Antes aprovechaba las clases de natación y básquetbol de mi hijo para desconectarme del trabajo. Ahora, mientras espero una nueva oportunidad, he comenzado a mirar mejor lo que sucede frente a mí.
Durante mucho tiempo, ir al deportivo con mi hijo fue una pequeña victoria de la logística familiar.
Llegábamos juntos. Él entraba a natación o a básquetbol y yo aprovechaba esos mismos minutos para ir a pesas o también a nadar. Dos rutinas, un solo traslado y la agradable ficción de que los adultos tenemos la agenda bajo control.
Mientras él entrenaba, yo cerraba por un rato la computadora, dejaba de contestar correos y hacía algo por mí. Compartíamos el trayecto y el edificio; después cada uno se iba a sudar por su cuenta.
El sistema funcionaba.
Hasta que dejó de haber trabajo del cual desconectarme.
Estar sin trabajo después de los 40 puede dejar más horas disponibles, pero no necesariamente más atención. Mantener una actividad deportiva con los hijos puede dar estructura a la semana, sostener el movimiento y abrir conversaciones más concretas. La clave no es intervenir más en sus entrenamientos, sino observarlos sin convertir su progreso en una medida del propio valor.
El mismo deportivo, otro plan
Seguimos acudiendo al mismo lugar y sus clases continúan comenzando a la misma hora. Lo que cambió fue mi relación con esos minutos.
El desempleo también llegó con su propio recorte presupuestal. No hubo junta extraordinaria, presentación en PowerPoint ni comunicado a los mercados. Simplemente tuve que ajustar gastos.
Mi plan en el deportivo quedó limitado a los horarios de sus clases, tanto entre semana como durante el fin de semana. Mi entrenamiento, que antes podía ocupar buena parte de ese tiempo, ahora cabe en sesiones de 15 o 20 minutos diarios.
No es exactamente una rutina que vaya a interesarle a un influencer de fitness. Tampoco tiene nombre en inglés. Es lo que hoy cabe.
El resto del tiempo me quedo a verlo.
El desempleo tiene mucho tiempo y pésima puntualidad
Estar desempleado después de los 40 no equivale a recibir una bolsa de horas libres.
La agenda puede verse más despejada, pero la cabeza no recibió el memorándum.
Aunque uno no esté enviando solicitudes durante cada minuto del día, la búsqueda laboral sigue ejecutándose en segundo plano. Es inevitable estar pendiente de algún correo, alguna respuesta o alguna oportunidad que pueda cambiar otra vez la rutina.
Actualizar la bandeja de entrada demasiadas veces no parece acelerar el proceso. Lo he comprobado mediante un estudio personal, insistente y metodológicamente cuestionable.
Los datos serios tampoco sugieren que la espera sea excepcional. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del primer trimestre de 2026, 53% de las personas desempleadas reportó llevar más de un mes buscando trabajo; dentro de ese grupo, 15.5% acumulaba más de tres meses.
Es decir, la falta de respuesta no necesariamente es consecuencia de no haber actualizado correctamente el perfil de LinkedIn.
LinkedIn, por cierto, ya ha convertido cada despido en una “oportunidad para reinventarse” y cada periodo de incertidumbre en una “masterclass de resiliencia”. Prefiero no colaborar con esa inflación de optimismo.
No estoy de vacaciones. No elegí reducir gastos. Tampoco descubrí de pronto que el desempleo era el ingrediente que le faltaba a mi paternidad.
Pero, mientras el correo decide tomarse su tiempo, la clase comienza puntualmente.
Y esa regularidad me ha obligado a detenerme y observar.
Lo que ocurría mientras yo entrenaba
Antes no me desentendía de sus actividades. Lo llevaba, conocía sus horarios y aprovechaba ese momento para cuidar también mi condición física.
No considero que haya algo incorrecto en eso.
Pero al dejar de utilizar toda la clase para mi propio entrenamiento, comencé a seguir sus avances de otra manera.
Ahora puedo verlo día con día. No sólo sé que asistió a natación porque regresó con el cabello mojado o que terminó básquetbol porque salió de la cancha. Puedo observar cómo se relaciona con cada ejercicio, qué comienza a dominar y qué necesita intentar otra vez.
Eso también cambió nuestras conversaciones.
En lugar del interrogatorio paternal estándar —“¿cómo te fue?”—, que suele producir el igualmente estándar “bien”, ahora puedo hacer preguntas más concretas:
¿Te gustó la clase?
¿Cómo te sentiste durante el entrenamiento?
¿Sientes que hoy aprendiste algo?
No busco una minuta, un reporte de resultados ni sus áreas de oportunidad para el siguiente trimestre. Las preguntas me ayudan a entender la experiencia que acaba de vivir.
Antes aprovechaba sus clases para desconectarme del trabajo.
Ahora esas mismas clases me ayudan a que la búsqueda de trabajo no ocupe absolutamente todo.
Mirar no es auditar
Estar más pendiente de sus entrenamientos no significa que deba intervenir más.
De hecho, ahí aparece otro riesgo.
Un papá con tiempo disponible, experiencia profesional y cierta afición por analizar cosas puede convertir una clase infantil en un tablero de indicadores con una velocidad sorprendente.
Cuántas canastas metió.
Cuántas veces se distrajo.
Cuánto mejoró.
Qué tendría que corregir.
En qué posición se encuentra respecto a otros niños que, hasta donde sé, tampoco solicitaron participar en este estudio comparativo.
Cuando una parte de nuestra vida adulta parece detenida, el progreso de un hijo puede volverse especialmente atractivo. Verlo aprender o conseguir algo que antes no podía ofrece la tranquilizadora sensación de que, al menos en algún lugar, las cosas sí avanzan.
El problema comenzaría si necesitara que él progresara para compensar lo que está sucediendo conmigo.
No quiero convertir sus clases en mi nuevo proyecto ni utilizar sus resultados como un KPI prestado. Él necesita un papá en el deportivo, no un director de mejora continua instalado en las gradas.
Por eso intento concentrarme en cómo vive el entrenamiento, no solamente en cuánto mejora.
Preguntar si disfrutó la clase abre una conversación distinta a enumerarle lo que hizo bien y lo que podría hacer mejor. Preguntar cómo se sintió me permite acompañarlo sin suponer que, por haber estado mirando, ya entendí todo.
Estar presente no me convierte en su entrenador. Mucho menos en su gerente.
Quince minutos también cuentan
Mi propia relación con el ejercicio también tuvo que cambiar.
Según el Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico 2025 del INEGI, sólo 37.9% de las personas de entre 50 y 59 años declaró realizar algún deporte o ejercicio físico durante su tiempo libre.
Mis 15 o 20 minutos diarios difícilmente darán para un montaje de entrenamiento de Rocky Balboa, pero por ahora me mantienen dentro de ese porcentaje.
No siempre hago lo mismo ni alcanzo la intensidad que antes podía sostener. Es una rutina modesta, sin épica y sin fotografía del “antes y después”. Por el momento, su principal mérito consiste en que existe.
También me recuerda que acompañar a mi hijo no exige borrarme por completo de la escena.
La reducción de mi plan en el deportivo surgió de una limitación económica, no de una revelación sobre cómo debe ejercerse la paternidad. Sería muy fácil fabricar una moraleja en la que un papá comprometido renuncia a entrenar para observar cada minuto de las clases de su hijo.
No lo creo.
Antes no era un papá menos interesado. Era un papá con una rutina de trabajo normal y con el legítimo deseo de aprovechar una hora para nadar o ir a pesas.
Cuando llegue una nueva oportunidad laboral, probablemente tendremos que ajustar los horarios otra vez. Quizá vuelva a utilizar parte de sus clases para entrenar. Eso no significará que dejé de interesarme en lo que vive.
Lo que me gustaría conservar no es necesariamente mi lugar junto a la cancha o la alberca.
Son las preguntas que ahora sé hacerle.
La clase sí empieza
El deporte no resuelve el desempleo.
Si lo hiciera, los gimnasios tendrían una bolsa de trabajo junto a la barra de licuados.
No paga las cuentas, no elimina la incertidumbre y tampoco consigue que el correo aparezca. Pero, en mi caso, ha impedido que todos los días pierdan su forma.
Hay una hora para salir de casa. Una clase que comienza. Un trayecto que hacemos juntos. Un espacio donde mi hijo continúa aprendiendo mientras yo intento comprender esta etapa de mi propia vida.
Durante esos minutos sigo siendo un papá desempleado y atento a una respuesta laboral. No consigo una desconexión perfecta ni dejo el teléfono bajo custodia en la recepción.
Simplemente intento que la espera no me haga perder lo que ocurre frente a mí.
Seguimos llegando juntos al mismo deportivo. Él entra a natación o a básquetbol y yo continúo pendiente del mensaje que puede volver a cambiar nuestros horarios.
El correo todavía no llega.
La clase, con una puntualidad casi ofensiva, sí.
¿También estás aprendiendo a acompañar sin convertirte en entrenador, gerente y árbitro? Suscríbete a Cosas de Papá y recibe nuevas historias para crecer junto a tus hijos.

Deja un comentario