Competir sin dejar a nadie fuera

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9–14 minutos
Dos niños se chocan la mano durante una sustitución en un partido de básquetbol infantil.

Lo que quiero que mi hijo aprenda cuando es quien espera entrar y cuando es quien juega todos los minutos

Mi hijo ha conocido las dos versiones de la banca.

La primera fue verla durante largos periodos.

Cuando comenzó a jugar en una liga de básquetbol, era uno de los niños más pequeños del equipo. Mientras otros jugadores acumulaban minutos, él permanecía fuera de la cancha durante buena parte de los partidos.

Tiempo después ocurrió algo distinto.

En un torneo del deportivo era el único niño del equipo y, además, el principal canastero. Su coach decidió que jugara todos los minutos de los tres partidos.

En algún momento dejó de ser el niño que esperaba entrar y se convirtió en el que parecía no poder salir.

Tres partidos completos. A esa edad, hasta las baterías recargables agradecen una pausa.

Pensé que debían darle un respiro. No solamente por el cansancio, sino por lo que aquella distribución podía comunicarle al resto del equipo: cuando alguien tiene mayores posibilidades de anotar, su participación vale más que la de los demás.

No creo que ésa haya sido la intención del coach. Probablemente quería competir y consideró que mantener a mi hijo en la cancha aumentaba las posibilidades de ganar.

Precisamente ahí aparece la tensión.

¿Cómo enseñamos a nuestros hijos a competir sin que comiencen a pensar que solamente quienes destacan merecen jugar?

¿Cómo ayudamos a quien pasa tiempo en la banca a no sentirse expulsado del deporte?

¿Y cómo educamos al niño que recibe más oportunidades para que no confunda una ventaja deportiva con una categoría superior dentro del equipo?

La inclusión deportiva infantil no consiste en eliminar la competencia ni en fingir que todos rinden igual. Consiste en ofrecer oportunidades reales de aprender, participar y aportar, mientras quienes destacan entienden que su ventaja también puede ayudar a que el equipo incluya, reconozca y haga crecer a los demás.

Yo aprendí a competir desde el lado de la ventaja

Como muchos niños de mi generación, crecí entendiendo el deporte como un espacio para sobresalir.

Practicábamos para ganar partidos, mejorar marcas, ocupar una posición importante y, con un poco de suerte, ser elegidos antes de que sólo quedaran disponibles la portería y el niño que había llevado el balón.

Nunca estuve cerca de convertirme en deportista profesional. Muy lejos, en realidad. Pero mis capacidades atléticas solían estar por encima del promedio.

Eso hizo más sencilla mi relación con el deporte.

Podía correr, lanzar, nadar y adaptarme con relativa facilidad. No tenía que preguntarme con frecuencia si pertenecía a ese espacio. La respuesta llegaba mediante los minutos de juego, las posiciones que me asignaban y el reconocimiento que recibía.

Aprendí a competir desde el lado que suele recompensarnos.

Ahora que acompaño a mi hijo, me doy cuenta de que una educación deportiva también necesita prepararlo para el otro lado.

Habrá equipos en los que destacará y otros en los que tendrá que aprender desde atrás.

Encontrará deportes que parezcan hechos para sus capacidades y otros en los que el resto llevará varios años de ventaja.

Algunas veces será quien anote. Otras será quien espere una oportunidad.

Quiero que pueda permanecer cerca del deporte en ambas situaciones.

La inclusión deportiva no elimina las diferencias

Hablar de inclusión puede producir cierta resistencia cuando también hablamos de competencia.

Parece que incluir significa fingir que todos juegan igual, eliminar las exigencias, repartir reconocimientos sin importar lo ocurrido o pedirle al equipo rival que, por favor, no defienda con demasiado entusiasmo.

No se trata de eso.

En el deporte existen diferencias reales.

Algunos niños corren más rápido. Otros coordinan mejor sus movimientos, comprenden antes una jugada o soportan con mayor facilidad la presión de una competencia.

También existen diferencias de experiencia, maduración, confianza, tamaño y oportunidades previas.

Una cultura inclusiva no necesita negar esas diferencias.

Necesita evitar que se conviertan en una respuesta definitiva sobre quién merece participar.

Competir implica intentar ganar. Durante un partido, queremos anotar más puntos que el otro equipo. Ésa es la lógica del juego y también una parte de su emoción.

Pero en los años formativos existen otros objetivos: aprender, tomar decisiones, construir confianza, relacionarse con compañeros y desarrollar suficientes razones para querer regresar.

La inclusión deportiva consiste en sostener ambas cosas.

Tomar en serio la competencia sin permitir que el rendimiento decida quién tiene derecho a sentirse parte.

Los minutos también transmiten un mensaje

El tiempo de juego no es solamente una decisión táctica.

Para un niño puede convertirse en información sobre el lugar que ocupa dentro del equipo.

Una revisión sobre la distribución de minutos en deportes colectivos advierte que esa decisión puede influir en la motivación y en el entorno psicosocial. También señala que lo considerado “justo” depende del propósito del equipo: no se distribuyen necesariamente los minutos de la misma manera en un programa formativo que en una competencia orientada exclusivamente al rendimiento. Consultar el estudio sobre distribución del tiempo de juego.

No todas las competencias requieren una igualdad matemática. Tampoco creo que debamos cronometrar cada participación desde la grada y presentar una auditoría al terminar el partido.

Pero en un equipo infantil sí debería existir una oportunidad real de jugar, aprender y contribuir.

La Academia Estadounidense de Pediatría señala que, especialmente entre los deportistas menores de doce años, una participación más equitativa puede formar parte de la diversión y ayudar a mantener involucrados a jugadores que todavía están desarrollándose. Consultar el informe sobre deporte organizado infantil y juvenil.

Eso me hizo mirar de otra manera los dos momentos de mi hijo.

Cuando permanecía en la banca por ser uno de los más pequeños, necesitaba oportunidades que le permitieran descubrir lo que podía aportar.

Cuando jugó los tres partidos completos, el resto del equipo necesitaba esas mismas oportunidades.

En un caso, la inclusión consistía en permitirle entrar.

En el otro, también podía consistir en enseñarle a salir.

La ventaja también necesita educación

Cuando un hijo no destaca, solemos preocuparnos por su confianza.

Le recordamos que está aprendiendo, que no debe compararse y que su valor no depende del resultado.

Cuando destaca, la conversación cambia.

Celebramos los puntos, los goles o las victorias. Y está bien hacerlo. El problema aparece cuando dejamos que el éxito hable por sí solo.

Jugar bien no enseña automáticamente a ser buen compañero.

Un niño puede comprender cómo superar a un rival sin aprender todavía cómo hacer espacio para alguien que necesita más tiempo.

Puede interpretar que recibir más minutos confirma que se esforzó, pero también que los demás tienen menos derecho a participar.

Puede acostumbrarse a que el equipo se organice alrededor de sus capacidades y olvidar que ningún compañero quiere asistir únicamente para completar la fotografía.

La inclusión no exige que el niño más hábil se disculpe por jugar bien.

Exige ayudarlo a entender que su capacidad también puede utilizarse para ampliar la participación de otros.

Puede pasar el balón.

Reconocer una buena acción que no terminó en puntos.

Animar al compañero que acaba de entrar.

Dejar que otro intente una jugada.

Descubrir quién defiende bien, quién escucha, quién se coloca correctamente, quién mantiene unido al equipo o quién tuvo el valor de pedir el balón después de haber fallado.

Las fortalezas deportivas no siempre aparecen en el marcador.

Los niños aprenden a identificarlas cuando los adultos también las nombramos.

El niño que excluimos hoy puede ser nuestro hijo mañana

Hay otra razón para enseñar a mi hijo a mirar más allá de la aptitud inmediata.

La posición que ocupa dentro del deporte no será permanente.

Puede ser el canastero de un torneo y el principiante de la siguiente disciplina.

Puede crecer antes que sus compañeros o hacerlo después.

Puede encontrar un entrenador que comprenda sus fortalezas y otro que prefiera características distintas.

Puede lesionarse, perder confianza o descubrir que aquello que antes hacía con facilidad ahora requiere más trabajo.

Si aprende que el deporte pertenece principalmente a quienes destacan, esa idea no solamente afectará la manera en que trate a otros.

También puede volverse contra él.

El niño que hoy aprende a excluir al compañero menos hábil puede excluirse a sí mismo mañana, cuando deje de ser el mejor.

Por eso quiero que él desarrolle una idea más amplia de pertenencia.

Que entienda que mejorar importa, competir importa y esforzarse importa.

Pero que ninguna de esas cosas convierte al deporte en propiedad de quienes progresan más rápido.

La resiliencia no consiste en soportar cualquier entorno

También conviene hacer una distinción.

Quiero que mi hijo pueda atravesar la frustración de no ser titular, de perder un partido o de encontrar a alguien con mayores capacidades.

Eso forma parte del deporte.

Pero no quiero enseñarle que ser resiliente significa aceptar indefinidamente un espacio en el que nunca recibe oportunidades, se le humilla o se le hace sentir prescindible.

Una cosa es aprender a esperar.

Otra es permanecer en un entorno que ya decidió que no vale la pena enseñarte.

Los padres necesitamos observar esa diferencia.

Podemos preguntarle qué está aprendiendo, cómo se siente dentro del equipo y si comprende lo que necesita trabajar para participar más.

También podemos hablar con el entrenador y preguntar cuál es el propósito del tiempo de juego, qué oportunidades tendrá nuestro hijo y cómo podemos apoyar su desarrollo.

La respuesta no siempre será darle más minutos de inmediato.

Pero debería existir una ruta.

La resiliencia necesita desafíos.

No necesita puertas cerradas sin explicación.

Cómo podemos ayudar desde casa

No controlo las alineaciones ni puedo garantizar que todos los entrenadores compartan mi manera de entender el deporte.

Sí puedo cuidar algunas conversaciones.

1. Preguntar por las contribuciones que no aparecen en el marcador

Después de un partido puedo preguntar:

  • “¿Quién ayudó al equipo de una manera que quizá nadie notó?”
  • “¿Quién defendió bien?”
  • “¿Quién hizo un buen pase?”
  • “¿Quién siguió intentando después de equivocarse?”
  • “¿A quién ayudaste tú a participar?”

Estas preguntas amplían la idea de lo que significa jugar bien.

2. Evitar las etiquetas definitivas

“El bueno”, “el maleta”, “el tronco”, “el crack” o “el que siempre falla” parecen descripciones inocentes.

También pueden convertirse en papeles difíciles de abandonar.

Un niño que está aprendiendo no necesita que su equipo le asigne una identidad basada en lo que todavía no domina.

Y el que destaca tampoco necesita cargar con la obligación de resolver cada partido.

3. Enseñar a competir con otros, no a pesar de ellos

La cooperación no debilita la competencia.

Un buen pase, una cobertura defensiva, una pantalla o una palabra de ánimo pueden hacer más fuerte al equipo.

Incluir a un compañero no significa regalarle el partido. Significa ayudarlo a formar parte de la construcción de la jugada.

4. Preguntar también cuando nuestro hijo recibe la ventaja

Es fácil hablar con el entrenador cuando sentimos que nuestro hijo juega poco.

Resulta menos habitual hacerlo cuando juega demasiado.

En aquel torneo, mi pregunta no tenía que ser: “¿Por qué no lo dejas jugar?”

Era exactamente la contraria:

“¿No convendría que descansara para que los demás también tengan minutos?”

Defender una experiencia formativa coherente también implica hacer preguntas cuando la decisión beneficia a nuestro hijo.

5. Hablar del equipo como un lugar compartido

Una revisión y metaanálisis sobre la permanencia en el deporte juvenil encontró que el disfrute, el apoyo de entrenadores, compañeros y padres, la percepción de competencia y la satisfacción de necesidades psicológicas como la pertenencia se relacionan con la intención o la conducta de continuar practicando. Consultar la revisión sobre participación deportiva a largo plazo.

Eso significa que los compañeros también participan en la construcción de la relación que cada niño tendrá con el deporte.

La manera en que reciben a quien está aprendiendo importa.

El pase que deciden darle importa.

La reacción después de su error importa.

No podemos pedirles a los niños que construyan solos una cultura inclusiva. Necesitan entrenadores, instituciones y familias que la practiquen con ellos.

No quiero elegir entre competencia e inclusión

Quiero que mi hijo se esfuerce.

Quiero que intente ganar, que aprenda a tolerar una derrota y que descubra la satisfacción de hacer algo difícil cada vez mejor.

También quiero que entienda que las aptitudes atléticas no lo son todo.

Que pueda reconocer lo que aporta un compañero menos rápido, menos coordinado o con menos experiencia.

Que no utilice su capacidad para cerrar el juego alrededor de sí mismo.

Y que, cuando sea él quien necesite más tiempo para aprender, no interprete esa dificultad como una señal de que el deporte ha dejado de pertenecerle.

La primera vez, mi hijo estaba en la banca esperando una oportunidad.

Tiempo después, era el único que nunca iba a ella.

Las dos escenas me dejaron una responsabilidad parecida.

Quiero que, si algún día mi hijo entra a una cancha siendo el mejor, sepa abrir espacio para los demás.

Y que, cuando entre siendo el que menos sabe, recuerde que la cancha también es para él.

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