Primero lo jalaba yo

7–10 minutos
Papá e hijo avanzan en bicicleta de montaña durante una rodada.

Lo que el MTB me está enseñando sobre acompañar a mi hijo cuando empieza a dejarnos atrás

Desde que mi hijo tuvo edad suficiente para andar conmigo en bicicleta de montaña, tuve que ponerme las pilas al doble.

No bastaba con tener listas las bicicletas o conseguir el equipo necesario para las rodadas. Yo también necesitaba condición suficiente para evitar que él, los demás niños y sus papás me dejaran demasiado atrás. Así que empecé a ejercitarme en bicicleta fija dos o tres veces por semana.

Al principio funcionó.

Además de mantenerme cerca del grupo, todavía me quedaba suficiente aliento para ayudar a mi hijo a cargar su bici en algunas subidas donde se quedaba atorado. De hecho, compré un cable de remolque y, cuando el terreno le permitía a mis piernas atreverse, lo sujetaba a mi bicicleta y lo jalaba pedaleando durante un tramo.

La escena correspondía bastante bien con la imagen que yo solía tener de mí mismo como papá: yo iba adelante, él venía detrás y, si sus fuerzas no alcanzaban, podía prestarle un poco de las mías.

Hasta que el alumno superó al maestro.

El rey de las subidas

A casi dos años de aquellas primeras rodadas de fin de semana, mi hijo se ha convertido en el “rey de las subidas”.

Su bicicleta tiene una rodada mucho menor que la mía y un rango de velocidades más limitado. En el papel, yo debería conservar cierta ventaja —porque además sigo “haciendo la trampa” de practicar bici fija entre semana. La montaña, sin embargo, no parece demasiado interesada en las especificaciones técnicas.

Él sube con una fuerza que cada vez necesita menos explicaciones. Enfrenta pendientes que antes requerían el cable y avanza a un ritmo que me obliga a administrar mejor el mío. Empiezo a vislumbrar un futuro no muy lejano en el que tendré que optar por una e-bike si quiero evitar que me dé una arrastrada cuesta arriba.

La posibilidad me causa gracia, pero también revela algo que no estaba contemplado cuando comencé a entrenar. Mi objetivo era estar en condiciones de acompañarlo. En mi imaginación, acompañarlo todavía significaba conservar la capacidad de ayudarlo: mantenerme cerca, resolver una dificultad y jalar cuando fuera necesario.

No había considerado que su crecimiento también podía transformar el sentido de la palabra.

El MTB no es la única actividad deportiva en la que me involucro con él. Cuando jugamos retas de básquetbol aprovecho para mejorar su técnica de bote o tiro y, los días en que no tiene clase de natación, entro con él al carril para ayudarlo a perfeccionar su estilo. En ambos casos compartimos el esfuerzo y el gusto por movernos.

La montaña añade algo distinto. No sólo hacemos una actividad juntos: avanzamos por un terreno que puede ponernos a prueba a los dos. Mi experiencia, mi bicicleta y mi condición física pueden ayudar, pero no me colocan fuera del alcance del cansancio, del miedo o de una caída.

Ahí no soy únicamente el adulto que observa cómo su hijo aprende. Yo también estoy intentando mantener el equilibrio.

Una vulnerabilidad en doble medida

Si en las subidas comienzo a sentirme vulnerable porque él ya puede dejarme atrás, en los descensos esa vulnerabilidad siempre ha estado presente y en doble medida.

Ninguno de los dos se distingue por ser especialmente audaz al bajar. Medimos el terreno, reducimos la velocidad y elegimos con más cuidado por dónde pasar. Pero la cautela no elimina todo el riesgo. Como papá, desciendo pensando en dos posibles caídas: la de mi hijo y la su servidor.

Esa segunda posibilidad cambia el acompañamiento.

En otros espacios puedo sentir que mi lugar consiste en protegerlo desde una posición relativamente estable. En la montaña no puedo ofrecerle esa ilusión. Puedo ir cerca, prestar atención y compartir lo que he aprendido, pero también debo ocuparme de mi propia bicicleta y leer el terreno que aparece frente a mí.

No puedo descender por él. Tampoco puedo prometerle que ninguno se va a caer.

El MTB es básicamente un ecosistema construido a base de resiliencia: de ciclistas que ya se cayeron y de los que se van a caer.

No porque caerse sea un requisito que debamos buscar ni una medalla que convenga presumir. Simplemente porque avanzar sobre un terreno irregular implica aceptar que el control nunca será completo. Aprendemos a reconocer una dificultad, a bajarnos de la bicicleta cuando hace falta y a volver a intentarlo después de un susto. Algunas veces avanzamos sobre las ruedas; otras, caminando junto a ellas.

Como papá, eso me coloca en una posición extraña. Quiero que mi hijo desarrolle confianza, pero no que confunda la valentía con lanzarse sin medir las consecuencias. Quiero evitar que se lastime, pero tampoco transmitirle que cualquier posibilidad de caída es una razón suficiente para no intentarlo.

¿Cómo se enseña a convivir con un riesgo que uno tampoco puede dominar por completo?

No estoy seguro de que se enseñe mediante una explicación. Quizá sólo pueda mostrarse compartiendo el camino: deteniéndonos cuando alguno lo necesita, aceptando que no todas las bajadas tienen que recorrerse de la misma manera y entendiendo que la confianza no siempre aparece antes de empezar. A veces se construye unos metros después.

El valor toma otra forma entre amigos

Cuando mi hijo y yo salimos solos, suele medir más sus descensos. Se toma su tiempo y enfrenta la pendiente con una prudencia que reconozco porque probablemente también es mía.

La dinámica cambia cuando rueda con sus amigos.

Si ellos se atreven, él también encuentra un poco más de decisión para intentarlo. No deja de tener miedo ni se convierte de pronto en el más veloz del grupo. Pero ver a otros niños frente al mismo descenso parece acercar la dificultad a una escala distinta. Ya no es sólo una pendiente que un adulto considera posible; es algo que alguien como él acaba de recorrer.

La presión entre iguales suele mencionarse únicamente como una influencia negativa. En la montaña también puede tomar la forma de una confianza prestada: el impulso que aparece cuando otro de sus “bros” le demuestra que el obstáculo quizá no era tan inalcanzable.

Eso no vuelve sencilla mi posición. La presencia de sus amigos puede ayudarlo a perder el miedo una salida a la vez, pero también abre una pregunta que no se resuelve con una regla general: ¿se está atreviendo porque se siente preparado o porque no quiere ser el único que se detenga?

Probablemente ni él podría responderlo siempre.

Lo que sí puedo observar es que su manera de bajar no contradice su fortaleza en las subidas. La completa. Mi hijo está empezando a reconocer que puede ser muy fuerte en una parte del recorrido y más lento en otra; decidido frente al cansancio y cauteloso ante la velocidad; prudente cuando va solo y un poco más aventurado cuando se siente acompañado por sus amigos.

No necesita elegir una sola de esas versiones para definir qué tan buen ciclista es.

Tal vez ése sea uno de los regalos menos evidentes del deporte: ofrecer un terreno concreto donde los niños puedan descubrir sus fortalezas sin que nosotros tengamos que nombrarlas antes. La montaña no necesita que yo le diga que es fuerte en las subidas. Se lo devuelve como experiencia cada vez que llega arriba con energía suficiente para continuar.

Mi papel no consiste en convertir esa fortaleza en una nueva expectativa. Tampoco en recordársela en cada salida para exigirle que la confirme. Basta con permitir que la reconozca como algo suyo, algo que apareció mientras pedaleaba y que quizá seguirá cambiando con él.

«Practicar deporte con un hijo no siempre significa enseñarle o marcarle el paso. Con el tiempo, también puede implicar reconocer sus fortalezas, compartir la vulnerabilidad y aprender a acompañarlo cuando comienza a avanzar por delante.»

Acompañar también desde atrás

Durante mucho tiempo imaginé el acompañamiento como una posición física: el papá va adelante porque conoce el camino, al lado porque protege o detrás porque vigila.

La montaña desordena esas posiciones constantemente.

En una subida, mi hijo puede adelantarse y obligarme a encontrar mi propio ritmo. En un descenso, cualquiera de los dos puede necesitar más tiempo. Entre amigos, quizá prefiera seguir la línea que trazan otros niños en lugar de la que yo habría elegido. Ninguna de esas situaciones significa que haya dejado de acompañarlo.

Sólo significa que acompañar no siempre se parece a dirigir.

El cable de remolque sigue siendo una buena imagen de nuestras primeras salidas. Durante un tiempo, mi condición física y mi bicicleta podían ofrecerle la fuerza que todavía le faltaba. Pero un cable también establece con claridad quién jala y quién es jalado. El crecimiento de un hijo comienza a borrar esa certeza.

Ahora es él quien me obliga a ponerme las pilas. Su avance me recuerda que mi cuerpo también necesita prepararse para seguir compartiendo estas experiencias. No para ganarle ni para preservar indefinidamente el papel del maestro, sino para poder continuar ahí cuando las distancias, las pendientes y nuestras capacidades empiecen a cambiar.

Comencé a entrenar para evitar que mi hijo y los demás me dejaran atrás.

Casi dos años después, empiezo a entender que parte de acompañarlo consiste precisamente en prepararme para ese momento: cuando ya no necesite que lo jale en las subidas, encuentre su propia manera de enfrentar los descensos y sea yo quien tenga que aprender a seguir su rueda.

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