Una cifra sobre futbolistas profesionales me hizo preguntarme qué ocurre cuando los niños crecen y el deporte deja de parecerse al juego y entonces lo abandonan. Mi hijo tiene ocho años y aún disfruta jugar. Tal vez por eso quiero entender el problema antes de que exista.
Los adolescentes pueden dejar el deporte por una combinación de pérdida de disfrute, poca sensación de progreso, presión social, falta de tiempo, lesiones, escasos minutos de juego o conflictos con entrenadores y compañeros. Dejar una disciplina no siempre significa rechazar el movimiento: algunos jóvenes necesitan otro entorno, otro nivel competitivo o una actividad diferente.
Hace unos días me encontré con una cifra que parecía diseñada para preocupar a cualquier padre con un hijo que practica deporte: en México hay alrededor de 73 futbolistas profesionales por cada millón de habitantes.
Setenta y tres.
El dato tenía todos los elementos necesarios para iniciar una crisis: era preciso, sonaba oficial y yo no sabía exactamente qué significaba.
Mi primera interpretación fue bastante eficiente. Pensé que demostraba las fallas de nuestro sistema para detectar talento y, ya encarrerado, que también revelaba cuántos niños pierden en algún momento el interés por el deporte. Si al final llegan tan pocos, algo debemos estar haciendo mal desde el principio.
Y eso hablando de futbol, el deporte que en México juega con ventaja: estadios, reflectores, televisión y conversación pública. No quise imaginar la aritmética de disciplinas que muchas veces se sostienen con menos canchas, menos ligas y una plataforma armada con cinta adhesiva y buena voluntad.
Había un inconveniente menor: la cifra no decía eso.
El Informe sobre el fútbol profesional de 2023 de la FIFA registró 9,464 jugadores profesionales en México. De hecho, era el país con más futbolistas profesionales en números absolutos entre las asociaciones analizadas. Los 73 por millón aparecen al dividir esa cantidad entre la población mexicana, pero esa operación no mide el interés de los niños, la calidad de la formación ni las razones por las que alguien deja de jugar.
Yo había encontrado una cifra inquietante. La cifra, por su parte, tuvo la descortesía de no demostrar lo que yo quería que demostrara.
Pero la pregunta ya se había quedado.
Mi hijo tiene ocho años. Juega básquetbol y, hasta ahora, no parece enviar señales de que quiera alejarse. Le importa su equipo, disfruta el juego y todavía entra a la cancha sin preguntarse qué porcentaje de empleabilidad ofrece una buena defensa de ayudas.
Todo está bien.
Por eso, naturalmente, ya estoy pensando en cuándo dejará de estarlo.
Los padres tenemos esa capacidad. Podemos mirar a un niño feliz durante un partido e imaginar un problema que quizá ocurra dentro de cinco años. Es nuestra forma de practicar deportes de anticipación sin calentamiento previo.
El último partido casi nunca avisa
Mi relación con el deporte tampoco terminó en una escena memorable.
Jugué básquetbol durante varios años. El juego le dio estructura a una parte de mi vida, me reunió con amigos y mantuvo abierta una versión de mí que existía dentro de una cancha. Después llegaron el trabajo, las responsabilidades, los viajes, la apatía y esa zona de confort que siempre tiene un sillón disponible.
No hubo una lesión definitiva. Nadie colgó mi camiseta del techo de un gimnasio. Tampoco convoqué una conferencia para anunciar que quería pasar más tiempo con mi familia.
Simplemente fui jugando menos.
Luego mucho menos.
Hasta que dejé de hacerlo.
Lo extraño es que mi último partido no sabía que era el último. Yo tampoco. Si lo hubiera sabido, quizá habría mirado un poco más la cancha al salir. O al menos habría recogido la botella de agua que seguramente dejé debajo de una banca.
El deporte no siempre se abandona dando un portazo. A veces se va quedando fuera de la agenda hasta que un día descubrimos que llevamos años hablando de él en pasado.
Quizá por eso me preocupa lo que pueda sucederle a mi hijo. No necesito que llegue al profesionalismo. Tampoco tengo preparada una carpeta con videos para reclutadores universitarios. Lo que no quisiera es que el juego se le borrara sin que pudiera darse cuenta, como me ocurrió a mí.
¿Por qué los adolescentes abandonan el deporte organizado?
Hablar de “abandono deportivo” puede engañarnos porque parece describir una sola decisión: un adolescente se cansa, deja el equipo y elige otra cosa. Expediente cerrado. Las pantallas son declaradas culpables y los adultos podemos regresar tranquilos a mirar las nuestras.
La investigación presenta una historia menos cómoda.
Una revisión sistemática de 43 estudios sobre abandono del deporte organizado encontró cinco grandes grupos de factores: pérdida del disfrute, percepción de poca competencia, presiones sociales, otras prioridades y factores físicos como maduración o lesiones. No aparece un culpable único ni una edad mágica en la que todos deciden que moverse ha pasado de moda.
La Academia Estadounidense de Pediatría también distingue el desgaste extremo de las razones más comunes para dejar una actividad: pérdida de interés, falta de tiempo, atracción por otras cosas, pocos minutos de juego, sensación de no mejorar, lesiones y, en una revelación que debería estremecer algunos planes de entrenamiento, falta de diversión.
Dejar un equipo tampoco significa necesariamente dejar de moverse. Un niño puede abandonar el futbol y descubrir la bicicleta; cansarse de la natación competitiva y seguir nadando; salir de una academia y continuar jugando con amigos. Si sólo contamos inscripciones y uniformes, podríamos confundir el final de una disciplina con el final del deporte.
La pregunta correcta quizá no sea por qué los adolescentes abandonan.
Quizá sea: ¿qué están abandonando exactamente?
Cuando jugar empieza a parecerse a rendir
A los ocho años, el deporte todavía conserva muchas puertas de entrada. Se puede aprender, equivocarse, cambiar de posición y, con algo de suerte, olvidar el marcador antes de llegar al coche.
Conforme los niños crecen, la experiencia puede cambiar. Aumentan los entrenamientos, la competencia por un lugar, las exigencias escolares y la sensación de que el tiempo debe invertirse en aquello para lo que uno parece tener futuro. Algunos equipos seleccionan más. Algunos entrenadores conceden menos margen. Algunos cuerpos cambian antes que otros y alteran, al menos temporalmente, aquello que un niño creía saber hacer bien.
El juego empieza a recibir evaluaciones de desempeño.
No todo eso es malo. Aprender mejor una disciplina exige esfuerzo. Competir implica aceptar que no siempre se gana y que no todos jugarán exactamente lo mismo. La frustración también forma parte de una experiencia valiosa.
El problema aparece cuando el niño deja de encontrar dentro de ese esfuerzo algo que todavía le pertenezca: disfrute, autonomía, progreso, amistad o un desafío que tenga sentido para él.
La presión no necesita llegar gritando desde la grada. Puede usar una voz perfectamente civilizada. Puede preguntar por qué jugó tan pocos minutos, sugerir una práctica adicional o analizar su desempeño durante todo el trayecto de regreso. Todo con amor, por supuesto. El amor también cuenta con un departamento de evaluación continua.
El informe clínico de la Academia de Pediatría señala que la presión de padres, entrenadores o compañeros puede aumentar el riesgo de desgaste, especialmente cuando el éxito se mide por el rendimiento. En cambio, una relación de apoyo, la autonomía y las metas internas funcionan como factores protectores.
Esto no significa que debamos dejar a nuestros hijos en la puerta del gimnasio y desentendernos hasta la graduación. Significa aceptar que nuestra influencia puede ayudar a sostener su relación con el deporte o puede terminar ocupando el lugar de su propia motivación.
Qué podemos cuidar antes de que quieran dejarlo
Si dentro de unos años mi hijo me dijera que ya no quiere jugar, me gusta pensar que reaccionaría con serenidad.
Lo escucharía. Haría preguntas prudentes. Le daría espacio.
Después de un tiempo, conociéndome, probablemente iniciaría una discreta campaña para que retomara alguna actividad. No tendría que ser básquetbol. Podría ser natación, ciclismo, atletismo o un deporte que todavía no conozca y cuyo equipamiento seguramente resulte más caro de lo esperado.
Me preocuparía que dejara de moverse. También que perdiera el gusto por jugar: ese espacio que, visto en retrospectiva, mantiene abierta una puerta hacia la infancia incluso cuando el cuerpo ya empieza a emitir opiniones cada vez que uno se levanta de una silla.
Pero estar preparado no puede significar diseñar desde ahora una estrategia para impedirle renunciar. Tal vez consista en aprender a distinguir entre una pausa y una ruptura; entre cansarse de un equipo y cansarse del deporte; entre atravesar una dificultad y permanecer en un lugar que dejó de hacerle bien.
También implica cuidar algunas cosas desde hoy.
Que el marcador no monopolice nuestras conversaciones. Que pueda jugar sin convertir cada sesión en entrenamiento. Que tenga voz para elegir, cambiar y regresar. Que no confunda nuestro entusiasmo con una deuda. Que su identidad sea más grande que su desempeño. Y que vea en mí algo más convincente que un discurso sobre los beneficios del ejercicio: un adulto que también intenta conservar un lugar para moverse y jugar.
Esto último resulta incómodo porque exige ejemplo. Era más práctico comprarle unos buenos tenis.
Un espacio nuestro
No sé si mi hijo jugará básquetbol durante la adolescencia. No sé si cambiará de deporte, si un entrenador transformará su manera de entenderlo o si un día descubrirá que prefiere dedicar su tiempo a otra cosa.
Tampoco sé cómo reaccionaré cuando la pregunta deje de ser hipotética. Quizá lo escuche con toda la madurez que hoy imagino. Quizá, cinco minutos después, aparezca frente a él con una tabla comparativa de doce disciplinas y sus beneficios cardiovasculares.
Lo que sí sé es qué me gustaría conservar.
Quisiera que el deporte siguiera siendo un espacio nuestro. No necesariamente la misma cancha ni el mismo juego. Un lugar al que podamos regresar para competir, conversar, reírnos y recordar que el cuerpo también guarda historias. Quizá para entonces mis rodillas tengan menos entusiasmo que nosotros. Las rodillas, a diferencia de los hijos, no necesitan llegar a la adolescencia para empezar a cuestionar nuestras decisiones.
No necesito que mi hijo se convierta en uno de esos 73 profesionales por cada millón de habitantes. Ahora sé que aquella cifra nunca habló realmente de él.
Me basta con que el juego no se convierta en algo que sólo recuerde haber disfrutado cuando era niño.
Y si algún día decide dejar el básquetbol, espero tener la paciencia suficiente para preguntarle qué quiere encontrar después, antes de explicarle todo lo que creo que está perdiendo.
Porque tal vez acompañarlo no consista en impedir que abandone un deporte.
Tal vez consista en ayudarlo a no abandonar para siempre la posibilidad de jugar.

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