Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a construir una relación con el deporte que cambie y crezca con ellos
Le pregunté a mi hijo:
—¿Qué es lo que más te gusta de los deportes que practicas?
De la natación, respondió que le gusta flotar y no hundirse.
Del básquetbol, jugar con sus amigos.
Del futbol, retarse a meter gol, porque es algo difícil.
Y de la bicicleta, la recompensa del descenso después de haber pedaleado para subir.
A sus ocho años, él no mencionó la salud cardiovascular, la prevención de enfermedades ni la importancia de conservar la movilidad después de los cincuenta. Tampoco habló del carácter, la disciplina o alguna otra palabra que los adultos solemos colocar sobre el deporte cuando necesitamos justificarlo en una presentación de PowerPoint.
Sus razones eran mucho más concretas y simples.
En el agua encontró la sensación de poder sostenerse.
En el básquetbol, a sus amigos.
En el futbol, un desafío.
En la bicicleta, la promesa de que después de una subida puede venir algo parecido a volar.
Cuatro deportes. Cuatro razones distintas para querer regresar.
Su respuesta me hizo pensar que, si quiero ayudarlo a mantener una relación duradera con el deporte, primero necesito comprender qué relación está construyendo él.
Para ayudar a un hijo a mantener una relación duradera con el deporte, conviene preguntarle qué disfruta, distinguir si pierde interés en la actividad o en su entorno, adaptar la práctica cuando cambian sus necesidades y apoyarse en entrenadores, familias e instituciones. La meta no es que conserve una disciplina para siempre, sino que conozca caminos para seguir o regresar.
El patrón que aprendimos mi papá y yo
Mi papá y yo practicamos varios deportes durante la infancia, la adolescencia y una parte de nuestra juventud.
Entre los dos pasamos por el futbol americano, la natación, el beisbol, el frontón y el básquetbol. Durante varios años, hacer deporte formaba parte de nuestra vida con relativa naturalidad.
Después yo comencé a trabajar.
No recuerdo una ceremonia de despedida ni el día exacto en el que decidimos que el deporte ya no cabía en nuestra agenda. Probablemente porque nunca existió esa decisión.
Simplemente otras cosas comenzaron a ocupar su lugar.
Llegaron los horarios laborales, los traslados, las responsabilidades y esa capacidad adulta de llenar cualquier espacio disponible con algo que parece más urgente.
El deporte dejó de ser una práctica habitual y, años después, regresó principalmente por motivos de salud. El cuerpo, que carece de tacto para enviar recordatorios, terminó avisándonos que quizá convenía recuperar algunas costumbres.
Visto a la distancia, mi papá y yo seguimos un patrón parecido:
Practicamos deporte mientras nuestra etapa de vida parecía diseñada para hacerlo.
Lo dejamos cuando comenzó la vida profesional.
Y volvimos cuando conservar la salud dejó de parecer un beneficio futuro y se convirtió en un asunto bastante más personal.
No considero que nuestra historia sea excepcional. Tampoco pienso que deba interpretarse como un fracaso.
Pero sí me interesa preguntarme si es la única historia posible.
Lo que quiero hacer diferente con mi hijo
Me gustaría que el deporte no fuera para él solamente una etapa de su infancia.
No quiero que dentro de treinta años tenga que recuperarlo como quien encuentra al fondo de un clóset una bicicleta estática que también funciona como perchero.
Quisiera que pueda acompañarlo mientras crece, aunque cambien sus intereses, sus horarios y las razones por las que decide practicarlo.
Eso no significa que deba conservar el mismo deporte.
Sería extraño pedirle a un niño de ocho años que firme un contrato vitalicio con el básquetbol antes de que pueda decidir siquiera qué quiere cenar.
Puede dejar una disciplina y comenzar otra.
Puede pasar de competir a practicar por recreación.
Puede preferir durante un tiempo un deporte de equipo y después buscar uno individual.
Puede reducir la intensidad, hacer una pausa o regresar años más tarde.
La continuidad no siempre consiste en permanecer en el mismo lugar. A veces consiste en conservar suficientes caminos para poder volver.
Por eso mi intención no es elegir el deporte que mi hijo practicará toda su vida.
Es ayudarlo a encontrar suficientes razones para que el deporte siga formando parte de ella.
La permanencia comienza por saber qué quiere conservar
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2022 encontró que el disfrute deportivo estaba fuertemente relacionado con la intención de continuar participando. También identificó la importancia del apoyo de los padres, los entrenadores y los compañeros, además de la percepción de competencia y otras necesidades psicológicas.
Las respuestas de mi hijo contienen varios de esos elementos, aunque él no necesite nombrarlos así.
Cuando dice que le gusta jugar básquetbol con sus amigos, habla de pertenencia.
Cuando quiere meter un gol porque le parece difícil, aparece el desafío.
Cuando disfruta flotar y no hundirse, escucho la satisfacción de descubrir que su cuerpo puede hacer algo que antes no sabía hacer.
Y cuando anticipa el descenso después de una subida, entiende algo que muchos adultos olvidamos frente a la primera pendiente: el esfuerzo puede tener una recompensa que no cabe en una medalla.
Ninguna de esas razones depende exclusivamente del resultado.
Tampoco tiene que durar para siempre.
Quizá dentro de algunos años sus amigos ya no estén en el equipo. Tal vez meter un gol deje de representar el mismo desafío o encuentre otra actividad que le produzca una sensación parecida a bajar una montaña.
Por eso la pregunta no puede hacerse una sola vez.
¿Qué es lo que más te gusta de este deporte?
Conviene volver a ella conforme el niño crece, especialmente cuando comienza a perder interés.
La respuesta puede ayudarnos a distinguir entre dos situaciones que desde afuera parecen iguales: que haya dejado de gustarle el deporte o que haya desaparecido aquello que le gustaba de practicarlo.
La voluntad familiar no resuelve todos los obstáculos
Hasta aquí, la misión parece relativamente sencilla: escuchar al niño, comprender sus motivaciones y ofrecerle apoyo.
Después aparece la agenda familiar.
Un entrenamiento puede durar una hora, pero llegar hasta él, esperar y volver a casa convierte esa hora en una operación logística que compite con el trabajo, la escuela, las tareas, la cena y el pequeño detalle de que la familia también necesita dormir.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024, la población ocupada subordinada que trabajaba presencialmente dedicaba en promedio 52.7 horas semanales al trabajo para el mercado, incluidos los traslados.
El MOPRADEF 2025 también encontró que el cansancio o la falta de tiempo por trabajo o estudio fue la principal razón de abandono o inactividad física, mencionada en 32.2 % de los casos. Aunque el dato abarca a la población desde los 12 años y no mide específicamente el acompañamiento de los padres, muestra el peso que el tiempo disponible tiene sobre la posibilidad de practicar deporte.
A eso se suma el acceso.
No todas las comunidades cuentan con instalaciones cercanas, programas constantes o entrenadores preparados. El diagnóstico de la CONADE para 2025-2030 reconoce desigualdades en el acceso a espacios deportivos, diferencias importantes entre zonas urbanas y rurales, distancias respecto de los centros de práctica y una oferta desigual de personal capacitado.
Cuando las opciones públicas son insuficientes, las familias suelen recurrir a clubes, ligas o academias privadas. Entonces aparecen la inscripción, la mensualidad, el uniforme, el equipo, los torneos y los traslados.
El problema no siempre es que un papá no comprenda la importancia del deporte.
A veces la comprende perfectamente mientras calcula si puede pagarla y llegar a tiempo.
Por eso sería injusto convertir la participación deportiva de los hijos en otra medida de desempeño parental.
No todos los padres podemos acompañar de la misma manera. Tampoco contamos con los mismos horarios, recursos, instalaciones o redes de apoyo.
La intención importa.
Pero necesita condiciones para volverse sostenible.
Ningún papá es un ecosistema deportivo
Durante mucho tiempo imaginé el involucramiento como una relación directa entre mi hijo y yo.
Yo debía interesarme, llevarlo, animarlo, observarlo y ayudarlo a resolver lo que fuera apareciendo.
Todo eso sigue siendo importante.
Pero ningún padre puede ocupar al mismo tiempo el lugar de entrenador, compañero, chofer, administrador de la liga, especialista en desarrollo infantil y responsable de que la cancha pública tenga iluminación.
La experiencia deportiva de un niño depende de un ecosistema.
Ahí están los entrenadores, que conocen el proceso técnico y pueden explicar qué se está trabajando.
Están los compañeros, que muchas veces representan la principal razón para asistir.
Están los otros padres, con quienes podemos compartir información, traslados, inquietudes y soluciones.
También participan la escuela, los clubes, las academias, las autoridades, los espacios comunitarios y los familiares que pueden ayudarnos a sostener una rutina.
Echar mano de esa red no significa desentendernos.
Significa reconocer que una experiencia duradera necesita más de una persona sosteniéndola.
Un padre puede no estar presente en todos los entrenamientos y seguir involucrado.
Puede conocer al entrenador, preguntar por el proceso, organizar un traslado con otra familia, practicar durante el fin de semana, escuchar lo que ocurrió o ayudar a su hijo a entender por qué algo que antes disfrutaba ya no se siente igual.
La presencia no debería medirse solamente en horas junto a la cancha.
También se expresa en la atención que prestamos, las preguntas que hacemos y la disposición para coordinar con otros adultos sin convertir al niño en el gerente de su propia trayectoria deportiva.
Preguntas para acompañar una relación que cambia
No existe una fórmula que garantice que un niño practicará deporte durante toda su vida.
Sí podemos prestar atención a las condiciones que favorecen o dificultan su deseo de continuar.
Estas preguntas pueden ayudarnos:
¿Qué disfruta en este momento?
No lo que debería disfrutar ni lo que a nosotros nos gustaba a su edad.
Lo que encuentra hoy en esa actividad.
¿Está perdiendo interés en el deporte o en el entorno?
A veces el problema no es la disciplina. Puede ser el horario, el entrenador, la presión, la convivencia, la falta de participación o la sensación de no estar progresando.
¿Qué obstáculo podemos modificar?
Quizá sea posible cambiar de equipo, reducir la frecuencia, compartir un traslado, buscar una opción más cercana o practicar temporalmente de otra manera.
No todo problema exige abandonar. Tampoco todo abandono debe evitarse.
¿Quiénes forman parte de su ecosistema?
Conviene saber con quién podemos hablar, qué espera el entrenador, qué ofrecen la escuela y la institución, y qué otras familias enfrentan dificultades parecidas.
¿Nuestra forma de ayudar protege sus razones para volver?
Podemos pagar una inscripción, resolver cada traslado y estar presentes en todos los partidos. Aun así, nuestros comentarios pueden desplazar el disfrute si sólo hablamos del resultado, del esfuerzo que “faltó” o de lo que debería corregir.
También podemos disponer de menos tiempo del que quisiéramos y conservar una conversación capaz de hacerle sentir que su experiencia nos importa.
El ejemplo que damos cuando también seguimos practicando
Hay otra parte de esta misión que no depende de lo que le diga a mi hijo.
Si quiero que vea el deporte como parte de la vida adulta, necesita encontrarlo también en la vida de los adultos que lo rodean.
No necesariamente en forma de competencias, entrenamientos exhaustivos o fotografías tomadas antes del amanecer con una frase sobre disciplina.
Puede verlo cuando hacemos espacio para movernos, cuando regresamos después de una pausa, cuando aprendemos una actividad nueva o cuando adaptamos nuestra práctica a lo que el cuerpo y el tiempo permiten.
Mi regreso al deporte comenzó, en buena medida, por salud.
Eso no invalida lo que vino después.
Ahora puedo intentar que deje de ser solamente una medida correctiva y vuelva a convertirse en una fuente de disfrute, desafío y tiempo compartido.
Quizá romper el patrón familiar no consista únicamente en evitar que mi hijo abandone el deporte.
También puede significar que él vea cómo intento integrarlo a mi vida adulta de una manera que mi papá y yo no siempre supimos conservar.
El propósito que quiero para Cosas de Papá
Éste es también el territorio que quiero construir con Cosas de Papá.
No pretendo explicar a otros padres cómo fabricar campeones ni prometer que el deporte resolverá todos los desafíos de la crianza.
Quiero buscar, poner a prueba y compartir herramientas que nos ayuden a acompañar mejor el disfrute, el desarrollo y la participación deportiva de nuestros hijos.
Herramientas para escuchar lo que les gusta.
Para comprender las etapas por las que atraviesan.
Para colaborar con entrenadores e instituciones.
Para reconocer la diferencia entre apoyar y presionar.
Para encontrar alternativas cuando cambian sus intereses o cuando el tiempo, el dinero y la infraestructura complican la continuidad.
Y para recordar que el deporte de un niño no se sostiene únicamente con la voluntad de una familia. Necesita una comunidad capaz de hacerle un lugar.
Cosas de Papá parte de una relación entre un padre y su hijo, pero no termina ahí.
Puede convertirse en un puente entre las familias y el ecosistema deportivo que las rodea.
Una pregunta que tendremos que repetir
Hoy sé que mi hijo encuentra algo distinto en cada deporte.
En la natación, la posibilidad de flotar.
En el básquetbol, a sus amigos.
En el futbol, un reto difícil.
En la bicicleta, el descenso que espera después de subir.
Mañana sus respuestas pueden ser otras.
Mi tarea no es conservarlas intactas ni decidir cuáles son suficientemente importantes.
Es seguir preguntando.
No sé qué deporte practicará cuando sea adulto. Tampoco puedo asegurar que nunca se alejará de ellos.
Lo que sí puedo intentar es que, cuando sus intereses y su vida cambien, encuentre personas, espacios y razones que le permitan adaptar esa relación en vez de perderla.
Quiero que el deporte no sea solamente algo que recuerde haber hecho durante su infancia.
Quiero que sea un lugar al que sepa que puede volver.

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