La escena, seguramente, se repetía al mismo tiempo en muchos hogares mexicanos: una familia reunida frente a la televisión, viendo cómo México volvía a encontrarse con su vieja costumbre mundialista de ilusionar primero y doler después.
Era el partido de octavos de final contra Inglaterra en el Mundial de 2026. La historia, a estas alturas, ya la sabemos todos. En el transcurso de apenas un par de minutos, Jude Bellingham marcó dos goles que no se sintieron como una desventaja en el marcador, sino como dos clavos más en ese ataúd emocional que los aficionados mexicanos llevamos construyendo desde hace décadas.
Yo lo vi como lo he visto tantas veces: con esa mezcla de esperanza cansada, resignación aprendida y memoria acumulada de otros mundiales. Pero mi hijo no. Él todavía no tenía esa coraza.
Hasta hace poco, el fútbol –y en general el hinchismo– le era casi ajeno. El deporte en general lo consideraba como algo para jugar, no tanto como algo que pudiera apasionarlo a través de la pantalla. Pero en los partidos de la fase de grupos, algo cambió. Lo noté en sus ojos. En sus gritos. En la forma en que cada jugada de gol parecía atravesarlo por primera vez. En cada gol de los diferentes enfrentamientos me volteaba a ver y me decía, con una claridad que todavía me acompaña: “Me emocioné, pa”.
Y quizá por eso me dolió verlo vivir la derrota que, muy dentro de mí, era inminente.
No era la primera vez que el deporte le rompía un poco el corazón. Apenas mes y medio antes había descubierto a su equipo favorito de la NBA de la manera más cruel posible: a través de una derrota histórica. Los Spurs de San Antonio dejaron escapar una ventaja de 29 puntos ante los Knicks en el cuarto partido de las Finales. Para Nueva York, la canasta de último minuto de OG Anunoby fue una explosión de júbilo. Para él, fue un llanto profundo, de esos que no entienden de estadísticas ni explicaciones, y que sólo encontraron consuelo en los brazos de su mamá.
Entonces entendí algo: mi hijo no estaba aprendiendo a ver deportes. Estaba aprendiendo a emocionarse con ellos. Y eso, para un papá, es mucho más delicado.
Mi generación: o cómo aprendía a ver al Tri con defensas emocionales
Yo, como millones de papás mexicanos —de distintas generaciones, de los baby boomers a los millennials—, aprendí a ver al Tri con una especie de casco emocional.
Nos ilusionamos, sí. Sería mentira decir que no. Sobre todo cuando el ambiente empieza a calentarse, cuando los medios empujan la esperanza, cuando las calles se llenan de camisetas verdes y cuando, por un momento, todos queremos creer que esta vez será distinto. Pero incluso entonces solemos hacerlo con una mano en el freno.
Celebramos, pero sin soltar del todo la sospecha.
Gritamos, pero con una reserva escondida.
Creemos, pero no demasiado.
Sabemos demasiado.
Un par de semanas antes del partido contra Inglaterra, en una visita a un museo, la casualidad —o la providencia— puso frente a nosotros un cortometraje de temática futbolística. Era una pieza sencilla y, al mismo tiempo, devastadora. A través de una cámara fija apuntando al sofá de una sala, veíamos pasar la vida de un niño dentro de su familia. La escena cambiaba con los años, pero el ritual era siempre el mismo: reunirse frente a la televisión para ver a México en un Mundial.
Y, una y otra vez, perder.
El niño aparecía primero en brazos, ajeno todavía al drama nacional. Después lo veíamos crecer, convertirse en adolescente, luego en adulto y finalmente en padre de familia. El tiempo pasaba, los muebles cambiaban, las generaciones se movían alrededor del sofá, pero algo permanecía intacto: el malestar familiar después de una nueva eliminación del Tri.
Era casi una genealogía del desencanto.
Yo intenté que mi hijo pusiera atención. No porque quisiera arruinarle la ilusión, sino porque sentía que esa pequeña película podía prepararlo para algo que, tal vez, estaba por venir unos días después. Pero para él el corto significó otra cosa. Lo miró con curiosidad, incluso con risa en algunos momentos, más atento a las actuaciones y a lo exagerado de ciertas reacciones que al peso emocional de lo que estaba viendo.
Y claro: ¿cómo iba a entenderlo del todo?
Uno no hereda de golpe la tristeza futbolera de un país. La aprende con los años, Mundial tras Mundial, derrota tras derrota, silencio tras silencio.
La emoción antes del cinismo
Justo ahí me di cuenta de algo: para mí, la derrota tenía antecedentes; para él, la emoción era presente puro.
Yo no estaba viendo únicamente un partido. Estaba viendo todos los partidos que vinieron antes. Todas las eliminaciones, todas las promesas, escuchando todos los “Sí se puede” que venía escuchando desde la infancia; todos los goles que nos hicieron volver a creer durante unos minutos antes de recordarnos quiénes éramos frente al televisor.
Él, en cambio, no cargaba con nada de eso.
Para mi hijo, México no era una colección de heridas mundialistas ni una tesis sobre el fracaso nacional. Era una camiseta, una jugada, un grito, un gol, un momento compartido. Era la posibilidad de sentir algo grande sin necesidad de defenderse antes. Era, simplemente, emoción.
Y entonces apareció una pregunta que, como papá, no supe responder de inmediato: ¿cómo se cultiva la pasión deportiva de un hijo sin que el duelo la sepulte demasiado pronto?
Porque el impulso adulto está ahí. Casi como un mecanismo de defensa. Uno quiere proteger. Quiere ahorrar dolores. Quiere decirle: “No te emociones tanto”. “Así suele pasar”. “México es esto”. “Bienvenido al ya mérito”. Queremos entregarle el cinismo como si fuera una vacuna.
Pero quizá el cinismo no protege. Quizá sólo adelanta una pérdida.
La investigación sobre deporte infantil y juvenil suele insistir en algo que los papás a veces olvidamos: el deporte puede ayudar a desarrollar resiliencia, motivación y habilidades para la vida, pero no lo hace por arte de magia. No basta con perder para aprender a perder. No basta con sufrir para volverse más fuerte. Importa mucho el entorno, el acompañamiento y la forma en que los adultos traducimos esas experiencias para los niños. Estudios recientes han encontrado una asociación positiva entre la participación deportiva y la resiliencia en niños y adolescentes, pero también señalan que el papel de padres, entrenadores y relaciones significativas es clave para que el deporte se convierta realmente en una experiencia formativa.
Dicho de otra forma: la derrota no educa sola.
Lo que educa es lo que hacemos con ella.
Por eso, tal vez el dolor que viene del deporte sí puede ser una especie de anticuerpo. Pero sólo si no lo convertimos demasiado pronto en amargura. Sólo si dejamos que pase primero por el cuerpo como emoción, luego por la conversación como aprendizaje y, mucho después, por la memoria como experiencia.
Ese día de los dos goles de Bellingham en el Azteca entendí que mi hijo no necesitaba que yo le explicara la historia completa del desencanto mexicano. No en ese momento. No con la herida todavía abierta. No cuando, unos días antes, había gritado un gol con esa pureza que los adultos vamos perdiendo a fuerza de protegernos.
Quizá mi tarea no era vacunarle la ilusión con cinismo.
Quizá era algo mucho más difícil: dejar que se emocionara, dejar que le doliera y acompañarlo sin apagarle la luz.
Porque el deporte también sirve para eso. Para aprender que algo puede doler y aun así haber valido la pena. Para descubrir que una derrota no cancela la emoción que la precedió. Para entender, poco a poco, que uno puede volver a mirar la cancha, volver a creer, volver a gritar. Y por qué no, seguir vistiendo una camiseta con orgullo.
Y para un niño, quizá esa sea la primera gran lección: no que su equipo siempre gane, sino que emocionarse sigue siendo una forma hermosa de estar vivo.
El riesgo del papá: contaminar la emoción
Debo confesar que durante buena parte del segundo tiempo me costó poner atención al partido.
Y eso que en la cancha ocurría de todo. México no se desesperó a pesar de otro error de la defensa que nos puso contra la pared. Inglaterra se defendía apostando por el contraataque, y aún con el marcador 3 a 1 en favor de los ingleses, éste parecía abierto y cada jugada parecía guardar todavía una pequeña posibilidad. Sólo que mi cabeza estaba en otro lugar. Mientras el partido avanzaba, yo pensaba menos en la táctica, en los cambios o en el tiempo que quedaba, y más en lo que iba a pasar cuando todo terminara.
No quería que sonara el silbatazo final.
Pero no sólo por la derrota.
No quería que sonara porque no sabía bien cómo abordaría ese momento con mi hijo.
Hay algo que ocurre cuando uno es papá y ve sufrir a su hijo por algo que uno ya conoce demasiado bien. El adulto quiere intervenir. Quiere explicar. Quiere ordenar el dolor. Quiere decir algo que parezca útil, aunque en el fondo sólo esté intentando calmar su propia incomodidad.
Sentí la tentación de contarle la historia completa del desencanto. De decirle que esto nos ha pasado muchas veces. Que México suele acercarse, ilusionar, rozar algo importante y quedarse en la orilla. Que existe todo un vocabulario nacional para nombrar esa frustración. Que el “ya mérito” no es una anécdota, sino casi una forma mexicana de ver el fútbol.
Pero luego pensé que quizá no era justo convertir su primera gran emoción mundialista en una lección amarga.
El contexto, además, era distinto al de la derrota de los Spurs de hacía sólo unas semanas. Aquella vez estábamos en «territorio local» e íntimo: papá, mamá y él, solos frente a una tristeza que le cayó encima sin filtros. Pudo llorar con libertad. Pudo buscar los brazos de su mamá sin pensar en nadie más. Pudo vivir la derrota como la viven los niños cuando todavía no sienten la necesidad de contenerse.
Esta vez era diferente. Estábamos en familia. Había primas, tías, voces alrededor, comentarios, gestos, miradas. Su emoción parecía más contenida, como si no supiera muy bien cuánto podía mostrar. Y quizá los brazos de mamá ya no serían el refugio inmediato. Quizá esta vez el duelo iba a tener que encontrar otra forma de salir.
Por eso, mientras Raúl Jiménez anotaba el penalti y el partido volvía a abrir una rendija de esperanza, yo pensaba en la salida fácil.
Decir algo como:
“Así siempre pasa.”
O refugiarme en el viejo cliché:
“Jugamos como nunca y perdimos como siempre.”
Pero nada de eso me convencía.
Porque esas frases, aunque parezcan inofensivas, también enseñan. Enseñan a protegerse antes de sentir. Enseñan a mirar con ironía antes de entregarse. Enseñan que emocionarse demasiado es ingenuo.
Y tal vez ahí estaba el verdadero riesgo: no en que mi hijo sufriera por un partido, sino en que yo, tratando de protegerlo, contaminara su emoción con mi propio cansancio.
El fútbol, como tantas cosas en la infancia, no llega primero como análisis. Llega como impacto. Como grito. Como alegría. Como injusticia. Como llanto. Como pregunta. Ya habrá tiempo para entender la historia, para descubrir los patrones, para sospechar de las promesas. Pero quizá no ese día. No en ese instante.
En ese momento, mi tarea no era explicarle por qué México volvió a perder.
Mi tarea era no arrebatarle lo que había sentido antes de la derrota.
Porque incluso en una eliminación, incluso en otro capítulo del largo “ya mérito”, hubo algo verdadero: mi hijo se emocionó. Y eso, antes de convertirse en una herida, merecía ser respetado.
El silencio más importante
Y entonces, en medio de ese último asedio mexicano, encontré una especie de claridad.
Durante los últimos veinte minutos, el Tri empujó como empujan los equipos que ya no tienen demasiado que perder: con urgencia, con centros desde todos lados, con Gallardo y Alvarado insistiendo por las bandas, con jugadores acumulándose en el área inglesa y con millones de mexicanos negociando, una vez más, con la esperanza.
Cada centro parecía traer una promesa.
Cada rebote parecía una posibilidad.
Cada despeje inglés era otro recordatorio de que el tiempo se estaba acabando.
Y mientras todo eso ocurría en la cancha, yo seguía pensando en mi hijo. En lo que había gritado. En la frase que me había dicho durante el partido: “Me emocioné”. En la manera en que esa emoción, tan limpia, tan nueva, tan suya, podía quedar marcada por lo que sucediera después.
Tal vez por eso, justo cuando México más insistía, entendí que mi papel no era preparar una explicación. Ni una frase ingeniosa. Ni una lección sobre la historia del Tri. Ni siquiera una reflexión demasiado elaborada sobre ganar, perder o aprender.
Después de meses leyendo a Juan Villoro, Galder Reguera y Nick Hornby —autores que entienden que el fútbol nunca trata únicamente de fútbol— me quedó dando vueltas una idea que no venía de una cita exacta, sino de algo que todas esas lecturas parecían susurrar de formas distintas: a veces, la vida emocional del deporte necesita menos discursos y más espacio.
Y quizá eso era lo que mi hijo iba a necesitar cuando sonara el silbatazo final.
Espacio.
No vacío.
Espacio.
Espacio para entender lo que había sentido.
Espacio para que la tristeza no llegara acompañada de mi cansancio.
Espacio para que su emoción no fuera aplastada por mi experiencia.
Espacio para que la derrota encontrara su lugar sin robarle belleza al camino.
Porque los papás solemos sentir la necesidad de intervenir demasiado pronto. Queremos explicar antes de que el niño termine de sentir. Necesitamos traducir la derrota antes de que él pueda nombrarla. Nos volcamos por entregar una conclusión cuando tal vez lo único que hace falta es presencia.
Pero hay silencios que no abandonan.
Hay silencios que acompañan.
Hay silencios que dicen: “Estoy aquí”, sin necesidad de convertir el dolor en moraleja.
Ese era, quizá, el silencio más importante después del partido. No el silencio incómodo de quien no sabe qué decir, sino el silencio consciente de quien decide no imponer su propia historia sobre la emoción de otro.
Yo ya tenía mis Mundiales. Mis derrotas. Mis bromas defensivas. Mis “ya mérito”. Mis penales de aquella lejana tarde en Monterrey o mi «No era penal» ante Holanda. Mis finales anticipados. Mis explicaciones.
Él no.
Él apenas estaba construyendo su relación con el deporte. Apenas estaba aprendiendo que un partido puede cambiar el ánimo de una tarde. Que una camiseta puede sentirse como pertenencia. Que un gol puede encender la casa. Que una derrota puede doler aunque no seas tú quien está en la cancha.
Y quizá, si yo hablaba demasiado pronto, corría el riesgo de meterle en el corazón una historia que todavía no le pertenecía.
Así que decidí no adelantarle el desencanto.
No todavía.
Preferí quedarme cerca. Seguir el partido con él, abrazados sobre ese sofá reclinable. Dejar que los últimos minutos hicieran lo suyo. Dejar que la esperanza respirara hasta el final, aunque yo, por dentro, ya conociera demasiado bien el desenlace.
Porque a veces el silencio después de un partido no es ausencia de palabras.
Es una forma de respeto.
Respeto por lo que un niño acaba de sentir.
Respeto por su derecho a emocionarse sin que un adulto le explique de inmediato por qué no debía hacerlo tanto.
Respeto por esa primera herida deportiva que, aunque pequeña frente a las grandes derrotas de la vida, también merece ser acompañada con cuidado.
Cuando terminó el partido, entendí que no necesitaba decirle que así es México. Ni que así es el fútbol. Ni que algún día se acostumbraría.
Sólo necesitaba estar ahí.
Porque quizá eso también es ser papá: saber cuándo hablar, pero sobre todo aprender cuándo callar para no apagar algo que apenas está naciendo.

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