Lo que aprendimos jugando bádminton en una cancha que no era de bádminton

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8–12 minutos
Padre e hijo juegan bádminton en una cancha con líneas de distintos colores; junto a la red aparece una pala redonda de pongallo.

Yo quería que mi hijo se animara a tomar clases. Salimos con dos posibles alumnos y una prueba bastante clara de todo lo que todavía no sabíamos.

Mi hijo se mostraba renuente a aprender bádminton por una razón bastante comprensible: no conocía las reglas.

El problema es que, para conocerlas, primero tenía que aceptar sentirse como alguien que todavía no las conocía.

Los principiantes suelen quedar atrapados en esa pequeña contradicción. Quieren entender antes de comenzar, pero el deporte insiste en que muchas cosas sólo se entienden después de comenzar.

Mi intención, por eso, no era explicarle el reglamento completo ni convertirlo en jugador de bádminton antes de que terminara el fin de semana. Quería algo más sencillo: que tuviera la confianza de agarrar una raqueta, seguir el viaje del gallito y descubrir que podía entrar a la cancha sin presentar primero un examen de admisión.

Con un poco de suerte, la experiencia podía entusiasmarlo lo suficiente como para considerar alguna clase durante la semana.

Ése era todo mi plan.

Como suele ocurrir con los planes de los papás, funcionó de una manera que no había contemplado.

¿Qué aporta aprender un deporte desde cero con un hijo?
Aprender un deporte desde cero con tu hijo permite que ambos compartan el lugar de principiantes. El niño comprueba que no conocer las reglas, equivocarse o recibir una corrección no impide participar. El padre acompaña desde la curiosidad y no solamente desde la experiencia o la evaluación.

Una red sospechosamente alta

Un fin de semana, en el deportivo, vimos una cancha desocupada y decidimos aprovecharla.

Las canchas de bádminton del deportivo viven sobre una serie de líneas de distintos colores. Para quien llega por primera vez, antes de golpear el gallito hay que descifrar cuál sirve para singles, cuál para dobles y cuál indica desde dónde sacar.

Una portería de futbol y un aro de básquetbol tienen la cortesía de sugerir, más o menos, qué debe ocurrir. Aquellas líneas se parecían un poco más a un tablero de ajedrez dibujado sobre el piso.

Mientras intentábamos resolverlo, notamos algo más: la red estaba unos centímetros más alta que las de las otras tres canchas.

Nos llamó la atención. Ninguno de los dos tenía las credenciales suficientes para impugnar la instalación, así que seguimos jugando.

Después de todo, mi objetivo no era que reprodujéramos un partido formal. Bastaba con que mi hijo se familiarizara con la raqueta y con el viaje del gallito. Yo tampoco tenía experiencia previa en el deporte, de modo que cualquier intercambio que consiguiéramos sostener ya pertenecía al amplio territorio de “estamos aprendiendo”.

Jugamos alrededor de media hora.

Cuando nos retirábamos, pasamos junto a una de las otras canchas. Una señora que estaba jugando me detuvo.

—Esa cancha es de Pongallo —me dijo.

Le agradecí la aclaración y volteé hacia mi hijo.

—Ya ves, siempre se aprende algo nuevo.

En nuestro caso, habíamos pasado media hora jugando bádminton sobre una cancha de pongallo sin relacionar una cosa con la otra. Una manera bastante eficiente de descubrir cuánto nos faltaba por aprender.

La cancha estaba bien; nosotros éramos quienes no sabíamos

El Pongallo no me era completamente desconocido.

En el deportivo había visto a muchos niños entrenar con esas palas y en las pantallas veo con frecuencia comunicados sobre sus torneos. Sabía que el deporte existía. Lo que no sabía era reconocer su cancha ni distinguir con precisión qué elementos pertenecían a ese juego.

Más tarde confirmé que es un deporte emparentado con el bádminton, practicado y promovido por la YMCA en México, pero jugado con una pala sólida en lugar de una raqueta encordada. En los horarios de la propia YMCA, ambas disciplinas aparecen por separado, aunque en algunas categorías infantiles se programan de manera conjunta.

La red que nos había parecido demasiado alta no estaba mal colocada. Nosotros estábamos usando para jugar bádminton una cancha preparada para otro deporte.

La cancha estaba perfectamente bien.

Nosotros habíamos llegado con el reglamento equivocado, lo cual habría sido menos preocupante si hubiéramos llevado alguno.

Durante media hora interpretamos lo que teníamos enfrente con las pocas referencias disponibles: una red, raquetas, un gallito y suficientes líneas de colores como para admitir varias teorías. Concluimos que aquello debía ser una cancha de bádminton y seguimos adelante.

La señora no me presentó un deporte del que nunca hubiera oído hablar. Me mostró una diferencia más incómoda y más útil: conocer el nombre de algo no significa saber leerlo cuando lo tienes enfrente.

En los otros deportes suelo llegar con ventaja

En la mayoría de los deportes que practica mi hijo, cuento con alguna experiencia previa.

No significa que conozca cada detalle ni que tenga la preparación de un entrenador. Significa que reconozco ciertas posiciones, movimientos y reglas. Puedo anticipar algunas dificultades porque ya pasé por ellas y tengo una idea —correcta o no— de lo que debería ocurrir.

Saber un poco puede ayudarme a acompañarlo. También puede darme opiniones con una velocidad muy superior a la de mis conocimientos.

Cuando él comienza, yo ya tengo referencias.

Cuando él duda, yo suelo tener alguna respuesta disponible.

Cuando él se equivoca, me resulta sencillo mirar el error desde afuera.

Con el bádminton no podía hacerlo.

No conocía con precisión las reglas, la técnica ni las dimensiones de la cancha. La prueba era bastante contundente: ni siquiera había identificado para qué deporte estaba instalada la red.

Por una vez, no podía acompañar a mi hijo desde la ventaja de haber pasado antes por ese aprendizaje. Tampoco podía adelantarle los descubrimientos ni ocupar, sin que nadie me invitara, el puesto de entrenador asistente.

El deporte no me colocaba delante de mi hijo. Me obligaba a aprender cerca de él.

Decir que no pasa nada es distinto a demostrarlo

Podía explicarle a mi hijo que nadie nace conociendo las reglas. Podía decirle que todos somos principiantes alguna vez y que equivocarse forma parte del aprendizaje.

Son ideas razonables. También son frases que los adultos pronunciamos con mucha facilidad, especialmente cuando el error pertenece a otra persona.

Otra cosa es permitir que nuestros hijos nos vean vivirlas.

Aquella tarde fui yo quien recibió la corrección de alguien más. Mi hijo pudo observar si trataba de justificarme, fingía que ya lo sabía o aceptaba la información con naturalidad.

La señora no estaba cuestionando mi autoridad paterna ni solicitando nuestra expulsión del deportivo. Sólo me estaba explicando algo que yo desconocía. No necesitaba presentar alegatos.

Le agradecí y reconocí frente a mi hijo que acabábamos de aprender algo.

Una investigación de Kyla Haimovitz y Carol Dweck encontró que los niños pueden percibir la manera en que sus padres entienden el fracaso y que esas actitudes aparecen en las respuestas de los adultos ante los errores. Los niños no necesariamente adoptan los discursos que sus padres sostienen sobre el aprendizaje; observan comportamientos más visibles, como la importancia que dan al desempeño o a la posibilidad de mejorar.

El estudio no trataba sobre bádminton y no puede decirme qué interpretó mi hijo en aquella cancha. Sí ofrece una idea que vale la pena considerar: nuestros hijos no sólo escuchan lo que pensamos sobre equivocarnos. También ven lo que hacemos cuando nos sucede a nosotros.

La ignorancia dejó de ser solamente suya

Me gustaría pensar que mi comentario aminoró un poco su temor a sentirse ignorante del juego.

No puedo asegurarlo.

Tal vez la intervención de aquella señora fue para él apenas un dato curioso. Quizá le importó más haber pasado media hora jugando conmigo. Incluso es posible que mi frase sonara como una de esas conclusiones que los papás añadimos cuando sentimos que un momento cotidiano merece convertirse en enseñanza.

No necesito atribuirle una revelación que no expresó.

Lo que sí cambió fue la distribución del desconocimiento.

Antes de entrar, mi hijo era el niño que no quería comenzar porque no conocía las reglas. Al salir, ambos sabíamos que yo tampoco conocía bien el juego y que, aunque llevaba tiempo viendo palas de Pongallo y leyendo comunicados sobre sus torneos, no había sabido reconocer la cancha cuando la tenía enfrente.

No saber dejó de parecer una condición que él debía superar para poder participar. Era el punto exacto desde el que los dos habíamos comenzado.

Y no había ocurrido nada grave. Nadie nos había retirado las raquetas ni exigido devolver los treinta minutos de cancha.

El alumno que no estaba contemplado

Yo había llegado con una intención bastante clara: ayudar a que mi hijo perdiera el miedo inicial y, quizá, se entusiasmara con la posibilidad de tomar clases de bádminton durante la semana.

La experiencia produjo un segundo efecto.

Yo también terminé interesado en tomar clases.

No porque aquella media hora revelara un talento oculto. La confusión entre una cancha de bádminton y una de pongallo no permite sostener esa hipótesis con demasiada seriedad.

Me interesó porque aprender el deporte junto a mi hijo cambiaba la invitación.

Ya no era solamente “quiero que pruebes una actividad que podría gustarte”. También podía convertirse en “hay algo que ninguno de los dos sabe y podemos descubrirlo”.

Eso no nos vuelve aprendices idénticos. Yo sigo siendo el adulto, tengo otras experiencias deportivas y puedo buscar información con mayor facilidad. Tampoco significa que avanzaremos al mismo ritmo o que el interés de uno dependerá siempre del otro.

Pero sí suspende, por un momento, la autoridad técnica.

En lugar de ser quien conoce el camino y evalúa cómo lo recorre el niño, el padre también tiene que preguntar, probar y corregir su propia interpretación. La relación deja espacio para algo que no siempre aparece cuando acompañamos desde lo que ya sabemos: la posibilidad de descubrir en paralelo.

Una entrada suficientemente pequeña

Aquella tarde me dejó tres preguntas para la próxima vez que quiera acercar a mi hijo a una actividad desconocida.

La primera es si el objetivo inicial consiste en que lo haga correctamente o en que sienta suficiente confianza para querer regresar.

Nosotros no necesitábamos disputar un partido. Bastaba con agarrar la raqueta y seguir el gallito. Reducir el objetivo no significaba tomar el deporte a la ligera. Significaba construir una entrada posible.

La segunda es si estoy dispuesto a decir “no sé” sin abandonar mi papel de papá.

Puedo buscar información, hacer preguntas o encontrar a alguien que nos enseñe. Acompañar no depende de tener siempre una respuesta inmediata.

La tercera es si puedo dejar de ser evaluador y convertirme también en alumno.

No tiene que ocurrir en cada actividad. Nuestros hijos también necesitan intereses propios y espacios que no compartan con nosotros. Pero cuando ambos sentimos curiosidad, aprender juntos puede ofrecer una relación distinta con el error: ninguno lo contempla exclusivamente desde afuera.

Conviene, además, revisar para qué deporte está preparada la cancha. No es una enseñanza profunda, pero puede ahorrar algunas explicaciones al salir.

Dos posibles alumnos

Mi hijo y yo seguimos sin dominar el bádminton.

Todavía necesitamos conocer mejor las reglas, mejorar nuestros golpes y entender el juego. La media hora en aquella cancha no nos convirtió en jugadores. Ni siquiera nos permitió identificar correctamente el espacio que estábamos utilizando.

Pero la tarde sí consiguió algo.

Yo entré esperando que él adquiriera suficiente confianza para considerar una clase. Salí pensando que yo también quería aprender.

Quizá eso ayude más que cualquier explicación que pudiera darle sobre la importancia de atreverse a comenzar. No porque tenga que seguirme ni porque debamos hacer todo juntos, sino porque la propuesta dejó de señalar únicamente su desconocimiento.

La cancha no era la correcta para jugar bádminton.

Sí fue el lugar donde la invitación cambió de “podrías aprender” a “podríamos aprender”.

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