Cuando inscribes a tu hijo en una liga deportiva, das por sentado que habrá una evolución. La imaginas más o menos ordenada: primero pasará más tiempo en la banca que en la cancha; después, poco a poco, comenzará a jugar más.
Durante ese proceso, uno aprende a actuar con naturalidad frente a la suplencia. O al menos lo intenta. Si tienes tiempo, también destinas algunas horas de la semana a reforzar lo que intuyes que aprendió en sus entrenamientos. Intuyes, porque los papás tampoco recibimos el plan de trabajo, pero eso rara vez impide que ensayemos alguna recomendación que hayamos visto en un reel de Instagram.
Entonces llega el día en que juega más minutos. Después participa en una jugada importante. Quizá hasta anota. Parece que la evolución que imaginamos comienza a tomar forma.
Pero el progreso en el deporte infantil tiene la mala costumbre de no respetar nuestros calendarios.
Habrá partidos en los que vuelva a jugar poco. Otros en los que su equipo pierda. Incluso habrá victorias en las que apenas participe y derrotas en las que haga un gran esfuerzo.
Los días buenos son sencillos. Si el equipo gana, él juega y además anota, todo es miel sobre hojuelas. Todos regresamos contentos a casa y hasta el trayecto parece más corto.
La dificultad aparece cuando el partido tiene tintes negativos, ya sea para el equipo o para él. Entonces el marcador deja de ser la única cosa que intentamos descifrar.
¿Le afecta que su equipo haya perdido?
Si ganaron, ¿le importa no haber contribuido?
¿Está decepcionado, enojado o simplemente cansado?
¿Quiere hablar de lo que ocurrió o ya está pensando en otra cosa?
Quizá lo más difícil sea aceptar que nuestro hijo no necesariamente siente lo que nosotros creemos que debería sentir.
Y entonces aparece otra serie de preguntas, esta vez para nosotros: ¿cómo acompañarlo?, ¿vale la pena decir algo?, ¿qué podemos preguntar sin convertir el regreso en una evaluación?, ¿qué conviene no preguntar todavía?
¿Es mejor quedarse callado y simplemente abrazarlo?
Yo suelo ser partidario de esto último. Pero tampoco quiero convertir mi instinto en una fórmula universal. Hay silencios que acompañan y silencios que evitan una conversación. Hay preguntas que abren una puerta y otras que llegan con la respuesta incluida.
Después de un mal partido, quizá nuestra primera tarea no sea encontrar la frase perfecta. Tal vez sea observar lo suficiente para reconocer qué necesita nuestro hijo antes de decidir qué necesitamos decir nosotros.
No todos salimos del mismo partido
Para un papá, un mal partido puede ser aquel en el que su hijo jugó pocos minutos, perdió varias veces el balón, se distrajo o no mostró el ímpetu que esperábamos.
Para el niño, quizá el momento más importante ocurrió en otra parte: pudo sentirse nervioso, disfrutar una jugada, frustrarse con un compañero, recibir una indicación que no comprendió o salir satisfecho simplemente porque logró algo que llevaba semanas intentando.
También puede suceder lo contrario. Nosotros vemos una victoria y suponemos que todo salió bien, mientras él sigue pensando en el tiro que falló o en los minutos que pasó sentado.
Por eso, antes de preguntar qué ocurrió, conviene separar tres cosas:
- Lo que vimos.
- Lo que interpretamos.
- Lo que todavía no sabemos.
“Te vi más serio al terminar” es una observación.
“No te importó perder” es una interpretación.
La diferencia entre ambas puede decidir si nuestro hijo siente curiosidad por la conversación o la vive como una acusación que necesita refutar.
Una investigación de Samuel Elliott y Murray Drummond con 86 padres y jóvenes involucrados en futbol australiano encontró precisamente esta dificultad: adultos y niños podían atribuir significados distintos a los comentarios realizados durante el juego y en el regreso a casa. Lo que el adulto justificaba como interés, enseñanza o ayuda podía ser vivido de otra manera por el joven deportista. Los autores señalan que lo ocurrido después de competir puede fortalecer o debilitar la experiencia deportiva.
La intención importa. Pero no es lo único que comunica.
Antes de hablar, conviene revisar de quién es la urgencia
A veces queremos platicar porque percibimos que nuestro hijo lo necesita.
Otras veces queremos hacerlo porque nosotros necesitamos entender qué pasó, corregir lo que vimos o asegurarnos de que el partido haya dejado alguna enseñanza. Después de pagar la inscripción, comprar el uniforme, organizar traslados y dedicar parte del fin de semana, resulta muy tentador sentir que al menos nos corresponde una pequeña conferencia de prensa.
Pero quizá ése no sea el mejor momento.
Antes de comenzar el análisis, podemos hacernos tres preguntas:
- ¿Sé cómo se siente o estoy completando el silencio con mis propias conclusiones?
- ¿Quiero ayudarlo o quiero tranquilizarme yo?
- ¿En este momento necesita a su papá o a otro entrenador?
No se trata de renunciar a cualquier conversación sobre esfuerzo, compromiso o aprendizaje. Se trata de elegir un momento en el que nuestro hijo pueda participar en ella, no sólo recibirla.
El coche no tiene que convertirse en sala de interrogatorio
El trayecto de regreso parece el lugar ideal para hablar. Estamos juntos, hay tiempo y el partido continúa fresco en la memoria.
También es un espacio difícil de abandonar cuando uno no quiere conversar.
Un estudio publicado en Psychology of Sport and Exercise analizó 98 grabaciones correspondientes a 28 parejas de padres e hijos durante viajes hacia y desde entrenamientos y competencias. De las 30 horas observadas, 59% transcurrió en silencio y sólo 12.9% se dedicó a hablar de temas deportivos.
El silencio, por lo tanto, no apareció como una anomalía.
La investigación también encontró que los adultos hablaban más que los deportistas, recurrían con mayor frecuencia a preguntas cerradas o descriptivas y, en ocasiones, intervenían antes de que sus hijos terminaran de responder. Las preguntas abiertas y reflexivas fueron las menos frecuentes.
Esto no significa que debamos conducir en absoluto silencio después de cada partido. Significa que hablar mucho no equivale necesariamente a comunicarnos mejor.
Nuestro hijo también habla cuando cambia de tema, mira por la ventana, pide música o contesta con una palabra. La disponibilidad para conversar no siempre se expresa mediante una declaración formal.
Tres momentos para acompañarlo después del partido
No existe una frase capaz de resolver todas las derrotas, suplencias, errores o frustraciones. Sí podemos distinguir tres momentos y darles funciones diferentes.
1. Al salir de la cancha: recuperar el vínculo
Los primeros minutos no tienen que servir para revisar el desempeño. Pueden servir simplemente para recordarle que sigue siendo nuestro hijo antes que jugador.
Podemos comenzar con algo sencillo:
- “Qué gusto ver jugar equipo.”
- “Aquí estoy.”
- “¿Quieres agua?”
- “Sé que fue un partido difícil.”
- “Me dio gusto acompañarte.”
Un abrazo también puede ser suficiente, siempre que él lo reciba como cercanía y no como una manera apresurada de cerrar el tema.
En ese momento conviene evitar el análisis técnico:
- “Tenías que haber tirado.”
- “¿Por qué no pediste el balón?”
- “El entrenador debió meterte antes.”
- “Hoy te faltaron ganas.”
Tal vez después exista un espacio para hablar de alguna de esas cosas. Al salir de la cancha, todavía no sabemos si son las cosas de las que él quiere o necesita hablar.
2. Durante el regreso: pedir permiso
Si percibimos que quiere decir algo, podemos abrir la puerta sin empujarlo a cruzarla.
- “¿Quieres hablar del partido o prefieres hacerlo después?”
- “¿Quieres contarme cómo lo viviste?”
- “¿Necesitas que te escuche o quieres saber lo que yo vi?”
- “Podemos hablar ahora, más tarde o no hablar del partido hoy.”
La pregunta sólo funciona si estamos dispuestos a aceptar cualquiera de las respuestas.
Si dice que no quiere hablar, podemos cambiar de tema, poner música o dejar que el trayecto transcurra en silencio. No es una oportunidad perdida. Es una forma de comunicarle que su experiencia también le pertenece.
Si decide hablar, nuestra tarea puede ser tan sencilla —y tan difícil— como permitirle terminar antes de ofrecer una interpretación.
3. Más tarde: comprender antes de corregir
Cuando la emoción haya bajado, la conversación puede cambiar de función. Ya no se trata solamente de contener, sino de comprender qué significado tuvo el partido para él.
Las preguntas abiertas ofrecen más espacio:
- “¿Qué fue lo más difícil?”
- “¿Hubo algo que sí disfrutaste?”
- “¿Cómo te sentiste cuando estabas en la banca?”
- “¿Qué crees que salió mejor de lo que esperabas?”
- “¿Hay algo que quieras intentar en el próximo entrenamiento?”
- “¿Quieres que practiquemos algo juntos?”
- “¿Quieres mi opinión o sólo quieres contarme?”
La última pregunta me parece especialmente útil. Nos recuerda que escuchar y aconsejar no son la misma tarea.
En un estudio con 42 tenistas juveniles de alto rendimiento, los participantes dijeron preferir que sus padres no ofrecieran consejos técnicos o tácticos durante las competencias. Valoraban más los comentarios sobre el esfuerzo y la actitud, la ayuda práctica y la coherencia entre las palabras de apoyo y el lenguaje corporal de sus padres.
Era un grupo específico, en un deporte y rango de edad determinados. No representa automáticamente a todos los niños. Pero deja una pregunta útil: si el entrenador ya se ocupa de corregir la técnica, ¿qué espacio queremos conservar nosotros?
Después de un mal partido, conviene reconectar antes de analizar. Pregunta a tu hijo si quiere hablar, escucha sin interrumpir y deja la corrección técnica para otro momento. Si prefiere guardar silencio, permanece cerca y hazle saber que podrá conversar contigo cuando esté preparado.
Qué conviene no preguntar todavía
No hay palabras prohibidas. Una misma pregunta puede sentirse diferente según la edad, el momento, el tono y la relación que cada familia ha construido.
Lo que sí podemos identificar son preguntas que incluyen una conclusión antes de escuchar la respuesta.
| En lugar de comenzar con… | Podemos intentar… |
|---|---|
| “¿Por qué no le echaste ganas?” | “Te vi diferente hoy. ¿Cómo te sentiste?” |
| “¿Por qué no tiraste?” | “¿Cómo viviste esa jugada?” |
| “¿Te dio miedo?” | “¿Qué pensaste en ese momento?” |
| “¿Estás triste porque perdieron?” | “¿Cómo te sientes?” |
| “Tenías que hacerle caso al entrenador.” | “¿Entendiste lo que te pidió…?” |
| “Tu compañero sí estaba concentrado.” | “¿Hay algo que quieras trabajar para el próximo partido?” |
| “Con todo lo que hacemos para que juegues…” | “¿Cómo podemos acompañarte mejor?” |
El cambio parece pequeño, pero modifica el punto de partida. En la primera columna nosotros definimos el problema. En la segunda le damos espacio para explicar si realmente existe ese problema y cómo lo vivió.
Acompañar no significa evitar todas las conversaciones difíciles
Dar espacio no implica desentendernos.
Hay situaciones en las que conviene preguntar y actuar: si nuestro hijo está lastimado, si relata una humillación, si existe un conflicto persistente con compañeros o entrenadores, si expresa miedo de volver o si observamos un cambio que se repite durante varios entrenamientos.
También debemos platicar cuando él abre la puerta, aunque no sea el momento que nosotros habríamos elegido.
La clave no es esperar siempre. Es no usar la cercanía forzada del automóvil para resolver de inmediato todo lo que nos inquieta.
Tampoco se trata de elogiar cualquier actuación. Los niños perciben cuando decimos “jugaste increíble” después de un día especialmente complicado. Un comentario afectuoso no necesita alterar la realidad.
Podemos reconocer algo concreto:
- “Seguiste intentando aunque el partido se complicó.”
- “Te vi apoyar a tus compañeros desde la banca.”
- “Noté que regresaste a defender después de perder el balón.”
- “Fue un día difícil y aquí estoy.”
Y si no encontramos algo honesto que decir sobre el juego, todavía podemos hablar de la relación:
- “El resultado no cambia cuánto disfruto acompañarte.”
- “No tienes que explicarme nada ahora.”
- “Cuando quieras hablar, te escucho.”
Los papás también podemos entrenar esta parte
Aprender a comunicarnos después de un partido no depende solamente de memorizar mejores preguntas. También exige reconocer nuestras emociones.
Un pequeño estudio con familias de jóvenes que practicaban futbol y hockey pidió a los padres reflexionar durante seis semanas sobre la manera en que se comunicaban con sus hijos. La parte cualitativa mostró que ese ejercicio podía aumentar la conciencia sobre su papel y favorecer una actitud más respetuosa de la autonomía del joven, aunque las mediciones cuantitativas no encontraron cambios estadísticamente significativos en apoyo, presión o calidad de comunicación.
La conclusión no es que llevar un diario resuelva la crianza deportiva. Es algo más modesto: observar nuestra propia comunicación puede ayudarnos a detectar patrones.
Después de un partido podríamos revisar:
- ¿Hablé más de lo que escuché?
- ¿Hice una pregunta o presenté una conclusión disfrazada de pregunta?
- ¿Comenté su experiencia o mi expectativa?
- ¿Le ofrecí apoyo o una evaluación?
- ¿Mi rostro y mi tono dijeron lo mismo que mis palabras?
No siempre responderemos bien. Parte de acompañar también consiste en volver y reparar:
“Creo que te pregunté demasiadas cosas.”
“Me ganó la emoción.”
“Estaba frustrado con el partido y hablé como si estuviera frustrado contigo.”
“Si quieres, podemos empezar otra vez.”
Una guía rápida para el regreso a casa
Después de un partido difícil:
- Observa antes de interpretar.
- Reconecta antes de analizar.
- Pregunta si quiere hablar.
- Acepta el silencio si ésa es su respuesta.
- Cuando hable, deja que termine.
- Pregunta antes de ofrecer consejos.
- Reserva la corrección técnica para otro momento —o para el entrenador—.
- Si te adelantaste, vuelve y repara.
Yo sigo siendo partidario del abrazo y del silencio.
Sólo que ahora entiendo que callar no significa desaparecer ni fingir que nada ocurrió. Significa quedarme cerca, dejar disponible la conversación y permitir que mi hijo decida cuándo entrar en ella.
Después de un mal partido, quizá lo más importante no sea encontrar algo memorable que decir antes de llegar a casa.
Quizá sea que nuestro hijo sepa que, haya ganado, perdido, jugado mucho o pasado buena parte del partido en la banca, su lugar junto a nosotros sigue siendo exactamente el mismo.

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