar coincide con la forma en que nuestro hijo necesita ser acompañado.
La presión no siempre aparece como exigencia o regaño. También puede esconderse dentro de una felicitación constante.
Si reaccionamos con mucha más intensidad cuando anota que cuando defiende, comparte el balón o se esfuerza, quizá le estamos mostrando —sin decirlo— qué acciones consideramos valiosas.
Si después de cada partido hacemos una evaluación detallada de su desempeño, podemos convertir el camino de regreso a casa en una extensión del entrenamiento.
Si desde la grada corregimos todo lo que vemos, el niño deja de jugar únicamente contra el otro equipo. También juega frente a nuestra mirada.
Aparece entonces una especie de marcador invisible.
No sólo importa cuántos puntos lleva el partido. También importa si papá está satisfecho, si mamá aplaudió, si escuchó su nombre después de una jugada o si habrá una corrección cuando termine.
La intención puede ser acompañar.
El resultado puede sentirse como supervisión.
Devolverles el deporte
Como padres, llegamos al deporte antes que nuestros hijos.
Conocemos las reglas, tenemos equipos favoritos, recordamos jugadores y conservamos nuestras propias experiencias. Incluso cuando no fuimos deportistas destacados, hemos acumulado suficientes años observando para creer que sabemos lo que debería ocurrir.
Nuestros hijos están comenzando.
Por eso es tan tentador explicarles el juego, acelerar su aprendizaje o indicarles lo que no alcanzan a ver.
Pero llega un momento en que tenemos que devolverles el deporte.
Dejar que el entrenador entrene.
Permitir que el niño se equivoque.
Aceptar que puede vivir el partido desde un lugar diferente al nuestro.
Hacernos a un lado no significa desinteresarnos. Seguimos llevándolo a entrenamientos, organizando horarios y asistiendo a sus partidos. Seguimos celebrando que haya encontrado una actividad que disfruta.
La diferencia es que intentamos no apropiarnos de la experiencia.
El partido es suyo.
La canasta es suya.
Incluso la frustración después de una derrota le pertenece antes que a nosotros.
Podemos estar disponibles cuando quiera hablar, pero no necesitamos llenar inmediatamente cada silencio con una explicación.
La mirada después de la canasta
Hoy mi hijo sigue volteando hacia mí cada vez que anota.
A pesar de que dejamos de gritarle y de celebrar sus acciones de forma individual, el gesto permanece.
No sé exactamente qué significa para él.
Tal vez todavía quiere asegurarse de que vi la jugada. Quizá espera una reacción. O puede ser simplemente un reflejo que conserva desde su primera temporada.
A mí, sin embargo, ahora me parece una señal de complicidad.
Nos miramos durante un segundo.
No necesito gritar su nombre ni levantarme del asiento. A veces basta con sonreír, asentir ligeramente o sostenerle la mirada antes de que regrese a defender.
La canasta deja de ser un examen que tiene que aprobar frente a mí. Se convierte en algo que compartimos desde lugares distintos de la cancha.
Él juega.
Yo observo.
Y durante un instante los dos sabemos que ocurrió algo que nos hizo felices.
Tal vez fomentar el amor de nuestros hijos por el deporte no consiste en convencerlos de que sientan nuestra misma pasión.
Quizá nuestra tarea sea mostrarles distintas puertas, acompañarlos mientras exploran y aprender a reconocer el momento en que debemos dejar que entren solos.
Nuestro entusiasmo puede acercarlos al deporte.
Sólo que, para que ese deporte termine siendo verdaderamente suyo, también tenemos que aprender a no acaparar la grada.

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