7–11 minutos

reading

·

¿Podemos proteger el gusto por el deporte cuando todo alrededor mide resultados?

En Noruega, el disfrute deportivo infantil es una responsabilidad compartida. En México, muchas familias intentamos cuidarlo dentro de entornos que evalúan el progreso desde edades tempranas.

Me importaba que le importara

Mi hijo tenía cuatro años cuando comenzó a practicar natación.

Lo llevamos primero a una alberca y luego a otra, hasta que por fin encontramos una opción para que él, mi esposa y yo pudiéramos acomodar nuestras agendas y nadar en una alberca olímpica. Había que pagar la inscripción de los tres, comprar trajes de baño, reorganizar la rutina y aventarnos un buen rato de traslado. Son pequeños esfuerzos que hacemos porque creemos que valen la pena.

Desde la grada lo veía evolucionar por momentos y quedarse estancado en otros. A veces prestaba más atención a las indicaciones para sus compañeros que a las correcciones dirigidas a él. Cuando llegaban las evaluaciones, no esperaba que nadara a la perfección los estilos aprendidos ni que mostrara un talento fuera de serie. Mi exigencia parecía más razonable:

«Ojalá hoy sí le eche ganas.«

Solo quería ver ímpetu, interés, alguna señal de que la natación comenzaba a importarle. O, siendo más honesto, de que comenzaba a importarle tanto como a mí me importaba que le importara.

Entonces intenté ponerme en sus aletas: ¿por qué tendría que echarle ganas a algo que todavía no sabía si le gustaba? ¿Cómo podía pedirle entusiasmo por una actividad que apenas estaba conociendo?

Los adultos solemos pensar que “echarle ganas” es el requisito mínimo. No le pedimos que gane una competencia ni que nade bien. Solo que escuche, intente el ejercicio completo y aproveche la oportunidad.

Mi hijo apenas estaba aprendiendo a respirar de lado y yo, mentalmente, ya evaluaba su técnica como si tuviera que presentar un informe al Comité Olímpico Mexicano. La paternidad también consiste en adelantarse unos quince capítulos y después fingir que uno siempre estuvo muy tranquilo.

Pero de inmediato también reconocí: quizá las ganas no siempre son el punto de partida. A veces aparecen después de sentirse seguro en el agua, aprender a respirar, cruzar la alberca sin ayuda o descubrir una razón propia para regresar.

Una palabra que llega desde Noruega

Tiempo después encontré una palabra noruega que parecía nombrar aquello que yo no había sabido esperar: Idrettsglede.

La expresión puede traducirse como “alegría del deporte” o “disfrute deportivo”. No es únicamente una consigna para recordarles a los niños que lo importante es divertirse. En Noruega forma parte de una estructura que coloca la participación, la seguridad y el deseo de seguir practicando en el centro del deporte infantil.

La Confederación Noruega de Deportes reconoce derechos específicos para los niños y establece disposiciones sobre competencias, viajes, resultados y premios. El propósito es que puedan aprender, probar, equivocarse y desarrollarse dentro de un entorno seguro. El organismo afirma que nueve de cada diez niños de entre seis y doce años participan en una o más actividades deportivas.

El dato no significa que el modelo sea perfecto. Sí muestra que el disfrute no se deja únicamente en manos de cada familia: clubes, entrenadores y federaciones comparten la responsabilidad de protegerlo.

Eso cambia el lugar desde el que acompaña un padre. Cuando el sistema retrasa ciertas formas de selección y limita la exposición prematura al resultado, la familia no tiene que defender sola el derecho del niño a descubrir qué relación quiere construir con el deporte.

La pregunta no es si podemos copiar a Noruega

Desde México, Idrettsglede puede sonar tan atractivo como lejano. Aquí tampoco existe una sola experiencia deportiva infantil: cambia entre instituciones, entrenadores e incluso barrios de una misma ciudad.

Aun así, hay fricciones que muchos padres reconocemos: inscripciones y uniformes costosos, traslados largos, horarios difíciles, infraestructura desigual y filosofías de entrenamiento muy distintas. También aparecen torneos, pruebas, niveles y selecciones cuando los niños apenas comienzan a entender la actividad.

No se trata de afirmar que México presiona y Noruega acompaña. Hay clubes mexicanos que protegen con enorme cuidado la experiencia infantil y seguramente también existen excesos en el deporte noruego.

La diferencia relevante es otra: en Noruega existen principios nacionales que respaldan al adulto que desea retrasar la presión. Aquí esa decisión puede depender demasiado de cada entrenador, cada institución y cada familia.

No podemos importar el modelo noruego desde casa. Sí podemos preguntarnos qué parte de esa cultura está a nuestro alcance, incluso cuando el entorno sigue midiendo resultados. La respuesta será necesariamente más modesta: no cambiaremos las reglas de una federación desde la grada ni resolveremos la desigualdad de acceso con una conversación al salir de clase. Pero podemos revisar la presión que añadimos nosotros y distinguir entre ofrecer una oportunidad y exigir que esa oportunidad produzca una pasión.

El problema no es querer que avancen

La idea del disfrute puede llevarnos a una conclusión demasiado cómoda: que evaluar es malo y que acompañar bien exige volverse indiferente al progreso.

No lo creo.

Quiero que mi hijo avance. Me emociona verlo cruzar la alberca con más seguridad, coordinar la respiración o terminar un ejercicio que antes interrumpía. Las evaluaciones pueden reconocer el progreso, ordenar aprendizajes y proponer nuevos desafíos.

El problema comienza cuando la evaluación explica todo. Si pasó de nivel, valió la pena. Si no pasó, algo faltó. Si atendió, está comprometido; si se distrajo, no le interesa. Si salió orgulloso, ama la natación; si no, quizá estamos perdiendo el tiempo.

Incluso una frase aparentemente inocente como “échale ganas” puede contener una medida adulta. Nosotros decidimos cómo se ve el esfuerzo y esperamos que el niño lo represente frente a nosotros.

A los cuatro años, mi hijo no estaba rechazando la natación. Tampoco estaba obligado a confirmar que sería su deporte. Apenas estaba reuniendo experiencias para descubrir qué lugar ocuparía el agua en su vida.

El desafío no consiste en dejar de observar el progreso, sino en recordar que avanzar y querer continuar no son la misma cosa. Puedo celebrar una habilidad nueva sin exigir que se convierta en pasión.

Idrettsglede me ayuda a distinguir ambas cosas: acompañar el aprendizaje sin usar el resultado como prueba de que el gusto ya apareció.

Cuando el esfuerzo familiar se convierte en una deuda

En casa, acercar a un hijo al deporte implica tiempo, dinero y energía. La clase empieza antes de entrar al agua: preparar la mochila, revisar los trajes, los lentes y las toallas, salir con anticipación, atravesar el tráfico y reorganizar el día.

Ese esfuerzo puede convertir la actividad del hijo en una inversión emocional.

No hace falta decir: “Con todo lo que gastamos, tienes que pasar de nivel”. La deuda puede aparecer de maneras más discretas: “aprovecha”, “concéntrate”, “por lo menos termina”, “no te detengas tan rápido”.

Son frases comprensibles. Detrás de ellas hay cansancio y una intención legítima de ofrecerles algo bueno. Pero el sacrificio del adulto no convierte automáticamente al niño en responsable de sentir entusiasmo.

Idrettsglede no puede convertirse aquí en una receta importada ni en una acusación contra los padres. Sería injusto pedirle a una familia que reproduzca con voluntad individual lo que en Noruega sostienen reglas, clubes y federaciones.

Sí puede funcionar como una pregunta incómoda: después de hacer todo lo necesario para que nuestro hijo llegue a la clase, ¿podemos aceptar que la relación con el deporte todavía le pertenece a él?

Papá observa desde las gradas a su hijo de cuatro años durante una clase de natación.

Lo que sí puedo cuidar desde la grada

Para fomentar el gusto por el deporte en un niño sin presionarlo, conviene darle tiempo para conocer la actividad, reconocer sus avances sin convertirlos en una obligación y preguntar cómo se sintió antes de evaluar el resultado. El compromiso puede acompañarse; la pasión, en cambio, no se puede exigir.

No puedo eliminar las evaluaciones, cambiar la filosofía del instructor ni impedir las comparaciones entre compañeros. Tampoco puedo garantizar que mi hijo nunca sienta presión.

Sí puedo procurar que la casa no se convierta en una extensión de la evaluación.

He empezado a mirar lo que ocurre alrededor del resultado. Puedo preguntarle cómo se sintió en el agua antes de saber si pasó de nivel, reconocer una mejora sin convertirla en obligación para la siguiente evaluación y aceptar un estancamiento sin fabricar una moraleja.

También intento separar dos cosas que a menudo se mezclan: el compromiso y la pasión.

Al inscribirse en una clase existen acuerdos con el instructor y el grupo: horarios que cumplir y un ciclo que quizá convenga terminar. Pero respetar un compromiso no exige pasión inmediata. Un niño puede practicar y perseverar mientras descubre si desea seguir.

Tal vez practicar Idrettsglede desde casa consista en proteger ese intervalo: acompañar el esfuerzo sin decirle qué debe amar ni cuándo debe empezar a amarlo.

Ese cambio de mirada tampoco exige fingir indiferencia. Puedo emocionarme con sus avances, reconocer su disciplina y animarlo cuando algo se complica. Lo que intento dejar de hacer es utilizar mi entusiasmo como la medida del suyo. Acompañarlo no consiste en sentir menos, sino en recordar que la experiencia ocurre en su cuerpo y a su propio ritmo.

Lo que medimos desde la grada

Pienso en aquellas primeras evaluaciones de natación.

Yo miraba a un niño de cuatro años y esperaba una señal. Quería verlo escuchar con atención, intentar cada ejercicio, avanzar sin detenerse y demostrar que comprendía la importancia de estar ahí. Creía estar pidiendo muy poco: solamente ganas.

Ahora entiendo que también las ganas necesitan condiciones para crecer.

Necesitan sentirse seguros en el agua. Tiempo para coordinar cuerpo y respiración. Instructores que corrijan sin convertir cada error en una prueba. Adultos que acompañen sin exigir una emoción prefabricada. Y la posibilidad de descubrir que ese deporte no era el suyo.

Noruega convirtió parte de esas condiciones en una responsabilidad colectiva. En México, proteger el disfrute todavía puede depender demasiado de cada instructor, cada club, cada escuela y cada familia.

No podremos evitar que todo alrededor mida resultados.

Pero quizá sí podamos procurar que, antes de convertirse en nivel, cronómetro, medalla o promesa de futuro, el deporte siga siendo un lugar al que nuestros hijos quieran volver.

El gusto, cuando llegue, no será el pago por todo lo que hicimos para acercarlos al agua.

Será de ellos.

Comments

Deja un comentario

Descubre más desde Cosas de Papá

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Cosas de Papá

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo