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El primer Mundial que vimos juntos

Yo pensaba que mi hijo recordaría los goles, los jugadores y los grandes partidos. Al final entendí que quizá lo más importante estaba ocurriendo mucho más cerca: en las emociones que aprendimos a compartir como familia.

Cuando España levantó la copa, mi hijo celebró con la satisfacción de quien había elegido al campeón. Después de la eliminación de México, había adoptado a esa selección, encontrado a su jugador favorito y seguido su recorrido hasta el último partido.

Yo también celebré con él. Pero, mientras lo veía, una parte de mí regresó por un momento a España 82.

A un álbum de estampas. A los sobres que abría con impaciencia. A mi papá acompañándome mientras yo descubría nombres que parecían venir de otro mundo.

Había pasado buena parte de este Mundial intentando dejarle a mi hijo recuerdos futbolísticos parecidos a los míos. Sólo al final comencé a entender que él no necesitaba una réplica de mi infancia. Ya estaba construyendo una historia propia.

El Mundial que yo creía recordar

El Mundial de España 82 sigue siendo el más especial para mí.

Podría explicarlo hablando de futbol. Del inolvidable partido entre Italia y la selección brasileña de Zico, Sócrates y Falcão en el mítico estadio de Sarrià. De aquella semifinal dramática entre Francia y Alemania Federal. De Paolo Rossi, Platini o la expectativa que generaba ver por primera vez a Diego Armando Maradona en el escenario más grande.

Todos esos recuerdos siguen ahí. Sin embargo, ahora sospecho que el principal motivo por el que aquel Mundial permanece conmigo no está solamente en lo que ocurrió dentro de la cancha.

Yo tenía nueve años. Había sido demasiado pequeño para seguir el torneo de 1978, pero cuatro años después ya podía comprender que, durante unas semanas, el mundo entero parecía organizarse alrededor de un balón.

Mi Mundial comenzó incluso antes del primer partido, cuando empecé a llenar el álbum Panini.

En una época sin internet, transmisiones permanentes ni videos disponibles a cualquier hora, aquellas páginas eran una de nuestras pocas ventanas al futbol internacional. Cada sobre me revelaba rostros y nombres que hasta entonces conocía apenas de oídas. Cada espacio vacío alimentaba la expectativa de verlos aparecer en la televisión.

Maradona. Zico. Platini. Boniek. Schumacher.

Es curioso: vi más partidos de los Mundiales posteriores, pero no estoy seguro de recordar a tantos jugadores como los de España 82.

Yo no llenaba aquel álbum solo. Mi papá me llevaba a comprar sobres, me acompañaba en mis primeros intercambios y participaba en el ritual de abrir cada paquete, separar las nuevas de las repetidas, encontrar el número correspondiente y pegar cuidadosamente cada estampa.

Durante muchos años conté esa historia como el origen de mi fascinación por los Mundiales. Pensaba que estaba hecha de jugadores, partidos y estampas. Sólo ahora comienzo a comprender que, detrás de todos ellos, siempre estuvo mi papá acompañándome mientras los descubría.

La experiencia que quise heredarle

Cuando se acercó el Mundial de este año, quise hacer algo parecido con mi hijo.

Conseguimos el álbum Panini y asumimos juntos la tarea de llenarlo. Compramos sobres, ordenamos estampas, identificamos jugadores y revisamos una y otra vez cuáles nos faltaban. Gracias al álbum comenzamos a familiarizarnos con selecciones que probablemente no habríamos seguido en otras circunstancias.

En apariencia, sólo estábamos pegando estampas. Para mí había algo más: intentaba reproducir una escena de mi infancia.

Los papás hacemos eso con frecuencia. Tomamos algunas de las experiencias que nos hicieron felices y tratamos de trasladarlas a la vida de nuestros hijos. Repetimos rituales, visitamos los mismos lugares o compartimos nuestras aficiones como si existiera una fórmula capaz de producir en ellos una emoción semejante.

No lo hacemos únicamente por nostalgia. Quisiéramos entregarles intactas algunas de las cosas que nos hicieron bien.

Yo esperaba que el álbum despertara en mi hijo la misma curiosidad que había despertado en mí. Imaginaba que las estampas lo llevarían a identificar a las grandes figuras, elegir a una estrella y esperar con impaciencia sus partidos. Tal vez un nombre bastaría para adoptar una selección. Quizá un gol espectacular quedaría grabado durante décadas.

En cierta forma, algo de eso ocurrió. Pero no siguiendo el recorrido que yo había imaginado.

Al principio intenté presentarle el torneo como yo lo entendía. Le señalaba a los jugadores importantes, le explicaba por qué ciertos equipos partían como favoritos y escogía los partidos que, en teoría, no podíamos perdernos.

Yo veía el Mundial como un enorme mapa narrativo: selecciones históricas, figuras internacionales, candidatos al título, posibles cruces y partidos destinados a convertirse en clásicos.

Él lo veía de una manera mucho más sencilla.

Le interesaba México. También algunos jugadores a los que había llegado por comentarios de sus amigos. Sus afectos no obedecían a mis jerarquías ni a los análisis previos al torneo. Se acercaba a los equipos que, por alguna razón personal y a veces difícil de explicar, sentía próximos.

Y, sobre todo, parecía interesarle lo que estaba ocurriendo entre nosotros mientras veíamos los partidos.

Después del primer gol de México en el torneo, corrió, lo gritó con el alma y, antes de volver la mirada hacia la televisión, me dijo:

—¡Me emocioné, Pá!

La escena se repitió en los siguientes partidos. No estaba describiendo la jugada ni evaluando al equipo. Necesitaba nombrar su emoción y compartirla conmigo.

Su primer Mundial no tenía que parecerse al mío

Cuando México quedó eliminado, pensé que quizá su interés se apagaría. Para muchos aficionados, el Mundial termina emocionalmente cuando su selección deja de participar. Los partidos continúan, pero los horarios dejan de ser compromisos y vuelven a convertirse en opciones.

Mi hijo encontró una forma inesperada de quedarse dentro del torneo: adoptó a España.

El futbol no es su deporte favorito, así que hubo espacio para ser un poco villamelones y apoyar a distintas selecciones durante la fase eliminatoria. Sin embargo, España permaneció en su cabeza. En uno de esos partidos, después de un gol de Ferran Torres, le comenté en broma que se parecían. La única similitud real era el largo del cabello y el peinado, pero la observación tuvo para él un peso que yo no preví.

Ferran se convirtió en su jugador y España, en su equipo.

Claro que nos sentábamos a ver los partidos de Haaland, Mbappé o Vinícius Jr. Yo podía mostrarle estadísticas, contarle trayectorias o señalarle a las figuras que supuestamente debían atraer su atención. Lo que no podía hacer era decidir quién iba a emocionarlo. Elegir a su favorito le correspondía a él.

Cuando España terminó ganando el Mundial, celebró haber elegido al campeón. Ferran Torres ya formaba parte del primer gran relato futbolístico que había seguido de principio a fin.

Era tentador pensar que ahí estaba el recuerdo definitivo: la copa, la victoria de “su” selección y un jugador adoptado como ídolo. Pero mientras lo veía celebrar, yo regresé por un momento a España 82.

A los sobres.

A las páginas incompletas del álbum.

A mi papá.

Entonces entendí que quizá llevaba años contando de manera incompleta la historia de mi primer Mundial. Por supuesto que recuerdo a Brasil e Italia, a Francia y Alemania, y los nombres de aquellos futbolistas que parecían venir de otro mundo. Pero ninguno de esos recuerdos llegó solo. Detrás estaba mi papá llevándome a comprar sobres, acompañándome en los intercambios y compartiendo la satisfacción de completar una página.

España 82 no fue especial únicamente porque yo tenía nueve años. Fue el primero que viví conscientemente a su lado.

Los niños no necesariamente recuerdan un Mundial por los resultados o las grandes figuras. Las conversaciones, las emociones compartidas y la forma de estar juntos pueden ayudarlos a darle significado a la experiencia. Los padres pueden preparar el escenario, pero cada hijo construirá sus propios afectos y recuerdos.

No podemos fabricar sus recuerdos

Algunos partidos los vimos en casa. Otros, con compañeros de su colegio o rodeados de desconocidos en algún restaurante. El escenario cambiaba, pero la experiencia conservaba algo íntimo: la manera en que nos buscábamos después de un gol, los comentarios que sólo nosotros entendíamos y las conversaciones que continuaban cuando el partido terminaba.

La idea de que los recuerdos infantiles se construyen también con otras personas no es sólo una impresión nostálgica. Las investigaciones de Katherine Nelson y Robyn Fivush sobre la memoria autobiográfica explican que ésta se desarrolla mediante la interacción entre lenguaje, experiencia y contexto social. 

Eso no significa que podamos decidir qué recordarán. Tampoco que sentarnos junto a ellos garantice que una tarde cualquiera se volverá memorable. Significa algo más modesto: al conversar, preguntar y escuchar, participamos en la manera en que aprenden a comprender sus propias experiencias.

Quizá por eso aquel “¡me emocioné, Pá!” terminó siendo más importante para mí que cualquier explicación táctica. Mi hijo no sólo estaba sintiendo algo frente al televisor. Estaba empezando a contar la historia de lo que sentía, y me había buscado para hacerlo.

Con el tiempo puede olvidar resultados, confundir el orden de los partidos o necesitar consultar cuál fue el camino de España hasta el título. El álbum quedará guardado en una caja y es posible que algunas estampas terminen por desprenderse.

Pero quizá recuerde cómo se sentía estar juntos.

La manera en que gritábamos los goles de México. El momento en que decidió que España sería su equipo. La emoción de descubrir que había elegido al campeón. Las conversaciones que no habrían existido sin un partido de por medio.

Un lugar que, por un rato, se volvía nuestro.

Un álbum.

Una conversación.

No puedo heredarle mi recuerdo de España 82. Tampoco puedo fabricar una réplica de mi infancia. Puedo comprar los sobres, sentarme a su lado y compartirle las historias que alguna vez me emocionaron. Puedo preparar el escenario, pero la forma en que él viva la experiencia será siempre suya.

Durante años creí que mi primer Mundial me había enseñado a amar el futbol. Este año entendí que también me había enseñado una manera de estar con mi papá.

Tal vez eso fue lo que, sin saberlo, intenté compartir ahora con mi hijo.

Yo esperaba que se llevara los goles, los jugadores y los grandes partidos.

Quizá se llevó algo más sencillo.

La experiencia de emocionarnos juntos.

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