Por suerte, hay cosas que no puedo enseñarle a mi hijo

6–9 minutos
Ilustración de un niño en una cancha de básquetbol junto a sus compañeros mientras su papá observa desde fuera.

El básquetbol, un grupo de niños y el incómodo descubrimiento de que papá no tiene que ser maestro de todo.

Hace poco tuvimos una de esas apasionantes juntas a distancia entre los papás de la liga de básquetbol y los entrenadores del colegio.

Hablamos de distintas cosas del equipo y, en algún momento, la conversación se concentró en lo que nos gustaría que los niños aprendieran mejor: cómo pararse en la cancha, cómo moverse, la posibilidad de trabajar algún tipo de ofensiva.

Básquetbol, pues.

Y estaba bien. Si mi hijo va a entrenar y pertenece a un equipo de básquet, sería bastante raro que yo me opusiera a que aprendiera a jugar básquet.

También quiero que entienda mejor el juego, que mejore sus fundamentos, que sepa dónde colocarse y que tome mejores decisiones con el balón. No tengo nada contra las ofensivas, sólo que mientras escuchaba la conversación se me atravesó una pregunta bastante menos técnica:

¿Qué quiero yo que mi hijo aprenda ahí?

No qué quiero que aprenda a hacer con un balón. Para eso, por fortuna, hay entrenadores y no un señor de cincuenta y tantos años explicando movimientos desde una silla.

Me pregunté por qué, entre todas las actividades posibles, me importa que siga perteneciendo a un equipo.

Y mi lista empezó a llenarse de cosas que difícilmente caben en una pizarra: lealtad, sentido de pertenencia, competitividad, trabajo en equipo. Saber comprometerse con otros. Entender que algunas veces uno carga con parte del trabajo y otras necesita que alguien más haga lo propio. Descubrir que formar parte de algo implica permanecer ahí incluso después de una mala tarde.

Entonces apareció una pequeña falla en el plan.

Yo quiero que aprenda todo eso.

Pero yo no puedo enseñárselo.

Papá explica muchas cosas. A veces demasiadas.

Puedo explicarle a mi hijo qué significa ser leal. Puedo decirle que un buen compañero no deja de serlo cuando alguien falla. Puedo hablarle de compromiso, de competir, de ayudar a los demás y de aprender a perder.

Si me dan suficiente tiempo, probablemente puedo convertir cualquiera de esas palabras en una conferencia.

Ése es uno de los superpoderes menos solicitados de la paternidad.

También puedo intentar ponerle el ejemplo. Eso seguramente sirve más que la conferencia.

Pero sigo siendo su papá.

Nuestra relación nunca será una relación entre iguales. Hay cariño, responsabilidad y una autoridad que, aunque a veces parezca extraviada debajo de una montaña de juguetes, sigue estando ahí.

Yo no puedo recrear en casa lo que significa que otro niño dependa de mi hijo y que mi hijo, a su vez, dependa de ese compañero.

No puedo fabricar la sensación de pertenecer a un grupo que tiene una tarea común. Tampoco puedo reproducir lo que pasa cuando un compañero toma una mala decisión, cuando otro juega mejor, cuando alguien recibe el balón que uno quería o cuando el equipo pierde y, detalle incómodo, los mismos compañeros vuelven a aparecer en el siguiente entrenamiento.

Ahí las palabras cambian.

La lealtad deja de ser una definición. El trabajo en equipo deja de ser una frase que los adultos ponemos en presentaciones. La pertenencia deja de ser esa cosa bonita que todos queremos que nuestros hijos tengan mientras no complique demasiado el calendario familiar.

Se convierten en relaciones.

Y eso requiere de otros niños. No de mí.

Aprender básquetbol y aprender por culpa del básquetbol

Mi hijo empezó a jugar desde muy pequeño. Tenía cinco años y, por falta de niños de su edad, muchas veces terminó compartiendo cancha con niños de una o dos categorías mayores.

Con los años, el básquetbol se convirtió en su deporte.

Cuando pienso en todo el tiempo que pasa dentro de un equipo, ahora distingo dos tipos de aprendizaje.

Uno es bastante fácil de observar. Puedo verlo entender mejor una jugada, mejorar un fundamento o aprender dónde colocarse. Es tranquilizador porque se parece a un proceso: entrenamiento, repetición, mejora. A los adultos nos encantan esas cosas. Si además pudieran venir con una gráfica trimestral, estaríamos todos felices.

El otro aprendizaje es mucho menos cómodo porque casi necesariamente ocurre fuera de mi vista.

Tiene que ver con encontrar un lugar dentro del grupo. Con convivir con niños que no escogió. Con compartir responsabilidades. Con descubrir que el resultado ya no depende solamente de él y que, por una grosera omisión del reglamento, tampoco depende de su papá.

No sé exactamente qué está aprendiendo mi hijo de sus compañeros. Y quizá ése sea el punto.

Durante buena parte de la infancia uno como padre sabe —o cree saber, que es una actividad muy parecida— qué están aprendiendo sus hijos. Conocemos a la maestra, revisamos la tarea, escuchamos lo que pasó, hacemos preguntas. A veces demasiadas.

Un equipo abre otro territorio.

Yo puedo ver el partido. No puedo pertenecer al equipo por él.

El uniforme no viene con valores incluidos

Aquí sería muy fácil ponerse solemne y decir que el deporte forma niños disciplinados, resilientes, leales y generosos.

Suena precioso.

También sería demasiado sencillo.

El deporte puede enseñar malas formas de competir. Puede producir exclusión, alimentar egos y normalizar dinámicas que uno preferiría que su hijo no llevara de recuerdo junto con la medalla de participación.

Ponerse un uniforme no convierte automáticamente a nadie en buen compañero. Sería una gran oferta: jersey, shorts y sentido de pertenencia por el mismo precio.

Lo que sí hace un deporte de equipo es crear situaciones en las que ciertas ideas dejan de ser abstractas.

En esas situaciones, la lealtad, la competencia, la colaboración y la pertenencia dejan de ser palabras de junta de papás. Se convierten en cosas que los niños necesitan para convivir con otros y perseguir una meta común.

La competencia tiene marcador. La colaboración tiene nombre y camiseta. El error ocurre delante de otros. La frustración no desaparece porque papá encuentre una buena manera de explicarla en el coche.

Después dependerá del entrenador, del grupo, de cada niño y también de nosotros qué hacemos alrededor de todo eso.

Pero hay una parte que necesariamente les pertenece a ellos.

Un deporte de equipo puede ayudar a los niños a aprender lealtad, pertenencia, competitividad y colaboración porque los relaciona con compañeros de quienes dependen y que también dependen de ellos. No garantiza esos valores: crea situaciones reales donde deben practicarlos, equivocarse y volver a convivir después.

Yo tampoco estaba haciendo un posgrado en pertenencia

Tal vez esta idea me importa porque yo también jugué básquetbol durante varios años, sobre todo en la preparatoria, a principios de los noventa.

El básquet le daba estructura a mi semana y reunía a un grupo de amigos dentro y fuera de la cancha.

En aquel momento no pensaba: «Qué formidable oportunidad para desarrollar mi sentido de pertenencia entre pares».

Tenía edad de preparatoria. Sólo estaba jugando básquetbol.

Pero en perspectiva, una parte importante de aquella experiencia estaba justamente ahí: tener un grupo, compartir una actividad, estar con otros y formar parte de algo que volvía a reunirnos cada semana.

Nadie tuvo que detener un entrenamiento para explicármelo.

Qué bueno.

Probablemente lo habría arruinado.

La próxima junta

La conversación con los entrenadores siguió. Hablamos de básquetbol, como correspondía: de lo que los niños pueden mejorar y de lo que queremos para el equipo.

Yo me quedé con otra lista.

Claro que quiero que mi hijo sepa pararse mejor en la cancha. Que entienda una ofensiva. Que desarrolle herramientas y tome mejores decisiones.

Pero también quiero que tenga compañeros. Que se sienta parte de algo. Que compita. Que necesite de otros y que otros puedan necesitar de él. Que descubra qué significa estar en un equipo cuando las cosas salen bien y, especialmente, cuando no.

Puedo llevarlo a entrenar. Puedo estar en la grada. Puedo escucharlo cuando quiera hablar y quizá ayudarlo a ponerle nombre a algunas cosas después.

No puedo vivirlas por él.

Y, pensándolo bien, qué alivio.

Ya tengo suficientes cosas que explicarle.

Quizá una de las mejores cosas que puedo hacer por mi hijo sea llevarlo a un lugar donde, durante un rato, no necesite que su papá le enseñe todo.

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