Haaland: el ídolo que padres e hijos encontramos juntos

11–16 minutos
Ilustración de Erling Haaland como ídolo futbolístico de niños y adultos

“Esto es lo que la FIFA no mostró durante el segundo gol de Noruega contra Brasil”. Así se llamaba el video.

En la jugada real, Erling Haaland había recibido el balón con una tranquilidad desconcertante antes de marcar. En la versión del meme, la escena se alargaba hasta el absurdo.

Primero, El Androide saca un celular del bolsillo de su short y se toma una selfie. Después, se acomoda en unas sillas junto al área, levanta una taza de una mesita y bebe un sorbo de té o café. Por último, se pasa una plancha de cabello por su característica cola de caballo, la arroja al suelo y, ahora sí, se dispone a rematar.

Mi hijo se carcajeó con cada escena.

Cuando terminó, quiso verlo de nuevo. Y luego otra vez. Después se levantó para representar la selfie, la pausa para beber, la plancha en el cabello y el disparo final.

Durante unos minutos, ya no estaba viendo a Haaland.

Era Haaland.

Días después —y memes aparte—, para el partido de cuartos de final contra Inglaterra, se puso orgulloso su uniforme de Noruega. Pocas veces lo he visto emocionarse así antes de un juego de una selección que no fuera el Tri.

Entonces apareció la pregunta que convierte una afición momentánea en algo un poco más serio:

—¿Dónde le pueden poner el nombre y el número de Haaland con las letras de Noruega?

En ese instante entendí que no estábamos hablando solamente de un delantero extraordinario.

Estábamos viendo nacer a un ídolo.

Y así, de manera natural, caí en cuenta: no era uno de mis ídolos que yo intentaba heredarle. Era uno que estábamos descubriendo juntos.

Los héroes que intentamos heredar

Los padres aficionados al futbol solemos entregarles a nuestros hijos una historia ya escrita.

Les mostramos videos de Maradona esquivando ingleses, de Ronaldo Nazário acelerando frente a defensas que parecen correr en cámara lenta o de Zidane golpeando de volea aquel balón en Glasgow.

Les explicamos por qué Messi era diferente a todos. Por qué Cristiano Ronaldo convirtió la ambición en una forma de vida. Por qué aquel delantero de nuestra infancia era mucho mejor de lo que alcanzan a mostrar las grabaciones borrosas que encontramos en internet.

Lo hacemos con buena intención.

Queremos compartirles una parte de nuestra historia. Que comprendan por qué gritamos determinados goles, por qué guardamos ciertas playeras o por qué podemos recordar la alineación completa de un equipo que jugó hace treinta años, pero no dónde dejamos las llaves del coche.

El problema es que un ídolo heredado nunca se siente exactamente igual.

Nuestros hijos pueden admirar a Maradona porque les contamos lo extraordinario que fue —y claro, porque era el ídolo de su papá. Pueden reconocer la grandeza de Messi después de ver documentales y recopilaciones de sus mejores jugadas. Pueden usar una camiseta retro, aprenderse una celebración antigua o escuchar nuestras historias sobre futbolistas que, para ellos, pertenecen al mismo territorio remoto que los dinosaurios.

Pero no estuvieron ahí.

No sintieron la incertidumbre antes del gol. No esperaron una semana para volver a verlo. No llegaron a la escuela con la urgencia de comentarlo. No tuvieron que defender a ese jugador frente a un amigo que prefería a otro.

Los ídolos deportivos no se construyen solamente con estadísticas, títulos o videos.

También se construyen con presencia.

Con la sensación de que algo está ocurriendo ahora y todavía nadie conoce el final.

Por eso Haaland representa algo diferente.

No es sólo el delantero que nuestros hijos comenzaron a seguir. Es uno de los primeros grandes futbolistas que muchas familias estamos descubriendo al mismo tiempo.

Un personaje que parece inventado por un niño

Si un niño tuviera que imaginar al delantero más poderoso del mundo, probablemente dibujaría algo parecido a Erling Haaland.

Sería enorme. Tendría el cabello largo y rubio. Correría como una máquina. Parecería un vikingo, o un androide. Celebraría algunos goles meditando y sería capaz de atravesar una defensa con la misma facilidad con la que un personaje de caricatura derriba una pared.

Haaland posee algo que no todos los grandes futbolistas tienen: una silueta reconocible. No por nada su bien ganado sobrenombre de «El Androide».

Podemos identificarlo desde el otro extremo de la cancha. Su cuerpo, su manera de correr, sus gestos y su cola de caballo lo convierten en un personaje incluso antes de que alguien pronuncie su nombre.

Los niños suelen acercarse al deporte de esa forma.

Antes de comprender los sistemas tácticos, reconocen peinados, dorsales, botas, festejos y maneras de moverse. Antes de aprender qué es una presión alta, necesitan figuras que puedan dibujar, imitar y convertir en juego.

Por eso el meme funcionó tan bien con mi hijo.

No necesitó entender la fragilidad defensiva de Brasil ni analizar el espacio que Noruega había conseguido generar. La idea era más simple: Haaland tenía tanto tiempo y parecía tan tranquilo que podía tomarse una selfie, beber una taza de café y arreglarse el cabello antes de marcar.

El video exageraba una cualidad real.

Haaland puede hacer que lo extraordinario parezca inevitable.

Y para un niño, la inevitabilidad es una de las formas más puras de la magia.

Pero detrás del personaje hay algo que también atrae a los adultos: los goles, la disciplina, la consistencia y una lectura del área que pocas veces necesita explicación.

Mi hijo puede ver a un superhéroe.

Yo puedo ver a un delantero que sabe exactamente dónde estará el balón dos segundos después.

No lo admiramos necesariamente por las mismas razones.

Y quizá ahí comienza su capacidad para unir generaciones.

El futbolista más sencillo de explicar

El futbol moderno se ha vuelto cada vez más complejo.

Hablamos de estructuras de salida, superioridades posicionales, ocupación racional de espacios, falsos nueves y delanteros que se alejan del área para arrastrar defensas.

En ocasiones, para explicar por qué un jugador es extraordinario, necesitamos detener el video, dibujar flechas y utilizar palabras que difícilmente aparecerían en una conversación familiar.

Haaland puede entenderse en unos cuantos segundos.

Corre hacia la portería.

Encuentra el espacio.

Recibe el balón.

Remata.

Gol.

Eso no significa que su juego sea sencillo. Sus movimientos sin balón, la precisión con la que mide una carrera y su capacidad para aparecer donde un defensa dejó de mirar esconden una enorme comprensión del juego.

Pero su genialidad es visible.

Un niño no necesita revisar una tabla de datos avanzados para comprender qué lo hace especial. Basta con observar cómo deja atrás a un rival, cómo se eleva para cabecear o cómo alcanza un centro que parecía demasiado largo.

Los padres podemos admirar la eficiencia.

Los hijos pueden maravillarse con la potencia.

Ambos podemos levantarnos del sillón cuando el balón entra.

Los grandes ídolos compartidos no necesitan ser admirados de la misma manera. Sólo necesitan producir un momento en el que todos esperemos lo mismo.

El Mundial que lo volvió cercano

Antes de este Mundial, Haaland ya era una superestrella.

Había roto récords, ganado campeonatos y sembrado el terror entre las defensas de la Premier League y la Champions. Su nombre era reconocido en prácticamente cualquier lugar donde se jugara futbol.

Pero le faltaba algo.

Le faltaba un Mundial.

Los clubes construyen prestigio, rivalidades y carreras extraordinarias. Los Mundiales, en cambio, construyen recuerdos familiares.

Son torneos que interrumpen la rutina, modifican horarios y convierten partidos de selecciones que apenas conocemos en acontecimientos capaces de reunirnos frente a una pantalla.

Noruega no disputaba una Copa del Mundo desde 1998. Para Haaland, esta era la oportunidad de llevar todo lo que había hecho en el futbol europeo a un escenario diferente.

Y lo hizo.

Marcó dos goles contra Irak, dos más frente a Senegal, anotó el tanto del triunfo contra Costa de Marfil y consiguió los dos goles con los que Noruega eliminó a Brasil.

Siete goles en cinco partidos.

Sin embargo, el artículo de Oliver Kay en The Athletic permite entender que algo más importante estaba ocurriendo.

Haaland no sólo estaba marcando.

Estaba disfrutando.

Paseó por Nueva York con su pareja, visitó Times Square y Katz’s Deli, se divirtió en unos juegos mecánicos en Texas, apareció con sombrero de vaquero en Dallas y dirigió la hoy tan famosa celebración vikinga en la que jugadores y aficionados noruegos simulaban remar juntos.

En un futbol que suele presentarse como un asunto de máxima seriedad, Haaland y Noruega parecían recordar que un Mundial también puede ser una aventura.

Había presión. Había expectativas. Había una nación esperando.

Pero también había sonrisas.

Ese equilibrio resulta especialmente poderoso para los niños.

Haaland no parecía un ejecutivo administrando su marca personal ni un futbolista aplastado por la obligación de demostrar su grandeza en cada minuto.

Parecía alguien que estaba viviendo algo extraordinario y era capaz de notarlo mientras ocurría.

Quizá por eso mi hijo quiso ponerse la camiseta de Noruega.

No estaba apoyando únicamente a un goleador.

Quería pertenecer a la aventura.

El ídolo que no pertenece por completo a ninguna generación

Durante casi dos décadas, Messi y Cristiano Ronaldo organizaron buena parte de las conversaciones futbolísticas entre padres e hijos.

Muchos adultos jóvenes pudieron ser testigos prácticamente de toda su trayectoria. Nuestros hijos, en cambio, los conocieron cuando ya eran figuras consagradas, rodeadas de títulos, récords, documentales y discusiones interminables sobre quién era mejor.

Haaland pertenece a otro momento.

Los padres podemos comprender la dimensión de lo que está haciendo porque tenemos referencias anteriores. Podemos compararlo con otros delanteros, observar sus movimientos y preguntarnos cuál será su lugar en la historia.

Nuestros hijos pueden vivirlo como presente.

No necesitan aceptar nuestra palabra para admirarlo. Pueden formar su propia opinión. Pueden celebrar sus goles, molestarse cuando falla, preferirlo sobre otros futbolistas y defenderlo en sus conversaciones.

Nosotros tampoco necesitamos fingir indiferencia sólo porque no pertenece a nuestra infancia.

Podemos reconocer algo grande mientras está ocurriendo.

Ésa es una diferencia importante.

Haaland no obliga a padres e hijos a mirar el futbol desde el mismo lugar.

Él puede ver al vikingo de la cola de caballo.

Yo puedo ver al delantero que comienza su carrera hacia el área antes de que el mediocampista levante la cabeza.

Él puede imitar su celebración.

Yo puedo intentar explicarle por qué su desmarque fue más importante que el remate.

Ambos podemos esperar el mismo gol.

No es un ídolo que una generación le entrega a la siguiente.

Es un ídolo que aparece en medio de las dos.

La noche en que no pudo ser el héroe

Contra Inglaterra, Haaland no consiguió marcar.

Noruega fue mejor durante buena parte del partido. Se adelantó en el marcador, controló el mediocampo y limitó las oportunidades inglesas. Pero Inglaterra cortó casi siempre las líneas de pase que buscaban al delantero noruego.

Hubo una jugada (la del meme comentado), con Noruega todavía arriba, en la que Martin Odegaard lanzó a Alexander Sorloth por el costado derecho. Haaland corrió libre por el centro, esperando un pase que lo habría dejado frente a la portería.

El balón nunca llegó.

Haaland señaló el espacio, frustrado.

Inglaterra empató poco después y Jude Bellingham marcó nuevamente durante el tiempo extra. Haaland, exhausto y golpeado en el muslo, terminó sentado en la banca.

Su participación en el Mundial había terminado.

Ésos son los momentos en los que los ídolos se vuelven humanos.

Los niños suelen conocerlos mediante los goles decisivos, las copas levantadas y las imágenes perfectas. Pero el deporte también está hecho de noches en las que el protagonista no puede resolverlo todo.

Haaland había marcado siete goles. Había derrotado a Brasil. Había llevado a Noruega hasta unos cuartos de final mundialistas.

Y aun así, no pudo evitar la eliminación.

Lo más interesante ocurrió después.

Una hora más tarde, salió del vestidor con el cabello recogido, sandalias en los pies y la apariencia de alguien que había vaciado por completo el cuerpo.

Estaba derrotado, pero no destruido.

Describió aquellas seis semanas como la mejor aventura de su vida. Habló del orgullo de haber colocado a Noruega en el mapa. Dijo que el Mundial había cambiado a su país y también lo había cambiado a él.

Reconoció el cansancio, el dolor y la sensación de vacío que aparece cuando algo tan intenso termina.

Pero sonrió.

No necesitó fingir que perder no importaba. Tampoco convirtió la derrota en una tragedia personal.

Entendió que una experiencia no necesita terminar con una victoria para haber valido la pena.

Para un niño, la lección puede ser sencilla: incluso los héroes pierden.

Para un padre, quizá sea más profunda: podemos enseñar a nuestros hijos a valorar el recorrido sin utilizar el resultado final para borrar todo lo anterior.

El riesgo de imponerles nuestros héroes

Los padres podemos ser bastante invasivos con el futbol de nuestros hijos.

Queremos que apoyen al mismo equipo, que comprendan nuestras rivalidades y que admiren a los jugadores que marcaron nuestra vida.

Cuando aparece una nueva estrella, nuestra primera reacción suele ser compararla con el pasado.

“Ronaldo era más completo”.

“Maradona hacía más”.

“Messi resolvía estos partidos”.

Quizá tengamos razón.

Pero no siempre necesitamos demostrarlo.

Cada vez que utilizamos nuestros recuerdos para disminuir la emoción de nuestros hijos, convertimos el futbol en una clase de historia en la que nosotros tenemos todas las respuestas.

Les explicamos qué jugador fue mejor, qué torneo era más difícil y por qué el futbol de antes tenía algo que el actual ha perdido.

Sin darnos cuenta, podemos quitarles la posibilidad de construir sus propios recuerdos.

Haaland no necesita ser mejor que nuestros ídolos para convertirse en uno de los suyos.

Tampoco necesita reemplazar a nadie.

Puede ocupar otro lugar: el del futbolista que apareció cuando padres e hijos ya compartíamos el sillón, la transmisión, los memes y las conversaciones posteriores.

El ídolo que no recibieron como herencia.

El ídolo que encontramos juntos.

La camiseta que guardará la historia

No sé todavía dónde podremos imprimir el nombre y el número de Haaland con la tipografía exacta que utilizó Noruega en este Mundial.

Seguramente encontraremos un lugar.

Y con el tiempo, esa camiseta le quedará pequeña.

Tal vez termine doblada en un cajón, junto a otras prendas que ya no usa. Quizá dentro de algunos años él mismo no recuerde todos los goles de Haaland en el torneo ni pueda reconstruir el camino de Noruega hasta los cuartos de final.

Es posible que olvide el resultado contra Inglaterra.

Pero me gusta pensar que conservará algo.

La imagen del delantero que tenía tanto tiempo antes de marcarle a Brasil que podía tomarse una selfie, beber una taza de café y plancharse el cabello.

Las carcajadas.

Las veces que pidió repetir el video.

La tarde en que representó cada escena en la sala.

La emoción de ponerse el uniforme de Noruega.

La esperanza de que Haaland volviera a marcar.

Y quizá, en algún lugar de ese recuerdo, también aparezca yo, sentado a su lado, descubriendo al mismo futbolista.

Porque los goles pasan.

Los torneos terminan.

Las camisetas dejan de quedarnos.

Los ídolos cambian.

Pero aquello que padres e hijos encontramos juntos tiene un sabor único, una forma particular de quedarse para siempre.

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