¿Les pasa a ustedes también que de pronto se descubren intentando descifrar la posible vocación de sus hijos a partir de sus objetos desperdigados por la casa?
Un balón de basquetbol, un dibujo bien trazado, un casco de bicicleta, una colección de libros de la que no se despegaba, unos zapatos de futbol que ya no usa tanto.
Dejamos de verlos solamente como objetos y comenzamos a interpretarlos como pistas. Tratamos de conectar esos puntos para construir distintas versiones de la persona en la que podría convertirse: deportista, ilustrador, escritor, ingeniero. Lo que sea que nos permita anticipar que encontrará algo que le apasione y, con suerte, un lugar en el mundo.
El problema es que mi hijo tiene apenas ocho años.
Quizá al observar todas esas cosas no estoy descubriendo su propósito. Quizá estoy proyectando sobre ellas mi necesidad de que algún día tenga una respuesta que a mí me tomó demasiado tiempo encontrar.
La tentación de conectar los puntos
Yo descubrí mi vocación casi por accidente.
Estudié traducción sin estar convencido de que quisiera dedicarme a eso. No tenía un plan particularmente claro ni una imagen precisa de mi futuro. Casi un año después de haber salido de la universidad, una amiga —a quien le estoy infinitamente agradecido—, me acercó, casi de casualidad, al mundo editorial y terminé trabajando en ese universo durante buena parte de mi vida.
Las revistas siempre habían sido una de mis grandes pasiones desde que tengo uso de razón. Las hojeaba, las leía, las coleccionaba, ya fuera por sus historias o por su diseño, me parecían fascinantes. Sin embargo, durante mucho tiempo no imaginé que detrás de ellas también podía existir una profesión para mí.
Visto a la distancia, las pistas estaban ahí. Sólo que nadie —ni siquiera yo— las había conectado todavía a una posibilidad de vocación.
Tal vez por eso ahora siento la tentación de hacerlo con mi hijo. Quisiera ayudarlo a descubrir antes lo que a mí me tomó años comprender. Evitarle la incertidumbre, los caminos que no conducen a ninguna parte y esa sensación de estar estudiando o trabajando sin saber si uno realmente pertenece ahí.
Pero hay una contradicción que no puedo ignorar: mi vida profesional no nació de un plan perfecto. Surgió de una desviación, de una conversación inesperada y de una oportunidad que no sabía que estaba buscando.
Aquello que ahora quisiera ahorrarle también fue parte del proceso que me permitió encontrar mi camino.
Cuando un gusto parece anunciar el futuro
Poco a poco he comenzado a identificar cosas que parecen apasionarle.
Durante un tiempo fue el futbol. Le entusiasmaba asistir a sus clases y durante los entrenamientos no podía ocultar su entusiasmo. También solíamos salir a echar cascaritas de vez en cuando. Yo disfrutaba acompañarlo, pero probablemente una parte de mí también intentaba alimentar esa posibilidad que comenzaba a imaginar.
Después, las circunstancias logísticas del día a día nos llevaron a inscribirlo en un club donde podía elegir entre distintas actividades. Ahí prefirió el basquetbol, que además complementaba con los entrenamientos de la liga de su colegio.
Su interés por practicar futbol desapareció casi de un día para otro.
Yo seguí proponiéndole algunas cascaritas. En parte porque era algo que compartíamos; en parte, quizá, porque me costaba abandonar una pista que ya había comenzado a interpretar.
Sin embargo, él no estaba renunciando a una vocación. Estaba haciendo algo mucho más elemental: comparar experiencias. Descubrir qué actividad le producía ganas de volver y cuál había dejado de llamarlo.
Lo que desde mi mirada adulta parecía falta de continuidad podía ser simplemente curiosidad en movimiento.
No todo interés necesita convertirse en un proyecto
Si dibujan bien, buscamos clases. Si disfrutan un deporte, pensamos en entrenamientos adicionales. Si muestran facilidad para algo, comenzamos a preguntarnos cómo podrían aprovecharla. No hay nada malo en ofrecerles oportunidades. El problema aparece cuando cada oportunidad incluye una expectativa silenciosa de permanencia, rendimiento o futuro.
Entonces el gusto deja de ser solamente un gusto. Se vuelve una especie de compromiso que nuestros hijos nunca aceptaron.
La motivación infantil necesita espacio para la exploración. El Centro para el Desarrollo Infantil de Harvard explica que la motivación intrínseca por conocer el mundo aparece desde los primeros años y que puede fortalecerse —o debilitarse— según las experiencias que ofrecemos los adultos. El juego y la exploración permiten involucrarse activamente, probar cosas nuevas y aprender sin que todo dependa de una recompensa exterior.
Eso significa que abandonar una actividad no siempre representa falta de disciplina. A veces es información. Regresar después tampoco implica inconsistencia. Puede significar que ahora la miran desde otro lugar.
No todos sus intereses necesitan superar una prueba de permanencia. Algunos durarán años; otros, unas cuantas semanas. Algunos les permitirán descubrir una habilidad y otros simplemente les dejarán una experiencia compartida.
También eso tiene valor.
La ansiedad por prepararlos para un mundo que no conocemos
Mi urgencia no nace solamente de mi historia profesional. También surge del futuro que intento imaginar para mi hijo.
Si hace 35 años ya era difícil abrirse camino en muchas profesiones, ¿a qué mundo se enfrentará cuando llegue el momento de trabajar? ¿Tendrá sentido estudiar una carrera como lo entendemos ahora? ¿Será más importante que desde pequeño descubra y desarrolle habilidades específicas?
Son preguntas legítimas. El problema es que a veces intentamos responderlas demasiado pronto.
La OCDE reconoce que el futuro del trabajo es impredecible y plantea la capacidad de actuar, decidir y adaptarse —la llamada agencia del estudiante— como una de las competencias centrales para las próximas décadas.
Tal vez preparar a mi hijo no consista en adivinar qué profesión existirá cuando sea adulto, sino en ayudarlo a conocerse mientras el mundo también cambia.
Incluso con el deporte me descubro adelantando varios capítulos.
¿Por qué no pensar más allá del ámbito académico? Si le interesa el futbol, ¿no podría comenzar a entenderlo desde una perspectiva más amplia? La competencia para convertirse en jugador es enorme, pero alrededor de un equipo también existen entrenadores, analistas, preparadores físicos, médicos, comunicadores y muchas otras posibilidades.
El razonamiento parece abierto porque amplía sus alternativas. Sin embargo, parte de la misma tentación: transformar un interés actual en un mapa profesional.
Sin darme cuenta, ya había pasado del balón al organigrama de un club. Y él solamente quería jugar.
Cómo acompañar sus intereses sin escoger su camino
Entonces, ¿qué significa acompañar sus intereses?
Probablemente no sea inscribirlo en todas las clases posibles ni esperar pasivamente a que descubra algo por sí solo. Se parece más a poner a su alcance distintos territorios y observar cómo se relaciona con ellos.
Mostrarle posibilidades. Facilitarle recursos cuando el interés comienza a sostenerse. Preguntarle qué disfrutó y qué no. Ayudarlo a atravesar una frustración razonable sin obligarlo a permanecer indefinidamente. Aceptar que nuestras posibilidades de tiempo, dinero y traslado también establecen límites.
He comenzado a mirar menos la actividad que elige y más lo que sucede cuando la practica. No como una prueba vocacional, sino como señales de una relación que podría estar profundizándose:
Regresa a ella sin que tengamos que recordárselo.
Habla del tema fuera del entrenamiento o de la clase.
Hace preguntas porque quiere comprender algo nuevo.
Tolera cierta frustración para seguir intentándolo.
Busca compartir lo que descubre con otras personas.
Disfruta la actividad incluso cuando no recibe reconocimiento.
Ninguna de estas señales garantiza que haya encontrado “lo suyo”. Tampoco significa que debamos aumentar inmediatamente las horas de entrenamiento, comprar más equipo o convertir el interés en una obligación.
Solamente nos ayuda a distinguir entre algo que llamó su atención durante un momento y algo que empieza a ocupar un lugar propio en su vida.
Acondicionar la cancha significa crear las condiciones para que pueda probar una jugada. También implica contener el impulso de decirle cuál debería intentar. Y sobre todo contenernos de tratar de responder a la pregunta: «¿cómo ayudo a mi hijo a encontrar su vocación?»
Para acompañar los intereses de tu hijo sin presionarlo, conviene ofrecerle oportunidades variadas, observar a qué actividades regresa por iniciativa propia y preguntarle qué disfruta. El objetivo no es descubrir cuanto antes su vocación, sino darle espacio para probar, abandonar, retomar y aprender a elegir.
Nuestros hijos necesitan oportunidades para probar, abandonar y regresar, no que convirtamos cada interés en una decisión sobre su futuro.
El propósito puede esperar
El balón de basquetbol seguirá apareciendo en algún rincón de la casa. El casco de bicicleta se quedará sobre una silla. Llegarán nuevos libros y posiblemente algunos dejen de interesarle antes de que termine de leerlos. Tal vez el futbol regrese; tal vez no.
Ninguno de esos objetos promete una profesión. Juntos tampoco forman todavía el mapa de su futuro.
Son algo más sencillo y, por ahora, más importante: las huellas de un niño que está conociendo distintos mundos y aprendiendo qué siente cuando entra en ellos.
Mi responsabilidad no es descubrir su propósito antes que él. Es procurar que tenga oportunidades para probar, abandonar, regresar y elegir; y que sepa que no tiene que convertirse en algo solamente porque alguna vez le gustó.
Antes del propósito está la curiosidad. Quizá mi trabajo, por ahora, sea cuidar que conserve la libertad de seguirla.
[…] La curiosidad no depende únicamente de colocar signos de interrogación. También exige dejar abierta la posibilidad de que la respuesta contradiga lo que esperamos. Mis preguntas no buscaban comprender la manera en que mi hijo vivía el momento; intentaban explicar por qué no reaccionaba como yo. […]
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