Por qué defendemos el deporte para nuestros hijos, pero lo volvemos prescindible para nosotros
El deporte suele desaparecer en la adultez no porque dejemos de valorar sus beneficios, sino porque el trabajo, la familia y otras responsabilidades desplazan el tiempo destinado a jugar. Al hacerlo podemos perder también ritual, amistad, pertenencia y una parte de nuestra identidad.
Hace algún tiempo apareció en mi feed una afirmación diseñada para dejar de hacer scroll: el 95% de los adultos estadounidenses mayores de 30 años nunca volverá a correr un sprint.
Intenté averiguar de dónde provenía, pero no encontré ningún estudio que la respaldara. Era uno de esos datos de internet demasiado contundentes para no levantar sospechas. Aun así, la imagen que planteaba no me pareció descabellada: millones de adultos que alguna vez corrieron detrás de una pelota y que, sin darse cuenta, olvidaron lo que se siente avanzar a toda velocidad.
Entonces la pregunta dejó de ser estadística y se volvió personal:
¿Cuánto tiempo llevaba yo sin correr un sprint?
No pude recordar la última vez. Ni siquiera aproximarme. Me quedé frío.
Después de la natación, que fue mi mundo entre los seis y los catorce años, el deporte que practiqué con mayor constancia fue el básquetbol. Jugué durante cinco o seis años, principalmente en la preparatoria, a principios de los noventa. Era el deporte que daba estructura a mis semanas y me reunía con mis amigos dentro y fuera de la duela.
También era la época en que empezaron las transmisiones de la NBA en México, la de Magic Johnson, Michael Jordan y los Chicago Bulls. Calculo que el 90% de los jóvenes que jugábamos básquetbol nos volvimos aficionados de Jordan. Tampoco tengo pruebas, pero esta vez no tengo dudas. Al partido semanal de nuestra liga se sumaba otro ritual: juntarnos a ver a los Bulls.
Después Jordan se retiró, yo entré a la universidad y los traslados entre la Ciudad de México y el Estado de México hicieron cada vez más difícil mantenerme en el equipo. Más adelante llegó el trabajo y, con él, la dinámica del mundo editorial: una mezcla de jornadas de oficina, viajes y horarios cambiantes que fue alejándome poco a poco del deporte.
No recuerdo haber tomado la decisión de dejarlo. No hubo un último partido al que reconociera como el último ni una despedida formal. El deporte sencillamente fue perdiendo espacio hasta desaparecer. Fue en esta época —entre los 17 y 19 años— en la que tal vez habré corrido mi último sprint.
El distanciamiento fue tan paulatino que, después de varios cambios de trabajo, un día descubrí que llevaba más de quince años inactivo. En mi cabeza todavía me consideraba un deportista. La realidad era que mi cuerpo ya contaba otra historia.
Una enfermedad endocrina —y mi propia desidia para atenderla a tiempo— debilitó todavía más mi salud. Cuando finalmente recibí tratamiento, años después, mis músculos y mis huesos habían perdido mucha fuerza. La recomendación del cirujano fue sencilla: tenía que hacer ejercicio y fortalecer los músculos para ayudar a recuperar también los huesos.
Ese cambio de chip coincidió con una etapa particular: mi hijo se acercaba a los cuatro años. Desde pequeño habíamos procurado que fuera activo, que experimentara diferentes deportes y descubriera el gusto por moverse.
Fue entonces cuando apareció una contradicción que todavía me acompaña:
¿En qué momento decidimos que jugar y mantenernos activos era esencial para nuestros hijos, pero prescindible para nosotros?
Y detrás de ella surgió una pregunta todavía más incómoda: ¿cuál sería hoy mi condición física si la vida no me hubiera obligado a regresar?
Todo lo que sí vemos cuando se trata de ellos
Cuando inscribimos a nuestros hijos en natación, futbol, karate o cualquier otro deporte, rara vez pensamos sólo en sus músculos. Queremos que se muevan, por supuesto, pero también esperamos que hagan amigos, aprendan a perder, descubran lo que significa pertenecer a un equipo y encuentren algo que les emocione esperar durante la semana.
Organizamos horarios, compramos uniformes y atravesamos la ciudad porque intuimos que ahí puede estar formándose una parte importante de su vida. Aunque nunca lleguen a competir profesionalmente —y aunque ni siquiera sean especialmente buenos—, el tiempo no nos parece desperdiciado.
Con nosotros usamos otra vara.
Al llegar a la adultez, el deporte parece necesitar una justificación práctica: bajar de peso, mejorar los análisis clínicos o fortalecer la espalda. Si sólo nos permite divertirnos o encontrarnos con amigos, puede parecernos un lujo difícil de defender frente al trabajo y la familia.
Una encuesta realizada en 2015 por NPR, la Robert Wood Johnson Foundation y la Escuela de Salud Pública de Harvard retrató bien esa contradicción. La participación deportiva caía de manera marcada después de los 25 años, pero el 89% de los padres con hijos en secundaria o preparatoria consideraba que los jóvenes obtenían grandes beneficios del deporte.
El dato corresponde a Estados Unidos y no describe automáticamente la realidad latinoamericana. La contradicción, sin embargo, nos resulta familiar: reconocemos que jugar contribuye a la salud mental, las relaciones y la autoestima de nuestros hijos, mientras relegamos esas mismas necesidades como si caducaran con la juventud.
Quizá confundimos madurar con dejar de jugar.
Lo que desapareció junto con el deporte
Cuando pensé en mis años de básquetbol, lo primero que regresó no fue una canasta memorable ni el resultado de algún partido. Recordé la estructura: el juego de la liga, los amigos, los Bulls, la conversación antes y después de la duela.
El deporte no sólo ocupaba tiempo. Le daba forma.
Por eso, cuando dejamos de practicarlo, no perdemos únicamente condición física. También puede desaparecer una cita recurrente con otras personas, un lenguaje compartido y un lugar donde nuestra función no consiste en resolverlo todo.
Entre los 35 y los 50 años, muchos hombres acumulamos identidades definidas por lo que hacemos para alguien más: somos papás, parejas, trabajadores y también hijos pendientes de padres que envejecen. Esas responsabilidades pueden ocupar tanto espacio que nos cuesta recordar quiénes somos cuando nadie necesita algo de nosotros.
El ritual deportivo abre una pequeña excepción.
La cascarita, la rodada o los largos en la alberca no eliminan las preocupaciones, pero cambian durante un rato el sitio desde el que las miramos. Ahí podemos fallar un tiro sencillo, celebrar una jugada improbable o competir sin que el resultado decida algo verdaderamente grave.
También puede ser una de las pocas formas en que muchos hombres conservamos amistades durante la adultez. A veces empezamos hablando de la rodilla o del compañero que nunca pasa el balón. Después aparecen el trabajo, los hijos, la enfermedad de un padre o alguna preocupación que llevaba semanas sin encontrar por dónde salir.
El juego no obliga a hablar, pero mantiene abierta la puerta.
El bienestar también puede tener forma de ritual
Esta dimensión emocional no es sólo nostalgia. Una revisión sistemática publicada en 2023, que reunió 29 estudios con adultos de entre 18 y 84 años, encontró que la práctica deportiva se relaciona con mayor bienestar psicológico, autoestima, satisfacción con la vida y sentido de pertenencia, así como con menores niveles de depresión, ansiedad y estrés. Los deportes de equipo mostraban, en general, resultados sociales y emocionales más favorables.
Conviene no convertir esa asociación en una promesa. Los propios investigadores advierten que se necesita más evidencia longitudinal y experimental para establecer con precisión qué causa qué. El deporte no reemplaza la atención profesional, no resuelve una crisis familiar y tampoco convierte automáticamente a cualquier grupo en una comunidad saludable.
Pero los hallazgos ayudan a nombrar algo que quienes han tenido un ritual deportivo suelen reconocer: sentirse esperado importa.
Importa preparar la mochila, confirmar la asistencia en un chat y regresar a casa con un cansancio distinto al de la oficina. Saber que, pase lo que pase durante la semana, existe un momento reservado para jugar.
En México, el Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico del INEGI muestra que menos de la mitad de los adultos realiza deporte o ejercicio durante su tiempo libre. Las razones para abandonar o no comenzar suelen ser reales: falta de tiempo, cansancio laboral, problemas de salud, costos, traslados o ausencia de espacios adecuados.
No todo se resuelve con voluntad. Para un papá, apartar un par de horas puede requerir una negociación concreta con el trabajo, la pareja, los cuidados y una agenda que ya parece no tener espacio.
La pregunta no es si debemos anteponer siempre el deporte. Es por qué suele ser una de las primeras partes de nosotros que aceptamos borrar.
Volver no significa regresar a los veinte
En mi caso, el regreso comenzó como una indicación médica. Necesitaba fortalecer los músculos para ayudar a mis huesos. La salud me obligó a mirar un cuerpo que mi memoria todavía confundía con el del joven que nadaba y jugaba básquetbol.
Pero volver no podía consistir en recuperar a esa persona.
Una relación adulta con el deporte exige otras reglas: calentar, descansar, fortalecer y atender una molestia antes de que se convierta en lesión. El cuerpo cambia. También debería cambiar nuestra forma de jugar.
Esto incluye reconocer que el deporte no es autocuidado por definición. Puede ayudarnos a regresar a casa más despejados y disponibles, pero también puede convertirse en una forma de escapar de las responsabilidades o de competir como si todavía tuviéramos algo pendiente que demostrar. La diferencia quizá no esté solamente en salir a jugar, sino en cómo volvemos después.
Tampoco necesitamos transformar el regreso en otra tarea que hacemos por nuestros hijos. Sería injusto exigir que cada espacio propio produjera una lección de paternidad. Podemos jugar porque lo disfrutamos, porque necesitamos a nuestros amigos o porque durante ese rato recuperamos una parte de nuestra identidad. Eso ya es suficiente.
Y, aun así, algo ocurre cuando nuestros hijos nos ven.
Podemos explicarles que el deporte enseña a persistir, perder y convivir. Pero quizá también les decimos algo cuando nos observan aceptar nuestras limitaciones y empezar de nuevo. No hace falta convertirlo en discurso. Puede bastar con que suceda frente a ellos.
Correr otra vez
Retomar el deporte ha tenido sus bemoles. No he estado exento de lesiones y he tenido que aceptar que mi cuerpo ya no responde como antes. Aun así, hace unas semanas decidí que era un buen momento para volver a correr un sprint.
No fueron cien metros planos ni hubo un cronómetro esperando al final. Fue apenas una carrera breve, con mi hijo mirándome mientras lo hacía.
No sé qué significó para él verme correr. Para mí, aquellos segundos fueron suficientes. No había recuperado al deportista que fui, pero sí la sensación de que todavía podía seguir jugando.

Deja un comentario