El papel de los padres en el deporte infantil es proporcionar apoyo, estabilidad y acompañamiento emocional. Las instrucciones técnicas durante entrenamientos y partidos corresponden al entrenador. Para evitar confundir al niño, familia, entrenador e institución deben compartir objetivos, respetar sus funciones y resolver cualquier diferencia directamente entre adultos.
Durante un partido de básquetbol, mi hijo permaneció casi todo el tiempo en la posición defensiva que le había indicado su entrenadora.
No estaba distraído. Tampoco se había olvidado de participar. Estaba haciendo exactamente lo que le habían pedido.
Desde la grada, sin embargo, yo veía otras posibilidades. Había momentos en los que el jugador con el balón parecía estar a su alcance y, de acuerdo con mi experiencia jugando básquetbol, consideré que podía salir a presionarlo. Así que le indiqué que atacara a quien llevara el balón cuando viera la oportunidad.
Mi consejo no era técnicamente absurdo.
En el básquetbol, las posiciones no son casillas inamovibles. Conforme un jugador aprende a interpretar el juego, descubre cuándo debe conservar su lugar, cuándo ayudar a un compañero, cuándo cambiar de marca y cuándo salir a presionar.
Pero esa flexibilidad se aprende poco a poco.
Primero hay que comprender qué espacio se ocupa y por qué. Después comienzan a aparecer las excepciones.
Mi hijo estaba aprendiendo la primera parte. Yo le estaba hablando como si ya hubiera llegado a la segunda.
Cuando platicamos sobre el partido, él estaba convencido de haber actuado correctamente. Su entrenadora le había indicado dónde posicionarse y él había obedecido.
Tenía razón.
Yo también podía tener razón desde una lectura distinta del juego. Pero durante ese partido no me correspondía establecer el criterio. La entrenadora conocía el plan del equipo, sabía qué estaba trabajando con cada jugador y, en cuestiones técnicas y tácticas, tenía la última palabra.
Lo advertí de inmediato: mi indicación contradecía la suya.
Yo quería ayudar a mi hijo a leer mejor el partido. Sin darme cuenta, le estaba pidiendo algo más complicado: leer a los adultos y decidir a cuál de los dos debía obedecer.
Dos consejos razonables también pueden crear un problema
Cuando hablamos de la participación de los padres en el deporte infantil, resulta sencillo identificar los extremos.
Está el papá que insulta al árbitro, el que cuestiona cada decisión del entrenador y el que analiza una derrota como si acabara de perderse la final de una competencia profesional.
Es mucho más difícil reconocer la interferencia cuando nace de una observación razonable.
Quienes practicamos el deporte de nuestros hijos contamos con referencias. Reconocemos una postura, anticipamos una jugada y detectamos espacios que ellos todavía no ven. Esa experiencia puede ayudarnos a comprender lo que están aprendiendo y, en determinados momentos, incluso puede permitirnos practicar juntos.
También puede hacernos creer que cada cosa que advertimos necesita convertirse inmediatamente en una indicación.
A veces basta haber jugado algunos años para sentir que el asiento de la grada incluye, sin costo adicional, una licencia de entrenador asistente.
El problema no siempre está en el contenido del consejo. Puede estar en el momento, en la forma y en la persona encargada de ofrecerlo.
Mi indicación ignoraba tres cosas:
- Mi hijo estaba cumpliendo una instrucción específica.
- Su entrenadora podía estar trabajando un objetivo que yo desconocía.
- Salir a presionar al jugador con el balón implicaba abandonar un espacio que otro compañero quizá no estaba preparado para cubrir.
Yo veía una oportunidad individual. Ella dirigía a un equipo.
El papel de los padres en el deporte infantil no es dirigir la jugada
Decir que los padres no somos entrenadores no significa que nuestro papel sea secundario.
En muchos casos somos quienes elegimos la actividad, pagamos la inscripción, compramos el uniforme, organizamos los horarios, resolvemos los traslados y acompañamos a nuestros hijos cuando las cosas no salen como esperaban. Somos, además, la presencia que suele permanecer aunque cambien de equipo, entrenador o disciplina.
Una revisión publicada en 2023 por Camilla Knight y otros investigadores señala precisamente que los padres suelen ser la influencia más constante y duradera en la trayectoria deportiva de un niño. Su participación puede afectar tanto su experiencia como la relación entre el deportista y su entrenador; por eso, la colaboración entre padres y entrenadores resulta fundamental. Consultar la publicación sobre participación parental en el deporte organizado.
La diferencia no está en determinar quién importa más, sino en comprender qué función cumple cada persona.
El entrenador enseña el deporte, dirige al equipo y toma decisiones técnicas.
La institución establece las condiciones en las que se desarrollará esa experiencia: selecciona entrenadores, define prioridades, organiza la competencia y crea canales para comunicarse con las familias.
Los padres proporcionamos apoyo práctico y emocional, ayudamos a interpretar lo ocurrido y modelamos la manera en que nuestra familia entiende el esfuerzo, el compromiso, la autoridad, el error y el resultado.
El niño recibe todo eso al mismo tiempo.
No guarda las instrucciones del entrenador en una carpeta, nuestros comentarios en otra y los mensajes de la academia en una tercera. Para él, todo forma parte de una misma experiencia deportiva.
La cultura deportiva continúa cuando termina el entrenamiento
La cultura de un equipo puede expresarse mediante una filosofía escrita en una pared, un código de conducta o una junta al inicio de la temporada.
La cultura deportiva de un niño también se construye en momentos mucho menos solemnes.
Se construye cuando decidimos si llegar a tiempo importa.
Cuando hablamos de un compañero que cometió un error.
Cuando reaccionamos ante una decisión del árbitro.
Cuando nuestro hijo pasa varios minutos en la banca.
Cuando cuidamos el uniforme y el material.
Cuando acepta una responsabilidad con su equipo, aunque ese día preferiría quedarse en casa.
Cuando entendemos que descansar también forma parte de entrenar.
Y, especialmente, cuando decidimos qué pregunta hacer después del partido.
Si en el entrenamiento escucha que lo importante es aprender, pero en casa sólo preguntamos cuántos puntos anotó, la cultura termina definiéndola nuestra pregunta.
Si el entrenador le pide conservar una posición y desde la grada le indicamos que la abandone, no sólo estamos corrigiendo una jugada. También le estamos enseñando algo sobre la autoridad, la confianza y la manera de resolver una diferencia entre adultos.
Eso no significa que la entrenadora siempre tenga razón ni que los padres debamos renunciar a nuestro criterio.
Significa que nuestras diferencias no deberían convertir al niño en mensajero, árbitro o encargado de decidir quién entiende mejor el deporte.
Saber del deporte puede ayudar, si primero conocemos el proceso
Nuestra experiencia previa no tiene que quedarse afuera del gimnasio.
Puede ayudarnos a jugar con nuestros hijos, responder preguntas, entender su frustración y reconocer avances que alguien ajeno al deporte quizá no advertiría.
Pero conocer el juego no equivale a conocer el proceso que sigue el equipo.
Yo podía entender que una posición defensiva es flexible. Lo que no sabía era en qué momento su entrenadora esperaba que mi hijo comenzara a interpretarla de esa manera.
Entre comprender una idea y estar preparado para ejecutarla durante un partido existe una distancia. El entrenador trabaja precisamente dentro de esa distancia.
Una investigación de Knight y Nicholas Holt sobre la participación de los padres en el tenis juvenil encontró que los objetivos compartidos y comunicados sostenían una participación parental más adecuada. También identificó la importancia de mantener coherencia entre esos objetivos, el clima emocional y las prácticas concretas de los adultos. Era un estudio realizado en tenis y no una regla automática para todos los deportes, pero ofrece una idea trasladable: resulta difícil apoyar un proceso que nunca nos han explicado. Consultar el estudio sobre participación parental.
Quizá antes de reforzar en casa lo que creemos que nuestro hijo necesita, convenga preguntar:
¿Qué está trabajando el equipo en este momento?
La respuesta puede evitar que una práctica bien intencionada se convierta en un programa paralelo de entrenamiento.
Cómo apoyar a un hijo sin convertirse en su segundo entrenador
Dejar la dirección técnica en manos del entrenador no equivale a desentendernos.
Podemos interesarnos por lo que está aprendiendo, ayudarle a practicar cuando él lo desea y ofrecer observaciones. La diferencia aparece cuando nuestra intervención compite con las instrucciones del equipo.
Si advertimos esa contradicción, podemos actuar de esta manera:
1. Sacar al niño del conflicto
No tendría sentido pedirle que decida cuál indicación era la correcta. Durante el partido debe seguir el criterio de su entrenadora.
Si nuestro comentario contradijo esa instrucción, corresponde reconocerlo con claridad. No necesitamos defender nuestro conocimiento deportivo frente a un niño de siete años.
2. Preguntar antes de añadir otra corrección
En lugar de comenzar con lo que vimos, podemos preguntar:
- “¿Qué te pidió tu entrenadora?”
- “¿Qué están practicando en defensa?”
- “¿Qué debes hacer cuando el jugador con el balón se acerca a tu zona?”
- “¿Hay algo que quieras practicar conmigo?”
Estas preguntas nos permiten entender el punto del proceso en el que se encuentra.
3. Hablar con el entrenador fuera de la competencia
Si queremos comprender una decisión, podemos acercarnos en un momento adecuado y preguntar cuál es el objetivo que está trabajando con nuestro hijo.
No se trata de presentar una apelación táctica después de cada partido. Se trata de obtener la información necesaria para que el apoyo en casa no avance en dirección contraria.
4. Practicar dentro de un objetivo compartido
Podemos ayudar con coordinación, manejo del balón, tiros o desplazamientos, pero conviene saber si aquello coincide con las prioridades actuales del equipo.
La práctica en casa funciona mejor como refuerzo que como un segundo sistema de juego.
5. Reservar la intervención directa para lo que sí nos corresponde
Respetar la autoridad técnica del entrenador no exige guardar silencio ante una humillación, una práctica insegura, una lesión ignorada, discriminación, maltrato o un problema persistente que afecte el bienestar del niño.
En esas situaciones, nuestro papel como padres tiene prioridad.
La distinción es importante: no es lo mismo estar en desacuerdo con una asignación defensiva que observar una conducta que puede hacerle daño.
Las instituciones también educan a las familias
Es frecuente que los clubes, colegios y academias expliquen horarios, uniformes, formas de pago y fechas de competencia.
No siempre explican con la misma claridad su proyecto deportivo.
¿Qué significa progresar dentro del equipo?
¿Cómo se decide el tiempo de juego?
¿Qué esperan de los padres durante los partidos?
¿Quién debe ofrecer las correcciones técnicas?
¿Cómo podemos apoyar desde casa?
¿A quién debemos acudir cuando tenemos una inquietud?
Cuando esas preguntas quedan sin respuesta, las familias llenamos los espacios con nuestra experiencia, nuestras expectativas y, ocasionalmente, con algún video que vimos en Instagram cinco minutos antes de salir al entrenamiento.
El Hospital Sant Joan de Déu describe como “entrenador auxiliar” al padre o la madre que conoce el deporte, pero contradice las instrucciones del entrenador y puede terminar desorganizando el juego del equipo. Entre sus recomendaciones se encuentra respetar el papel del entrenador sin abandonar el interés por la experiencia deportiva del hijo. Consultar las recomendaciones para familias.
Reducir el problema a “los padres deben comportarse” sería insuficiente.
Las instituciones también tienen la responsabilidad de explicar qué clase de experiencia desean construir y qué lugar ocupan las familias dentro de ella. Un código de gradas no debería aparecer solamente cuando alguien pierde el control. Una conversación al inicio de la temporada puede prevenir muchas de las contradicciones que después terminan recayendo sobre los niños.
Un mapa de coherencia entre familia, entrenador e institución
No necesitamos estar de acuerdo en cada decisión. Sí necesitamos reconocer nuestras responsabilidades.
| Entorno | Responsabilidad principal | Pregunta que conviene responder |
|---|---|---|
| Familia | Dar apoyo, significado y estabilidad a la experiencia | ¿Qué queremos que nuestro hijo aprenda del deporte? |
| Entrenador | Enseñar, dirigir y ofrecer retroalimentación técnica | ¿Qué está trabajando el niño y cómo podemos reforzarlo? |
| Institución | Definir la filosofía, las condiciones y los canales de comunicación | ¿Qué experiencia deportiva promete y cómo involucra a las familias? |
Antes de una temporada —o cuando aparecen mensajes contradictorios— podemos revisar juntos seis acuerdos:
- Qué significa progresar. No todos los avances aparecerán en el marcador.
- Quién ofrece las instrucciones técnicas durante el juego. El niño necesita una referencia clara.
- Qué pueden reforzar los padres en casa. Interés, hábitos y práctica pueden alinearse con el proceso.
- Cómo se expresa un desacuerdo. Conviene hablar entre adultos y fuera de la competencia.
- Qué conductas requieren intervención. La seguridad, el respeto y el bienestar no son negociables.
- Qué espacio tiene el niño para hablar. Su experiencia no puede quedar fuera del acuerdo.
La coherencia no significa que familia, entrenador e institución piensen exactamente igual.
Significa que el niño no tenga que cargar con nuestras diferencias.
El que necesitaba cambiar de posición era yo
La indicación que recibió mi hijo tenía sentido.
Permanecer en una posición defensiva no era una limitación definitiva. Era una referencia inicial desde la cual, con entrenamiento y experiencia, podría aprender a moverse con mayor libertad.
Mi consejo también podía formar parte de ese aprendizaje, pero no tenía que aparecer durante el partido ni competir con la voz de su entrenadora.
Acompañar su desarrollo quizá consiste también en aceptar que no me corresponde adelantar cada descubrimiento.
Puedo conocer el deporte y, aun así, ceder la dirección del juego.
Puedo tener una observación válida y esperar el momento adecuado para compartirla.
Puedo preguntar antes de corregir.
Puedo confiar en la entrenadora sin renunciar a mi responsabilidad como papá.
Ese día, mi hijo estaba convencido de haber ocupado correctamente su lugar.
Y tenía razón.
El que necesitaba aprender a cambiar de posición era yo.

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