El papá que creo ser no siempre es el que percibe mi hijo

8–11 minutos
Ilustración de niño basquetbolista voltea hacia su papá durante un entrenamiento de equipo.

Hay miradas que duran apenas un segundo y, aun así, consiguen dejarnos pensando durante días.

Me ocurrió durante una práctica. Le hice a mi hijo un comentario sobre algo que estaba haciendo. No era necesariamente una corrección ni una instrucción extraordinaria. Fue una de esas observaciones que los papás soltamos desde fuera de la cancha convencidos de que estamos ayudando.

Él ajustó lo que estaba haciendo.

Y después volteó a verme.

Había conseguido corregir el movimiento, pero antes de continuar buscó mi reacción. Como si necesitara confirmar en mi cara que ahora sí estaba bien.

En ese momento entendí algo que no me gustó del todo.

Yo quería que se sintiera satisfecho por haber identificado el problema y encontrar una solución. Quería que pudiera pensar: lo entendí, lo intenté de otra manera y funcionó.

Sin embargo, su mirada parecía estar preguntando algo distinto:

¿Así sí, papá?

No puedo saber con certeza qué pensaba. Una mirada no alcanza para diagnosticar una relación ni para concluir que un niño depende de la aprobación de su padre. Pero sí fue suficiente para obligarme a considerar una posibilidad incómoda:

El papá que yo creía estar siendo quizá no era exactamente el papá que mi hijo estaba recibiendo.

Que un niño busque la reacción de su papá durante una práctica no significa que dependa de su aprobación. Conviene observar si también puede reconocer por sí mismo qué hizo bien, qué aprendió y qué desea cambiar. La aprobación parental puede acompañar ese criterio, pero no debería reemplazarlo.

La intención no llega sola

Es fácil describir nuestras propias intenciones.

Queremos acompañarlos.
Queremos animarlos.
Queremos que disfruten.
Queremos ayudarlos a desarrollar seguridad.

En nuestra versión de los hechos somos papás razonables, serenos y respetuosos de su proceso. Casi podríamos autoentregarnos una medalla por participación equilibrada.

El problema es que nuestros hijos no conviven solamente con nuestras intenciones.

También reciben nuestro tono de voz, la frecuencia de nuestros comentarios, las preguntas que repetimos, las jugadas que celebramos y la cara que ponemos cuando algo no sale como esperábamos.

Podemos decirles que lo importante es divertirse y pasar todo el trayecto de regreso hablando del resultado. Podemos asegurar que no nos interesa si ganan y reaccionar con mucho más entusiasmo ante un gol que ante una buena decisión. Podemos creer que ofrecemos una sugerencia ocasional mientras ellos sienten que están siendo evaluados durante toda la práctica.

Ninguna de estas contradicciones nos convierte automáticamente en malos padres.

Nos convierte en padres cuya intención no siempre coincide con el efecto que producen.

Una revisión sistemática sobre el papel de los padres en la motivación de los deportistas jóvenes encontró que el apoyo a la autonomía, una relación positiva y un ambiente centrado en el aprendizaje, el esfuerzo y el disfrute se relacionan con formas más autónomas de motivación. En cambio, la presión, el control y las expectativas concentradas en el rendimiento se asocian con una motivación más dependiente de factores externos.

Hay un detalle especialmente relevante: gran parte de los estudios analizados recogió la experiencia desde la percepción de los propios deportistas.

No solamente importa lo que los padres creemos que hacemos.

Importa cómo lo viven nuestros hijos.

¿Es normal que mi hijo busque mi aprobación cuando juega?

Mi hijo tiene ocho años.

A esa edad, buscar la reacción de su papá no es algo extraño. Mi reconocimiento todavía ocupa un lugar importante en su mundo y pretender que construya una autonomía emocional completa sería convertir la autonomía en otra exigencia adulta.

Tampoco quiero volverme una estatua en las gradas para evitar influir en él. Acompañar implica responder, celebrar y, a veces, ayudar. Un niño puede voltear simplemente porque quiere compartir un momento con alguien importante para él.

La pregunta no es si me mira.

La pregunta es qué necesita encontrar cuando lo hace.

¿Busca compartir su satisfacción conmigo o necesita mi gesto para saber si tiene derecho a sentirla?

¿Mi aprobación se suma a una evaluación que él ya hizo o la sustituye?

La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia el lugar desde el cual aprende a jugar.

Si cada buena decisión necesita ser certificada desde fuera, el deporte puede convertirse en una sucesión de exámenes breves. Si comienza a reconocer por sí mismo lo que intentó, lo que funcionó y lo que desea cambiar, la cancha también puede ser un espacio para construir criterio propio.

No quiero que deje de buscarme.

Quiero que pueda encontrarse antes de llegar a mí.

Cómo influye lo que celebramos en su motivación

Los papás comunicamos nuestras prioridades incluso cuando no pronunciamos un discurso.

El niño que juega puede aprender rápidamente qué acciones consiguen levantar a su padre del asiento, cuáles reciben una sonrisa y cuáles provocan ese gesto facial que, según nosotros, fue casi imperceptible.

Nosotros pensamos que sólo apretamos un poco la mandíbula.

Ellos cuentan con repetición instantánea.

La investigación sobre motivación deportiva suele distinguir entre un ambiente centrado en la tarea y otro centrado en el resultado.

En el primero, la atención está puesta en aprender, esforzarse, probar soluciones y mejorar. En el segundo, el valor de la experiencia depende más de superar a otros, evitar errores y demostrar capacidad. La revisión citada encontró asociaciones más favorables cuando los padres ayudaban a crear un ambiente orientado al aprendizaje y al disfrute.

Esto no significa que ganar sea irrelevante ni que debamos fingir indiferencia frente al marcador. La competencia forma parte de muchos deportes y también puede resultar emocionante.

La diferencia está en qué termina monopolizando nuestra atención.

Si después de una práctica sólo preguntamos cuántos goles anotó, cuánto tiempo jugó o si fue mejor que sus compañeros, esas preguntas van construyendo una definición de lo que merece ser contado.

También podemos interesarnos por otras cosas:

—¿Qué descubriste hoy?

—¿Hubo algo que al principio no te salía y después entendiste mejor?

—¿Qué decisión te gustó haber tomado?

—¿Qué parte disfrutaste más?

No son preguntas mágicas. Si las hacemos todas seguidas, probablemente terminemos convirtiendo el automóvil en una conferencia de prensa.

Pero pueden abrir un espacio para que el niño encuentre sus propias palabras antes de recibir nuestra evaluación.

Cuando ayudar ocupa demasiado espacio

Hacer comentarios desde fuera de la cancha puede parecernos una forma natural de participar.

Vemos una posibilidad, anticipamos un error o creemos haber descubierto una solución y queremos compartirla inmediatamente. A veces el comentario resulta útil. Otras veces llega antes de que el niño pueda observar, decidir o equivocarse por sí mismo.

Si cada ajuste comienza en la grada, el niño puede aprender a ejecutar indicaciones sin desarrollar la misma capacidad para leer lo que está ocurriendo.

El deporte también se aprende tomando pequeñas decisiones:

mirar,
probar,
equivocarse,
corregir
y descubrir qué cambió.

Cuando intervenimos demasiado pronto, podemos resolverle una jugada mientras le quitamos parte de ese recorrido.

Ese fue el aspecto que reconocí en la mirada de mi hijo. Yo había querido ayudarlo a encontrar una solución, pero quizá también había ocupado el lugar desde el cual debía validarla.

Mi intención era fortalecer su confianza.

El resultado podía estar enseñándole a comprobar primero si yo estaba satisfecho.

Cómo acompañarlo sin dirigir todo el entrenamiento

Después de advertirlo, la solución más tentadora sería imponerme una nueva regla absoluta:

No volveré a decir nada durante una práctica.

Probablemente tampoco funcionaría.

El silencio puede ofrecer espacio, pero también puede sentirse como distancia. Además, hay momentos en que un comentario es bienvenido y situaciones en las que un niño pide ayuda de manera explícita.

Más que desaparecer, puedo aprender a intervenir con mayor intención.

En una práctica, por ejemplo, puedo intentar reservarme las observaciones técnicas y dedicarme a mirar. No como un examen para mi hijo ni como una prueba definitiva sobre nuestra relación. Solamente como una forma de notar cosas que normalmente se pierden mientras preparo mi siguiente comentario.

¿Voltea después de cada acción o sólo en momentos específicos?

¿Busca mi reacción cuando algo le sale bien, cuando se equivoca o en ambos casos?

¿Continúa jugando con tranquilidad si no respondo de inmediato?

¿Soy capaz de disfrutar lo que hace sin sentir que debo mejorarlo?

Después, si surge el momento, puedo preguntarle:

—¿Qué notaste tú en esa jugada?

—¿Cómo supiste que había funcionado?

—¿Hay algo que quieras intentar distinto la próxima vez?

—¿Quieres que te cuente algo que vi?

Esta última pregunta me parece especialmente importante.

Pedir permiso antes de ofrecer una observación no significa renunciar a mi papel de padre. Significa reconocer que la experiencia le pertenece a él y que mi perspectiva puede entrar como una aportación, no siempre como la lectura oficial.

Mi aprobación puede ser compañía, no veredicto

Aprobar no es una mala palabra.

A todos nos gusta que alguien importante reconozca nuestro esfuerzo. El problema aparece cuando esa aprobación se convierte en la única evidencia disponible para decidir si hicimos algo bien.

Quiero que mi hijo pueda disfrutar mi reconocimiento sin tener que depender de él.

Que, después de resolver algo en la cancha, primero pueda sentir la satisfacción de haberlo entendido. Que mi sonrisa llegue después, como una alegría compartida y no como el sello que vuelve válida su experiencia.

Eso también exige revisar la manera en que reacciono ante los errores.

Si mi expresión cambia con cada equivocación, quizá no baste con repetirle que equivocarse es parte del aprendizaje. Necesita comprobar que nuestra relación no se altera según el resultado de la jugada.

Puedo interesarme sin dirigirlo todo.

Puedo celebrar sin apropiarme del logro.

Puedo estar disponible sin convertirme en la voz que necesita escuchar antes que la suya.

El papá que percibe mi hijo

La revisión sobre motivación juvenil reúne estudios con edades, deportes y contextos distintos; gran parte de la evidencia proviene de adolescentes y de países occidentales. No permite tomar una mirada de mi hijo de ocho años y convertirla en una conclusión científica sobre nuestra relación. Los propios autores señalan esas limitaciones.

Pero sí ofrece una lente útil para pensar en aquella escena.

Mi hijo no puede entrar en mi cabeza para conocer mis buenas intenciones. Construye su experiencia con aquello que puede observar: mis palabras, mis silencios, mis gestos y el espacio que dejo para que forme su propio criterio.

Por eso no basta con preguntarme qué clase de papá deseo ser.

También necesito observar qué clase de papá puede estar experimentando él.

Aquella mirada quizá sólo quería compartir conmigo la satisfacción del momento. No tengo forma de saberlo con certeza.

Lo que sí dejó fue una pregunta que ahora me acompaña cuando lo veo jugar:

Cuando mi hijo voltea a buscarme, ¿qué quiero que encuentre en mi cara?

No la confirmación de que finalmente hizo lo que yo esperaba.

No un veredicto sobre el valor de la jugada.

Quiero que encuentre a su papá disfrutando de verlo aprender.

Que mi aprobación sea compañía.

No el requisito para saber que algo le salió bien.

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