Entre horarios, costos y traslados, elegir un curso de verano puede convertirse en otro problema logístico. Pero, antes de revisar todas las opciones, quizá convenga hacer una pregunta más importante: ¿qué necesita vivir nuestro hijo durante estas vacaciones?
—Este curso termina a las dos y van a ir dos de sus amigos la primera semana —me dijo mi esposa mientras deslizaba la pantalla del teléfono—. Podría funcionar.
La información estaba resumida en un flyer que le compartieron por WhatsApp: fechas, horarios, costo, actividades y un número de contacto para pedir informes. Era uno de varios cursos que ya habíamos explorado. Había opciones de deportes, manualidades y juegos; otras incluían algo de ciencia. Todas compartían, de una u otra forma, la misma promesa: los niños se divertirían mientras seguían aprendiendo.
—El problema es quién lo lleva —respondí—. Éste no nos queda tan cerca.
Seguimos buscando.
Había uno más cercano, pero terminaba demasiado temprano. Otro cubría prácticamente toda la jornada, aunque costaba mucho más. Encontramos uno para reforzar inglés, otro de futbol y uno más que combinaba cocina y actividades al aire libre.
Durante varios minutos hicimos lo que probablemente hacen muchas familias cuando se acerca el final del ciclo escolar: tratamos de resolver el verano.
Revisamos horarios, distancias, costos y fechas. Calculamos qué semanas podríamos pasar con él, cuáles necesitábamos organizar y qué tan complicado sería coordinar los traslados. También apareció esa preocupación silenciosa que acompaña las vacaciones largas: cómo evitar que pasara demasiadas horas frente a una pantalla.
Todo lo que hablábamos era importante.
Pero faltaba algo.
—¿Tú qué crees que necesita este verano? —preguntó mi esposa.
La pregunta me hizo volver a mirar todas las opciones.
Hasta ese momento habíamos hablado mucho sobre el curso que se acomodaba mejor a nuestra rutina. Habíamos intentado resolver horarios, trayectos y semanas de vacaciones. Pero habíamos hablado muy poco sobre la experiencia que queríamos que viviera nuestro hijo.
Porque una cosa es encontrar un lugar donde pueda pasar algunas horas durante el verano.
Y otra es preguntarnos qué debería aportarle ese tiempo.
Lo que ya sabíamos de él
Mi primera reacción fue pensar en las actividades que ya forman parte de su vida.
Practica basquetbol en la liga del colegio y también asiste por las tardes a clases de natación por la tarde. Durante las vacaciones seguirá yendo. Es una actividad que ya tiene un lugar estable en su semana y que le ofrece ejercicio, convivencia, instrucciones, competencia y trabajo en equipo.
También le gusta la bicicleta de montaña.
Aproximadamente cada tres semanas, un grupo de papás salimos a rodar con nuestros hijos. No tiene la frecuencia del basquetbol, pero posee algo que no aparece de la misma manera en otras actividades: la expectativa de la salida, el trayecto, la naturaleza, los pequeños retos del camino y el tiempo compartido entre padres e hijos.
Entre las opciones que encontramos había precisamente un curso de verano de bicicleta de montaña. Sobre el papel parecía ideal. El problema era la distancia. Casi todas las sesiones se realizaban en zonas de montaña. Llevarlo y recogerlo diariamente implicaba un esfuerzo que difícilmente podríamos mantener durante varias semanas.
La mejor opción sobre el papel no siempre es la mejor para una familia.
Un curso sólo puede aportar algo si la rutina que exige resulta sostenible. Si cada mañana comienza con estrés, prisas y discusiones por el traslado, el costo familiar puede terminar siendo mayor que el beneficio.
Pero la bicicleta nos llevó a otra pregunta. Si el basquetbol seguiría formando parte de su verano y la bici continuaría siendo una actividad compartida, ¿necesitaba todavía más de lo mismo?
La pregunta que no habíamos hecho
Podíamos seguir intentando interpretar sus intereses o preguntarle directamente.
No le mostramos primero todas las opciones. Tampoco le pedimos que escogiera entre los cursos que a nosotros ya nos parecían convenientes. Le preguntamos qué le gustaría aprender, probar o hacer durante el verano.
Su primera respuesta fue:
—Parkour.
La segunda:
—Mejorar natación.
No mencionó el basquetbol, aunque ocupa una parte importante de su semana. Tampoco la bicicleta de montaña, pese a que disfruta nuestras salidas.
En dos respuestas breves resumió el dilema que nosotros llevábamos días intentando resolver: quería probar algo completamente nuevo y sentirse más capaz en algo que ya conocía.
Parkour significaba explorar. La natación, profundizar.
También nos recordó algo elemental: observar lo que disfrutan nuestros hijos no sustituye preguntarles qué desean probar.
Conocerlos no significa adivinar siempre lo que necesitan.

Explorar, profundizar o simplemente descansar
Los anuncios de los cursos de verano suelen prometer que los niños se divertirán mientras continúan aprendiendo. La frase es atractiva, aunque aprender puede significar muchas cosas.
Puede ser reforzar la lectura o practicar operaciones matemáticas. También puede ser mejorar la técnica en algún deporte, preparar una receta, construir un robot, subir a un escenario, convivir con niños nuevos o descubrir que es posible intentar algo difícil sin abandonarlo al primer error.
Durante el ciclo escolar, buena parte del aprendizaje está organizada alrededor de programas, horarios, entregas y evaluaciones. Las vacaciones ofrecen la posibilidad de aprender sin que cada experiencia tenga que traducirse en una calificación.
Eso no significa que debamos ignorar una necesidad académica concreta. Si un maestro ha recomendado reforzar la lectura, las matemáticas o alguna otra habilidad, dedicar parte del verano a trabajarla puede ser una buena decisión. Pero reforzar no tendría que significar reproducir durante varias semanas la jornada escolar que acaba de terminar.
Un niño también necesita descansar de la rutina. Necesita días más lentos, juego libre, tiempo familiar y momentos en los que no haya un adulto diciéndole cuál es la siguiente actividad.
El refuerzo tiene sentido cuando responde a una necesidad identificada, no cuando nace del miedo a que el niño “pierda el tiempo” o llegue al siguiente grado con contenidos adelantados.
Del otro lado están las actividades que permiten descubrir otras versiones de sí mismos: teatro, cocina, música, ciencia, deporte, campamentos, fotografía, robótica, pintura o cualquier otra experiencia a la que quizá no tendrían acceso durante el año.
No porque todas vayan a convertirse en vocaciones. El valor también puede estar en probar algo, disfrutarlo durante unas semanas y después dejarlo ir.
El verano puede servir para explorar, para profundizar o simplemente para recuperar un poco de espacio. La decisión depende menos de encontrar el programa más completo que de reconocer qué recibe ya el niño y qué podría hacerle bien en este momento.
«El curso de verano adecuado es aquel que responde a una necesidad o interés real de tu hijo, complementa lo que ya hace durante el año y puede sostenerse sin generar un estrés excesivo para la familia. Puede servir para reforzar una habilidad, explorar una actividad nueva, ganar autonomía o convivir con otros niños, pero también debe dejar espacio para el descanso y el juego libre.»
No todo lo que disfrutan necesita convertirse en una clase
La bicicleta nos hizo pensar en algo que los adultos hacemos con frecuencia: convertir cada gusto de nuestros hijos en una actividad organizada.
Si dibuja, buscamos clases de dibujo. Si corre rápido, pensamos en atletismo. Si disfruta cocinar con nosotros, aparece la posibilidad de un taller.
Queremos acompañar su interés y ofrecerle mejores herramientas. Pero no todo tiene que convertirse en una habilidad que deba perfeccionarse. No todo necesita un instructor, un horario y una evaluación.
La bicicleta puede seguir siendo, por ahora, una salida a la montaña con su papá y otros niños. Puede ocurrir cada tres semanas y conservar su gracia precisamente porque rompe la rutina.
Convertirla en un curso diario no sería necesariamente malo. Pero cambiaría su significado.
A veces, la mejor manera de proteger una afición es permitir que continúe siendo libre.
Elegir con ellos sin entregarles toda la decisión
Escuchar a un niño no implica dejar la decisión completamente en sus manos.
A los siete años puede desear una actividad porque la vio en un video, porque acudirá un amigo o porque la imagina más emocionante de lo que realmente es. Los padres seguimos teniendo la responsabilidad de evaluar la seguridad, la calidad del programa, la distancia, el costo y la viabilidad familiar.
Pero su respuesta aporta información que ningún folleto puede darnos. Nos permite distinguir entre el curso al que probablemente asistirá con resignación y aquel que despierta curiosidad incluso antes de comenzar.
Elegir con ellos significa tomar en serio su voz sin abandonar nuestro criterio. También implica explicar por qué algunas opciones no son posibles. Un curso puede gustarle y, aun así, quedar fuera por presupuesto, horarios o distancia. No siempre podremos ofrecer la alternativa ideal.
Incluso dentro de esas limitaciones, podemos intentar conservar la intención.
Tal vez no encontremos un curso formal de parkour que funcione para la familia, pero sí una clase de prueba. Quizá la natación pueda incorporarse durante algunas semanas sin ocupar todo el verano.
La elección perfecta rara vez existe.
Lo que sí puede existir es una elección consciente.
Cinco preguntas antes de inscribirlos
Después de nuestra conversación entendí que no necesitábamos encontrar el curso con más actividades. Necesitábamos saber qué queríamos que aportara.
Estas son las preguntas que ahora me parecen más útiles:
¿Qué recibe ya durante el resto del año?
Si ya practica un deporte varias veces por semana, quizá no necesite más horas de la misma disciplina.
¿Existe una necesidad concreta que conviene atender?
El refuerzo académico o físico tiene más sentido cuando responde a algo identificado, no a una preocupación genérica.
¿Qué desea explorar o mejorar?
Preguntarlo puede revelar intereses que no habíamos considerado.
¿La familia puede sostenerlo?
La distancia, el horario y el costo no son detalles secundarios. Forman parte de la experiencia.
¿Quedará tiempo para descansar?
Un verano completamente programado puede parecer productivo y, al mismo tiempo, dejar poco espacio para el juego, el aburrimiento y la convivencia familiar.
La búsqueda empieza en otro lugar
Todavía tendremos que revisar horarios, costos y traslados. Tal vez no encontremos un curso que reúna todo lo que buscamos y tendremos que elegir una actividad por algunas semanas y organizar el resto del verano de otra manera.
También puede ocurrir que nuestro hijo descubra que el parkour no le gusta tanto como imaginaba. Eso no convertiría la experiencia en un fracaso. Probar algo y decidir que no queremos continuarlo también es una forma de aprender.
Lo que cambió fue el lugar desde el que empezamos a buscar.
Dejamos de revisar solamente dónde podría pasar unas horas y comenzamos a pensar qué experiencia podía aportarle algo diferente: una habilidad, una amistad, una pequeña dosis de independencia o la confianza para intentar algo nuevo.
La logística seguirá importando. Es parte inevitable de ser padres.
Pero esta vez la búsqueda ya no comienza únicamente en el calendario.
Empieza en dos respuestas que no aparecían en ninguno de los folletos que revisamos:
Parkour.
Y mejorar natación.

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