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Un deporte sin entrenamiento, marcador ni prisa

Mi hijo y yo hemos desarrollado una pequeña rutina alrededor de los reels deportivos.

Vemos técnicas de nado, movimientos de básquetbol, consejos para descender en la bici de montaña y, más recientemente, ejercicios para golpear mejor un balón de futbol. Elegimos alguno que parece interesante o retador, lo comentamos y quedamos en probarlo la siguiente vez que practiquemos.

A estas alturas, nuestro algoritmo debe pensar que estamos preparando un extraño tetratlón familiar. Le falta recomendarnos esgrima y queda resuelta la agenda hasta la universidad.

Lo cierto es que la dinámica nos ha funcionado. A él le gusta ver cómo se hace un movimiento —»la técnica», dice él— y después intentar llevarlo fuera de la pantalla. En la alberca, sobre la bicicleta o con un balón de básquetbol, la curiosidad suele sobrevivir al traslado entre el reel y la práctica.

Por eso, cuando vimos algunas técnicas de golpeo de futbol, supuse que ese fin de semana haríamos lo mismo.

No fue así.

Llegó el momento de probarlas y no mostró el entusiasmo habitual. Podíamos repetir el movimiento, revisar la posición del pie o intentar que el balón saliera de determinada manera, pero su entusiasmo parecía estar ausente.

El reel mostraba cómo cada variante de golpeo producía un efecto diferente en el balón. La posibilidad de olvidarnos del tutorial y comenzar a jugar no venía incluida.

Eso hicimos.

Dejamos a un lado el ejercicio y volvimos a nuestra dinámica habitual: el clásico «gol para», tirar alternativamente al arco. Uno dispara, el otro intenta detener el balón y después intercambiamos los papeles. No llevamos el marcador, a menos que yo decida darle importancia. Tampoco hay una cantidad de repeticiones, una técnica específica que debamos corregir ni una meta que alcanzar antes de irnos.

Entonces reapareció su entusiasmo.

Comenzó a narrar los goles, los tiros, las atajadas y los fallos. Cada jugada adquiría una importancia que no tenía unos segundos antes. Una desviación dejaba de ser un error técnico para convertirse en un episodio más del partido que estaba imaginando.

Yo había llegado pensando que íbamos a mejorar su golpeo.

Él ya estaba jugando algo mucho más grande.

Todas las señales parecían apuntar al entrenamiento

A mi hijo le gusta mucho el futbol. Además del básquetbol, es el único deporte que le interesa seguir por televisión y del cual colecciona uniformes de clubes y selecciones.

Desde la mirada adulta, las señales parecen acomodarse solas: si le gusta verlo, jugarlo y coleccionar sus camisetas, seguramente también querrá dominarlo. El paso siguiente debería ser aprender a patear mejor, controlar el balón o ejecutar alguno de esos trucos que, vistos en un video de treinta segundos, parecen sencillísimos.

Después uno intenta hacerlos y recuerda por qué hay personas que viven de jugar futbol y otras que guardamos los reels para “intentarlo el fin de semana”.

No había nada extraño en querer compartirle una técnica. Lo hacemos con otros deportes y muchas veces lo disfruta. El problema no estaba en el ejercicio, sino en mi expectativa de que su interés por el futbol debía manifestarse de la misma manera que su interés por mejorar en la natación, la bicicleta o el básquetbol.

Había interpretado su afición como una solicitud de entrenamiento.

Pero quizá ver partidos, conocer uniformes y convertir una tanda de tiros en una transmisión imaginaria ya formaban una relación completa con ese deporte. No una fase incompleta ni un entusiasmo que necesitara subir al siguiente nivel. Una manera propia de disfrutarlo.

No todos los deportes tienen que pedirles lo mismo

Con frecuencia hablamos del deporte infantil como si todas las actividades debieran producir el mismo paquete de beneficios: disciplina, constancia, tolerancia a la frustración, condición física, espíritu competitivo y, de ser posible, una habilidad que algún día pueda aprovecharse.

Nos cuesta aceptar que una actividad exista sin entregar resultados claramente identificables.

Si pagan clases, queremos avances. Si pertenecen a un equipo, esperamos compromiso. Si muestran interés, buscamos la manera de ayudarles a desarrollarlo. Son impulsos comprensibles. El tiempo, el dinero y la logística familiar hacen difícil mirar cualquier actividad como si no tuviera un propósito.

Sin embargo, un mismo niño puede necesitar cosas diferentes de cada deporte.

Puede interesarle corregir un movimiento en la alberca porque quiere nadar mejor. Puede disfrutar el reto de ejecutar algo nuevo sobre la bicicleta. Puede asumir el entrenamiento y la competencia en el básquetbol. Y también puede querer que el futbol permanezca como un espacio sin ejercicios, sin marcador y sin prisa.

No significa que siempre será así. Tal vez después quiera aprender técnicas, entrar a un equipo más competitivo o practicar por su cuenta hasta dominar un golpeo. También podría conservar durante años esta relación más lúdica.

Lo importante es no adelantar la respuesta sólo porque nosotros vemos una secuencia lógica entre gusto, práctica y rendimiento.

El marcador no siempre forma parte del juego

Algo que no había observado con suficiente atención es que, cuando jugamos, mi hijo no siempre necesita contar los goles. El marcador aparece si alguno de los dos decide introducirlo.

Eso cambia el significado de la escena.

Yo podría asumir que toda tanda de penales necesita un ganador porque el futbol profesional que conocemos se organiza alrededor del resultado. Pero para él, anotar no necesariamente sirve para colocarse arriba. El gol vale por la narración, por la celebración y por lo que provoca en el instante. Después llega el siguiente tiro y comienza otra historia.

La competencia no tiene nada de malo. También puede hacer el juego emocionante, plantear retos y enseñar a convivir con la victoria y la derrota. Mi hijo participa en actividades donde el resultado importa y donde debe respetar reglas, turnos y compromisos.

Pero la competencia no aparece de manera inevitable cada vez que hay un balón y una portería. A veces la llevamos los adultos bajo el brazo, junto con la botella de agua.

Descubrirlo no significa que nunca deba contar los goles. Significa reconocer que el marcador es una decisión y no una condición natural de cada momento compartido.

Jugar no es la ausencia de aprendizaje

En el deporte infantil, a esta clase de experiencia espontánea, flexible y sin un resultado externo que perseguir suele llamársele juego libre. Las investigaciones sobre desarrollo infantil distinguen entre la práctica estructurada, dirigida a mejorar una habilidad concreta, y formas de juego guiadas principalmente por el disfrute, la imaginación y las reglas flexibles de quienes participan.

Un informe de la Academia Estadounidense de Pediatría sobre el valor del juego lo describe como una actividad voluntaria, motivada desde dentro y frecuentemente espontánea. También destaca que puede crear una realidad imaginaria propia y favorecer el descubrimiento activo. La descripción se parece bastante a un niño narrando una final que sólo existe para las dos personas que están frente al arco.

En el ámbito deportivo suele hablarse de práctica deliberada y juego deliberado. La primera persigue una mejora específica mediante tareas estructuradas y retroalimentación; el segundo aparece en entornos informales, con reglas adaptables y el disfrute como motivo inmediato. Un estudio longitudinal reciente sobre juego y práctica en el futbol juvenil propone entenderlos como extremos de un continuo, no como categorías enemigas: una misma experiencia puede mezclar juego, esfuerzo y aprendizaje en proporciones distintas.

Esa precisión importa. Sería fácil convertir también el juego en otra estrategia de desarrollo y defenderlo porque fomenta creatividad, toma de decisiones o motivación. Todo eso puede suceder, pero caeríamos nuevamente en la necesidad adulta de justificar cada actividad por lo que produce.

Jugar no necesita esconder un programa de entrenamiento para ser valioso.

Mi hijo probablemente practica cosas mientras intenta anotar, atajar o inventar una jugada. Ajusta el cuerpo, calcula distancias y decide dónde colocar el balón. Pero nada de eso tiene que convertirse en el objetivo explícito del momento. Puede aprender sin sentir que está en una clase y puede divertirse aunque ese día no mejore nada que podamos medir.

«¿Todos los deportes infantiles deben incluir entrenamiento y competencia? No. Los niños pueden combinar prácticas estructuradas con momentos de juego libre. El entrenamiento busca mejorar habilidades específicas; el juego libre prioriza el disfrute, la imaginación y reglas flexibles. Ambos pueden coexistir. Lo importante es no convertir automáticamente cada encuentro con el deporte en una evaluación de rendimiento.»

Saber cuándo dejar de enseñar

Como papá, me gusta proporcionarle herramientas. Si una explicación puede ayudarlo a sentirse más seguro sobre la bicicleta, desenvolverse mejor en el agua o comprender una jugada, quiero compartirla. Enseñar también es una forma de acompañar.

El reto está en descubrir cuándo esa ayuda responde a su curiosidad y cuándo nace de mi dificultad para dejar una actividad sin optimizar.

Esta vez no hubo una discusión ni una revelación solemne frente al arco. No le pregunté si el futbol representaba para él un territorio lúdico libre de las exigencias del rendimiento. Tiene siete años; además, seguramente ya habría tirado tres veces mientras yo terminaba de formular la pregunta.

Sólo dejamos de practicar el movimiento y seguimos jugando.

Esa pequeña decisión me permitió ver algo que el ejercicio estaba ocultando. Su falta de entusiasmo no era necesariamente apatía hacia el futbol. En cuanto desapareció la intención de corregir el golpeo, llegaron las narraciones, las celebraciones y las emociones por las atajadas o los goles anotados. El gusto seguía ahí. Simplemente estaba en otro lugar.

Quizá acompañar sus deportes también consista en aprender a reconocer esas diferencias. No para asignarle a cada actividad una función definitiva, sino para permitir que su relación con ellas cambie. Habrá días de entrenamiento y días de juego. Momentos para corregir un movimiento y otros en los que una indicación más sólo interrumpiría el partido que ya está ocurriendo en su cabeza.

Padre e hijo se alternan tiros a una portería durante un juego informal de futbol.

Devolver el balón

Yo pensaba que aquel fin de semana pondríamos en práctica lo que habíamos visto en la pantalla. Técnicamente, el plan no se cumplió.

No practicamos los ejercicios. No contamos los goles. No salimos con una manera más eficiente de patear.

En cambio, hubo tiros que se convirtieron en jugadas decisivas, fallos que merecieron narración tipo Martinoli y atajadas celebradas como si alguien más estuviera mirando. El arco dejó de ser el lugar donde comprobaríamos si el tutorial funcionaba y volvió a ser el escenario de una historia compartida.

No todos los deportes que practique mi hijo tendrán que pedirle rendimiento. Tampoco cada encuentro con el balón necesita prepararlo para algo posterior.

Algunos deportes pueden estar ahí para aprender a competir. Otros, para desarrollar una habilidad. Y alguno, por lo menos durante una tarde, puede existir únicamente para que un niño narre sus propias hazañas mientras su papá le devuelve el balón.

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