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Cuando queremos que nuestros hijos compitan como nosotros

Una fotografía de campeonato, Ted Lasso y la diferencia entre preguntar y ser verdaderamente curioso.

Después de ganar un campeonato de su liga de basquetbol, mi hijo no parecía compartir la emoción de sus compañeros. Años más tarde entendí que quizá el problema no estaba en su manera de vivir el deporte, sino en la forma en que yo esperaba reconocer su pasión.

La fotografía en la sala

En la sala de la casa solemos colocar fotografías de momentos importantes. Elegimos aquellas en las que todos miramos hacia la cámara, nadie cerró los ojos y, con un poco de suerte, parecemos estar compartiendo la misma emoción.

Entre esos retratos hay una foto del equipo de basquetbol de mi hijo. Fue tomada después de que ganaran un campeonato intercolegial. Sus compañeros se agrupan alrededor del trofeo. Algunos sonríen, otros levantan los brazos o intentan hacerse un espacio cerca de la copa. En sus rostros aparece la emoción que uno espera encontrar en un equipo que acaba de proclamarse campeón.

Mi hijo, en cambio, parece estar en otra parte.

Su expresión es seria, casi ausente. No abraza el trofeo ni comparte el fervor de sus compañeros. Si alguien observara solamente esa fotografía, podría pensar que la victoria no le importaba demasiado.

Durante algún tiempo, yo también la interpreté así.

Me sorprendió su desconexión. Esperaba verlo saltar, sonreír, acercarse a la copa. Quería encontrar en su cara las señales que yo asociaba con la alegría de ganar. Al no encontrarlas, comenzaron las preguntas: ¿realmente disfrutaba el deporte?, ¿no se sentía parte del equipo?, ¿entendía lo que significaba aquella victoria?, ¿yo no le había inculcado el valor del sacrificio, la constancia y el ímpetu?

Yo sí hice preguntas. El problema es que casi todas ya contenían una respuesta. Partían de la idea de que algo faltaba en él.

Que un niño no celebre una victoria, no se moleste al perder o no muestre la intensidad que esperamos no significa necesariamente que el deporte no le interese. Para saberlo, conviene observar su relación con la actividad a lo largo del tiempo: si quiere regresar, aprender, practicar, convivir con el equipo o comprender mejor el juego.

La serie que ya había decidido no ver

Tiempo después hice algo parecido con Ted Lasso.

No quería saber nada de la serie. Por el título y las imágenes promocionales, supuse que trataba sobre un entrenador de futbol americano al frente de algún equipo universitario en Estados Unidos. Mi prejuicio tenía incluso una contradicción: durante los primeros años de mi infancia, el futbol americano había sido, por mucho, mi deporte favorito. Aun así, ya había decidido que aquella historia no era para mí.

Me sorprendió el giro de la premisa: sí era un entrenador estadounidense de futbol americano colegial, pero la historia comienza en Inglaterra, cuando lo contratan para dirigir a un equipo profesional de futbol en la Premier League, un juego que no entiende del todo. Me enganchó casi de inmediato, sobre todo porque el humor resultó mucho más británico de lo que yo había imaginado.

En la primera temporada hay una escena en una taberna que terminó acompañándome fuera de la serie.

Rebecca Welton es la propietaria del AFC Richmond y la mujer que contrata a Ted. Obtuvo el club después de divorciarse de Rupert Mannion, su exmarido y antiguo dueño. Rupert todavía aprovecha cualquier oportunidad para desautorizarla y recordarle que conoce mejor que ella el mundo del futbol.

Aquella noche vuelve a provocarla delante de todos y termina frente a Ted en una partida de dardos. También a él lo ha subestimado desde el inicio: cree saber quién tiene enfrente y apuesta desde esa certeza. Cuando llega el tiro decisivo, Ted recuerda que jugaba dardos cada semana con su papá cuando era niño. Al final, gana.

La escena funciona porque Ted interviene sin convertir el gesto en una demostración de heroísmo. Pero también porque, detrás de la habilidad que sorprende a todos, aparece una historia entre un padre y un hijo. Aquellos domingos con su papá siguen viviendo en la forma en que Ted sostiene los dardos muchos años después.

De ese recuerdo surge una idea sencilla: las personas que lo habían menospreciado no habían sido curiosas. Habían juzgado antes de preguntar.

Yo había hecho exactamente eso con la serie. Creí saber qué era antes de verla. La pregunta incómoda era si no había hecho algo parecido con mi hijo.

Preguntar no siempre es ser curioso

Durante un tiempo pensé que mi reacción ante la fotografía había sido razonable porque no impuse una conclusión inmediata. Me hice preguntas antes de asumir una causa. Sólo después entendí que preguntar no basta para ser curioso.

La curiosidad no depende únicamente de colocar signos de interrogación. También exige dejar abierta la posibilidad de que la respuesta contradiga lo que esperamos. Mis preguntas no buscaban comprender la manera en que mi hijo vivía el momento; intentaban explicar por qué no reaccionaba como yo.

Los adultos hemos construido una imagen bastante precisa de cómo se ve alguien que quiere ganar. Un competidor corre con intensidad, pide el balón, celebra los aciertos y se enfada cuando algo sale mal. Una derrota debe dolerle. Una victoria debe provocarle alegría. Un campeonato, por supuesto, merece una reacción proporcional a su importancia.

Cuando un niño no muestra esas señales, comenzamos a dudar de su interés. Si no se molesta después de perder, pensamos que el resultado no le importa. Si no celebra, sospechamos que no está comprometido. Usamos palabras como carácter, hambre, mentalidad o ambición como si describieran algo objetivo, cuando muchas veces sólo nombran la manera en que nosotros aprendimos a reconocer la competencia.

Pero la competitividad no siempre hace ruido. Hay niños que quieren ganar sin convertir el resultado en el centro de su experiencia. Otros disfrutan mejorar una habilidad, pertenecer al equipo o comenzar a entender el juego. También hay niños que sienten mucho y expresan poco.

No sé qué estaba pensando mi hijo en el momento de aquella foto. Reconocer esa incertidumbre es más honesto que llenar su silencio con una explicación.

Ganar sí importa

Ted Lasso también me ayudó a evitar una conclusión demasiado cómoda.

Coach Beard es el amigo y asistente que acompañó a Ted desde Estados Unidos. Más reservado y pragmático, suele funcionar como contrapeso de su optimismo.

En otro momento de la primera temporada, sus asistentes creen que Roy Kent, el veterano capitán del equipo, debe ir a la banca. Ted se resiste. No quiere humillarlo ni reducir la historia de un jugador a su rendimiento actual. Beard lo enfrenta con una verdad que no cabe en una frase inspiradora: ganar también es parte de su trabajo.

Ted termina tomando una decisión competitiva sin tratar a Roy como una pieza desechable. La escena no propone elegir entre el resultado y la dignidad. Obliga a sostener ambas cosas.

Esa tensión también existe para quienes miramos desde las gradas. Yo todavía quiero que mi hijo gane. Me emociona verlo anotar y me gustaría que su equipo tuviera buenos resultados. No creo que acompañar sin presión signifique fingir que todos los resultados son iguales o que el esfuerzo no importa.

El problema comienza cuando la competencia deja de ser una experiencia que ellos están construyendo y se convierte en una prueba que deben presentar ante nosotros. Nos incomoda que pierdan y no parezcan molestos. Nos inquieta que un compañero juegue más minutos. Nos preguntamos por qué no pidieron el balón o por qué no defendieron con mayor intensidad. No hace falta gritarle al entrenador para ejercer presión. La expectativa también puede vivir en silencio, en la manera en que observamos y en las conclusiones que sacamos después.

Yo quería que mi hijo disfrutara el campeonato, pero también necesitaba verlo disfrutándolo. Su expresión debía confirmar que todo aquello tenía sentido: los entrenamientos, los horarios, los partidos, las derrotas anteriores y nuestra presencia en las gradas.

Quizá ésa era mi manera de competir a través de él.

Una revisión sistemática sobre el papel de los padres en la motivación de jóvenes deportistas encontró una diferencia que vale la pena mirar: el apoyo y la implicación percibidos de manera positiva se relacionan con mayor disfrute y motivación, mientras que la presión parental puede relacionarse con menor disfrute o desmotivación. El acompañamiento no consiste en volver irrelevante la victoria, sino en impedir que nuestra necesidad de interpretarla ocupe todo el espacio.

La pasión necesitó tiempo

Un par de años después de aquella fotografía, el basquetbol ocupa un lugar completamente distinto en la vida de mi hijo.

Hoy lo busca, lo practica y habla de él. Sigue las Finales de la NBA, reconoce a Wemby y se interesa por México, España y la Copa del Mundo de 2026. El basquetbol lo lleva casi tatuado. El deporte que alguna vez pensé que apenas sobrellevaba terminó convirtiéndose en algo suyo.

No ocurrió de un día para otro. Tampoco apareció después de una conversación en la que le explicáramos por qué debía apasionarse. Su relación con el basquetbol fue creciendo temporada tras temporada.

Primero estuvieron los entrenamientos, las primeras canastas y el desconcierto de jugar con niños mayores. Después llegaron una mayor comprensión del juego, el vínculo con sus compañeros y la satisfacción de hacer cosas que antes no podía.

La pasión necesitó tiempo para encontrar su forma.

Los adultos solemos contar nuestras aficiones como si hubieran estado siempre ahí. Decimos que amamos un deporte, un equipo o una actividad, pero olvidamos el proceso mediante el cual aprendimos a entenderlos. Hubo un tiempo en que tampoco conocíamos todas las reglas. Alguien nos llevó por primera vez a una cancha, nos explicó lo que ocurría o simplemente nos permitió mirar.

Mi hijo no necesitaba que yo le enseñara a reaccionar como un campeón. Necesitaba tiempo para descubrir de qué manera quería relacionarse con el deporte. Lo que yo había tomado como desconexión no era una sentencia sobre su carácter, su pasión o su futuro. Era apenas un momento dentro de un proceso que todavía no podía ver.

Niño con uniforme de basquetbol observa una fotografía de campeonato junto a dos entrenadores y un tablero de dardos.

La misma foto, otra pregunta

La fotografía sigue siendo la misma.

Los compañeros de mi hijo continúan reunidos alrededor del trofeo. Sus expresiones todavía parecen más emocionadas que la suya. Él conserva ese gesto serio, alejado de la celebración que ocurre a su alrededor.

Lo que cambió fue mi manera de mirarla.

Antes pensaba que retrataba a un niño apartado de la emoción de ser campeón. Hoy veo a un niño que apenas estaba construyendo su relación con el basquetbol. La imagen no podía mostrar las temporadas siguientes, los primeros encestes, los partidos que esperaría con emoción ni el lugar que ese deporte terminaría ocupando en su vida.

Era yo quien llenaba el silencio de la fotografía con mis propias expectativas. Quería ver pasión y había decidido de antemano cómo debía verse.

Todavía hago preguntas. La diferencia es que ahora intento no apresurarme a responderlas por él.

Tal vez la fotografía no contenía una respuesta. Apenas contenía una pregunta.

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Una respuesta a «Cuando queremos que nuestros hijos compitan como nosotros»

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