En el medio tiempo también corría el reloj de la infancia

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10–14 minutos
Equipo infantil juega libremente durante el medio tiempo mientras otro practica tiros y un padre observa desde las gradas.

La nueva temporada de basquetbol apenas comenzaba y el equipo de mi hijo todavía buscaba su primera victoria.

Habían perdido el partido inaugural en casa. No fue una de esas derrotas en las que todo sale razonablemente bien excepto el pequeño detalle del marcador. Jugaron mal y dejaron la sensación de que varias cosas necesitaban corregirse.

El segundo partido era de visitantes.

Desde el inicio se notaba una diferencia. El equipo jugaba mejor que la semana anterior. Todavía cometía errores y el rival mantenía la ventaja, pero los niños parecían más atentos y encontraban con mayor facilidad a sus compañeros.

Al llegar al medio tiempo perdían por cuatro o seis puntos. No recuerdo la diferencia exacta, pero sí lo suficiente para saber que el encuentro seguía abierto y que, desde la grada, parecía un buen momento para hacer algo al respecto.

En la otra mitad de la cancha, el equipo rival aprovechaba el descanso para practicar.

Unos jugadores hacían coladas. Otros lanzaban al aro. Había orden, repetición y una intención bastante fácil de reconocer: prepararse para la segunda mitad.

En nuestra canasta ocurría algo diferente.

La coach había dejado que los niños jugaran.

No seguían una fila ni repetían un movimiento. Tampoco parecían estar repasando aquello que había fallado durante los primeros periodos. Se pasaban la pelota, lanzaban y disfrutaban esos minutos con la organización aproximada que puede esperarse de un grupo de niños cuando un adulto les permite decidir qué hacer con un balón.

Por un momento miré las dos canastas y pensé:

¿No deberían estar haciendo lo mismo que el otro equipo?

La diversión y el rendimiento pueden convivir en el deporte infantil. Permitir momentos de juego no elimina la exigencia ni garantiza mejores resultados, pero recuerda que aprender, competir y disfrutar no son objetivos opuestos. El marcador mide el partido; no todo lo que fortalece la experiencia de un niño aparece en él.

El entrenador que aparece en la grada

La comparación resultaba inevitable.

De un lado había un equipo practicando. Del otro, el nuestro parecía haber convertido el medio tiempo en recreo.

Además, veníamos de perder el primer partido. Íbamos abajo en el segundo. No estábamos exactamente en condiciones de comportarnos como si la temporada ya estuviera resuelta y sólo hubiéramos ido a recoger el trofeo.

Mi impulso fue pensar que aquellos minutos podían aprovecharse mejor.

Tal vez convenía practicar las coladas que no habían entrado. Corregir algún movimiento. Calentar los tiros. Repasar posiciones. Hacer cualquiera de esas cosas que, vistas desde la grada, parecen sencillas, urgentes y sorprendentemente obvias para quienes no tendremos que ejecutarlas.

El deporte infantil tiene esa capacidad de despertar conocimientos que algunos papás no sabíamos que poseíamos.

Basta con que nuestros hijos fallen un par de jugadas para que aparezca en nosotros un entrenador asistente que nadie contrató, pero que ya tiene listo el diagnóstico, el ajuste táctico y, si le dan otros cinco minutos, probablemente la lista de convocados.

Yo no estaba dando instrucciones desde la banca ni cuestionando abiertamente a la coach. Sólo estaba observando.

Pero en mi cabeza ya había decidido cuál de los dos equipos estaba utilizando correctamente el descanso.

Una coach que sí sabe exigir

Mi interpretación habría sido más sencilla si la coach fuera indiferente al resultado.

No lo es.

Durante los partidos les exige atención, esfuerzo y orden. Corrige lo que considera necesario y también hace saber a los árbitros cuando no está de acuerdo con una decisión.

Esto último suelen enterarse tanto los árbitros como las primeras filas de las gradas.

No parece dirigir al equipo bajo la teoría de que todos los balones entran si creemos suficientemente en ellos.

Quiere competir.

Por eso me llamó la atención que, en ese momento, no utilizara cada minuto para practicar. Podía haber formado a los niños, indicado una rutina o convertido el descanso en una extensión del entrenamiento.

En cambio, los dejó jugar.

No sé cuál fue su razonamiento. No le pregunté si había tomado una decisión deliberada sobre el desarrollo infantil o si simplemente consideró que los niños necesitaban despejarse antes de regresar al partido.

Atribuirle una filosofía completa a partir de unos minutos sería hacer con ella lo mismo que a veces hacemos con nuestros hijos: completar desde fuera una historia de la que sólo alcanzamos a ver una parte.

Lo que sí podía observar era el contraste.

La misma coach que durante el juego les pedía más estaba permitiendo que durante el descanso no todo tuviera que convertirse en corrección.

¿Cuánto tiempo les queda para jugar así?

Mientras los veía, pensé en algo que no tenía relación directa con la defensa, los tiros o la diferencia en el marcador.

¿Cuánto tiempo les queda de ser niños y tener esa oportunidad?

No me refería a cuánto les falta para dejar el basquetbol. Tampoco a que ese partido fuera una de las últimas ocasiones de su infancia. Todavía son pequeños y, con algo de suerte, tendrán muchos partidos por delante.

Pensaba en algo menos preciso.

En el tiempo durante el cual todavía pueden recibir una pelota, encontrarse con sus amigos debajo de una canasta y convertir unos minutos libres en un juego sin sentir que deben justificar para qué sirvió.

Los adultos solemos observar el tiempo deportivo de los niños como un recurso que necesita aprovecharse.

Si hay cancha, que practiquen.

Si hay entrenador, que aprendan.

Si hay partido, que compitan.

Si hay descanso, que corrijan.

No es una lógica absurda. Las familias organizamos horarios, pagamos inscripciones, hacemos traslados y llegamos con la expectativa razonable de que nuestros hijos desarrollen habilidades.

Pero, cuando cada minuto necesita producir una mejora visible, el deporte puede dejar de ser el lugar donde juegan para convertirse en otro espacio administrado por adultos.

Incluso la diversión comienza a necesitar resultados, indicadores y, con un poco de mala suerte, una junta trimestral para revisar avances.

Los dos relojes del medio tiempo

Aquella tarde parecía que corrían dos relojes al mismo tiempo.

El primero era el del partido.

Marcaba una desventaja pequeña y recordaba que quedaba tiempo para remontar. Bajo ese reloj, practicar tiros y coladas tenía sentido. Cada minuto podía utilizarse para preparar mejor la segunda mitad.

El otro era menos visible.

Era el reloj de la infancia.

No aparecía en el marcador ni sonaría cuando terminara el descanso. Simplemente continuaba avanzando mientras los niños lanzaban, se perseguían y hacían con la pelota algo que quizá no estaba incluido en el plan.

Ese reloj no convertía en innecesario al primero.

Seguía siendo un partido. Había reglas, rivales y un resultado. Los niños debían volver a defender, pasar el balón y tomar decisiones. La competencia también forma parte de aquello que vuelve emocionante al deporte.

Pero durante unos minutos la coach pareció reconocer que ambos relojes podían coexistir.

Podía exigirles cuando regresaran a la cancha sin reclamar también cada segundo de la pausa.

Podía querer que compitieran sin olvidar que todavía estaban aprendiendo por qué valía la pena hacerlo.

El disfrute no es sólo decoración

Un análisis de varios estudios sobre la continuidad en el deporte juvenil encontró una correlación relevante entre el disfrute y la intención de continuar participando. También identificó el apoyo del entrenador, de los padres y de los compañeros entre los factores relacionados con la permanencia deportiva.

El dato no demuestra que unos minutos de juego libre durante el medio tiempo produzcan una remontada. Tampoco indica que los entrenadores deban sustituir las instrucciones por recreos improvisados cada vez que el equipo vaya perdiendo.

Sirve para algo más modesto.

Recordarnos que disfrutar no es un adorno que añadimos después de que los niños aprendieron, compitieron y cumplieron todos los objetivos importantes.

El disfrute también forma parte de las razones por las que desean volver.

En aquella canasta, además, no estaban divirtiéndose al margen del deporte. Seguían lanzando, pasándose el balón y relacionándose con sus compañeros.

No estaban haciendo coladas en fila.

Pero tampoco habían iniciado un club de lectura.

Seguían jugando basquetbol, sólo que durante unos minutos el juego les pertenecía un poco más.

Después jugaron más integrados

El equipo volvió al partido.

Durante la segunda mitad se vio más integrado. Los niños se encontraron mejor, compartieron más la pelota y jugaron de una manera más colectiva que en el primer partido de la temporada.

No sé si regresaron más relajados, con mayor energía o simplemente continuaron construyendo algo que ya había comenzado a notarse desde la primera mitad.

Tampoco puedo asegurar que aquellos minutos libres hayan provocado el cambio.

Ésa sería una conclusión demasiado cómoda.

El juego infantil no suele respetar nuestras necesidades narrativas. A veces un equipo mejora después de una gran indicación técnica. A veces lo hace después de descansar. Otras veces mejora porque por fin entró el tiro que llevaba medio partido negándose a colaborar.

Lo que sí observé fue que jugaron mejor que en el encuentro anterior y que, después del descanso, parecían más conectados entre ellos.

Y remontaron.

El partido se mantuvo cerrado hasta el final y terminamos ganando por dos puntos.

La victoria vuelve más cómoda la reflexión

El desenlace parecía acomodarse perfectamente a una historia tentadora:

La coach los dejó divertirse.

Los niños regresaron más unidos.

El equipo remontó.

La diversión ganó el partido.

Sería un relato muy conveniente. También sería atribuirle al medio tiempo poderes que ni la mejor charla motivacional puede garantizar.

Quizá habrían remontado después de practicar coladas. Tal vez ganaron por una buena defensa, por decisiones acertadas, por errores del rival o por una combinación de cosas que difícilmente cabría en una sola explicación.

El juego libre del descanso no necesita recibir el crédito por la victoria.

De hecho, atribuírsela produciría una contradicción curiosa: terminaríamos defendiendo aquellos minutos porque también resultaron útiles para ganar. Volveríamos a exigirles rendimiento, sólo que ahora disfrazado de espontaneidad.

Entonces la diversión seguiría teniendo que presentar resultados.

Ganar por dos puntos hizo más sencillo mirar hacia atrás y pensar que la coach había tomado una buena decisión.

El marcador la protegió.

Nadie tenía demasiados motivos para reclamar los tiros que no practicaron durante el descanso. El equipo había remontado y el resultado final parecía aprobar todo lo ocurrido antes.

Pero la pregunta más honesta no es si aquellos minutos contribuyeron a la victoria.

Es si yo les habría concedido el mismo valor en caso de que hubieran perdido.

Si el último tiro no hubiera entrado

Si el resultado hubiera sido diferente, quizá habría regresado mentalmente al medio tiempo.

Podría haber pensado que el otro equipo había sido más disciplinado. Que ellos sí habían aprovechado el descanso. Que nosotros habíamos desperdiciado una oportunidad para corregir lo que no estaba funcionando.

Los adultos tenemos cierta facilidad para evaluar retrospectivamente cada decisión según el resultado.

Si ganan, la relajación era confianza.

Si pierden, era falta de concentración.

Si un niño anota, estuvo bien dejarlo intentar.

Si falla, quizá alguien debió corregirlo antes.

El marcador no sólo registra lo que ocurrió. A veces también reorganiza la historia para que todo parezca haber conducido inevitablemente hasta él.

Por eso quiero tratar de recordar aquella escena antes de conocer el final.

Cuando todavía iban perdiendo.

Cuando el otro equipo practicaba.

Cuando nuestros niños jugaban.

Cuando no había una victoria que justificara el descanso.

No todos los minutos tienen que convertirse en entrenamiento

No creo que los entrenadores deban permitir que los niños hagan lo que quieran durante todos los descansos.

Habrá partidos en los que convenga corregir algo. Momentos en que una indicación concreta pueda ayudarlos. Equipos, edades y niveles competitivos con necesidades distintas.

Tampoco creo que pedirles concentración les robe automáticamente la infancia. Aprender a esforzarse, escuchar instrucciones y responder ante una dificultad también forma parte del deporte.

La cuestión no es escoger entre exigir o dejar jugar.

Es evitar que la exigencia ocupe cada espacio disponible.

Un niño puede trabajar una técnica y después inventar un lanzamiento absurdo. Puede escuchar a su coach y también reírse con sus compañeros. Puede querer ganar sin que cada posesión determine el valor de la tarde.

Quizá una de las habilidades más difíciles para quienes acompañamos el deporte infantil sea reconocer cuándo debemos ayudar a construir disciplina y cuándo conviene no intervenir para que el juego conserve algo que les pertenece a los niños.

La coach pareció encontrar ese espacio durante el medio tiempo.

Yo, desde la grada, tardé un poco más en verlo. Por fortuna, mis reflexiones tácticas no contaban como tiempo fuera oficial.

El reloj que siguió corriendo

El partido terminó y el marcador registró una victoria por dos puntos.

Era la primera de la nueva temporada, después de una derrota en casa. Por supuesto que me dio gusto que ganaran. La competencia sería bastante extraña si tuviéramos que fingir que el resultado no nos importa.

Pero la imagen que permaneció conmigo no fue solamente la remontada.

Fue la de dos equipos utilizando el mismo descanso de formas distintas.

En una canasta, unos niños practicaban para volver mejor preparados.

En la otra, nuestros hijos jugaban mientras el partido esperaba.

Quizá pudieron utilizar esos minutos para corregir algo.

Quizá también estaba bien que no todo tuviera que ser corregido.

El acta registró la victoria por dos puntos. No incluyó una casilla para anotar que, durante el medio tiempo, un grupo de niños tuvo permiso de seguir siendo niño.

Las estadísticas avanzadas todavía no llegan tan lejos.

Tal vez sea mejor así.

Al final, el reloj del partido llegó a cero.

El otro siguió avanzando.

Y mientras alguien desarrolla una métrica para calcular el aprovechamiento óptimo de la infancia, quizá podamos dejarles una canasta, una pelota y algunos minutos que no tengan que justificar.

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