¿Cuenta como lectura si habla de deportes?

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8–12 minutos
Padre e hijo leen juntos un almanaque de futbol del que emergen una cancha, jugadores y elementos de un torneo.

Antes de la Copa del Mundo decidí prepararme como se preparan los profesionales.

Los futbolistas se concentran, estudian al rival y practican movimientos. Yo compré libros.

Muchos libros.

Quería disfrutar el Mundial con algo más que mi colección habitual de opiniones sobre alineaciones, planteamientos tácticos y decisiones arbitrales. Buscaba entender mejor el fenómeno cultural que representa el futbol: todo lo que ocurre alrededor de la cancha antes, durante y después de los noventa minutos.

Así llegaron a casa Dios es redondo, de Juan Villoro; El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano; Fútbol contra el enemigo, de Simon Kuper; Apuntes de futbol, de Jorge Valdano, y Fiebre en las gradas, de Nick Hornby, entre otros.

Si no iba a convertirme en un verdadero conocedor del juego, al menos podría citar a un escritor cuando alguien sólo hubiera preguntado si fue penal.

También compré algunos libros para compartir con mi hijo.

Pensé que su naciente interés por el futbol podía convertirse en una puerta hacia la lectura. Elegí La cancha de los deseos, de Juan Villoro, y Puro futbol, una antología ilustrada de textos de Eduardo Galeano.

Los dos hablaban de algo que comenzaba a gustarle.

Tenían jugadores, balones, estadios e historias.

El plan parecía tener todo lo necesario para funcionar.

Excepto, como descubriría muy pronto, sus ganas.

El balón en la portada no hizo el trabajo

Intentamos leer juntos.

Después de unas cuantas líneas, mi hijo perdía el interés. Algunas veces bostezaba.

Un bostezo infantil es quizá la reseña literaria más honesta que puede recibir un libro.

Yo intentaba seguir. Le pedía que leyera un poco más, lo ayudaba con alguna palabra y esperaba que, en algún momento, la historia consiguiera atraparlo.

No ocurrió.

Al principio me preocupó que no le interesaran los libros que había elegido. Después comencé a preocuparme por otra cosa.

Su lectura en voz alta, no era tan fluida como yo esperaba para su edad. Se seguía deteniendo frente a algunas palabras, regresaba a otras y perdía el ritmo de las frases.

De pronto dejé de preguntarme si el libro le gustaba y empecé a preguntarme si estaba comprendiendo.

¿La temática era la equivocada?

¿Los textos todavía resultaban demasiado complejos?

¿Había elegido los libros pensando más en el lector que yo quería formar que en el niño que tenía sentado junto a mí?

¿O estaba confundiendo la manera en que sonaba su lectura con lo que alcanzaba a entender?

Me convertí en una especie de VAR de las palabras: revisaba cada pausa, cada repetición y cada tropiezo como si alguno pudiera ofrecerme la evidencia definitiva.

Sólo que aprender a leer no parece admitir decisiones tan claras como un fuera de lugar.

Quizá no era el libro. Quizá tampoco era el momento

Había supuesto que el interés por el deporte se trasladaría automáticamente hacia cualquier texto que hablara de él.

Balón en la portada.

Jugador en la historia.

Niño interesado.

Caso resuelto.

Pero compartir una temática no garantiza que dos experiencias produzcan la misma curiosidad.

A mi hijo podía interesarle jugar futbol, ver un partido o conocer a ciertos jugadores sin que necesariamente quisiera leer en ese momento una narración relacionada con ellos.

También es posible que yo estuviera intentando adelantar una conexión.

Había armado mi biblioteca antes del Mundial porque quería llegar al torneo con más herramientas para interpretarlo. Mi hijo apenas estaba comenzando a construir su propia relación con el futbol. Yo quería ofrecerle los libros que podían acompañarla antes de saber exactamente qué parte del juego despertaría su curiosidad.

Los libros no estaban equivocados.

Él tampoco.

Quizá mi calendario editorial familiar tenía un pequeño problema de oportunidad.

Tres meses después, él eligió el libro

Han pasado apenas tres meses desde que terminó la Copa del Mundo.

Hace poco, mi hijo quiso que retomáramos la lectura.

Esta vez eligió un libro distinto «Peloti y el Mundial: Una guía cultural para entender el juego»: una especie de almanaque lúdico sobre el torneo que acabábamos de vivir.

No era una promesa mía.

No formaba parte de una estrategia para fomentar el hábito lector.

Él quería abrirlo.

La diferencia parecía pequeña, pero cambiaba por completo la escena.

El Mundial ya no era algo que yo intentaba presentarle mediante un libro. Era una experiencia que podía reconocer: selecciones que había visto, jugadores que recordaba, resultados, historias y momentos que ahora aparecían organizados en las páginas.

El texto no le pedía entrar a un mundo desconocido.

Le permitía regresar a uno que ya había comenzado a habitar.

Uno de los documentos reunidos por la iniciativa Comprender lo cambia todo explica que comprender no consiste solamente en decodificar signos. También implica activar conocimientos previos y relacionar las ideas del texto con un contexto.

Eso parecía estar ocurriendo frente a mí.

Mi hijo no llegaba al almanaque únicamente con la capacidad de reconocer palabras. Llevaba también recuerdos del Mundial, nombres de países, partidos que habíamos visto y preguntas que el torneo le había dejado.

La lectura podía encontrar dónde acomodarse.

El indicador que estaba mirando

Su lectura en voz alta todavía tiene pausas. Algunas palabras requieren más tiempo. El ritmo no siempre se mantiene.

Pero ahora puedo observar algo que durante nuestros primeros intentos quizá no supe mirar con suficiente claridad:

Mi hijo entiende.

Puede identificar lo que ocurre, relacionar información e interpretar lo que está leyendo.

No significa que la fluidez haya dejado de importar.

Cuando reconocer cada palabra demanda demasiado esfuerzo, quedan menos recursos disponibles para construir el significado general. La fluidez ayuda a cruzar ese puente y necesita práctica y acompañamiento.

Pero un estudio sobre comprensión lectora en Latinoamérica señala algo especialmente relevante para esta experiencia: las habilidades de comprensión deben desarrollarse a la par de la decodificación, no después de que el niño haya alcanzado una lectura aparentemente perfecta. Entre esas habilidades se encuentran el vocabulario, el lenguaje oral y la capacidad de construir y explicar una narración.

No necesitamos esperar a que nuestros hijos lean sin una sola pausa para conversar con ellos sobre lo que entendieron.

Tampoco deberíamos concluir que la comprensión está garantizada sólo porque pronuncian todas las palabras con seguridad.

Aquella lectura me ayudó a distinguir dos preocupaciones que yo había colocado dentro del mismo paquete.

Mi hijo todavía necesita desarrollar mayor fluidez.

Eso no significa que detrás de cada pausa haya ausencia de comprensión.

El rezago que no siempre desaparece con el tiempo

Esta diferencia entre pronunciar las palabras y construir su significado me hizo pensar en Comprender lo cambia todo, una iniciativa impulsada por Fondo Alternativa y Mexicanos Primero.

Su propósito es que todas las niñas y todos los niños en México comprendan lo que leen antes de cumplir diez años.

Los materiales de la iniciativa comienzan con una cifra que permite dimensionar el problema: una de cada dos niñas y niños en México termina la primaria sin comprender lo que lee.

Pero hubo otro dato, quizá menos evidente, que me pareció todavía más inquietante.

Con base en una investigación de Fletcher y Lyon, la campaña señala que 74% de las niñas y los niños que presentan dificultades de lectura en tercero de primaria continúa con ellas al llegar a tercero de secundaria.

No es solamente la fotografía de un momento.

Es la posibilidad de que una dificultad temprana acompañe al niño durante buena parte de su trayectoria escolar.

Las cifras no dicen que todos deban leer exactamente de la misma manera ni dominar las mismas habilidades al mismo tiempo.

Tampoco me permiten sacar conclusiones sobre mi hijo a partir de unas cuantas lecturas en casa.

Lo que sí advierten es que las dificultades no siempre desaparecen por el simple hecho de avanzar de grado.

Esperar puede formar parte del proceso.

Desentendernos, no.

Leer no es rendir un examen frente a papá

La campaña propone tres acciones para acompañar la comprensión desde la familia: conocer el contenido, cuestionar su significado y compartir lo aprendido.

No me parecieron una fórmula para aplicar después de cada párrafo.

Me parecieron una manera de recordar que terminar una página no significa necesariamente haber terminado de leerla.

Mientras mi hijo lee el almanaque, podría preguntarle:

—¿Qué sucedió?

Eso ayudaría a conocer la información que aparece en el texto.

También podría preguntarle:

—¿Por qué crees que consideran importante ese partido?

Eso lo invitaría a relacionar información y construir una interpretación.

O podría pedirle:

—¿Cómo me contarías esta historia si yo no hubiera visto el Mundial?

Así tendría la oportunidad de compartir lo comprendido con sus propias palabras.

Las tres preguntas pueden aportar algo.

Formuladas una detrás de otra, también pueden convertir una lectura compartida en una comparecencia ante la comisión de educación del Senado.

No hace falta comprobar la comprensión después de cada línea.

A veces aparece en una pregunta espontánea, en una conexión con otro partido, en una opinión sobre un jugador o en la capacidad de explicar lo leído sin repetir exactamente las mismas palabras.

Nuestro trabajo no consiste únicamente en verificar si retuvo la información correcta.

También podemos conversar con él a partir de ella.

Cuando el deporte ofrece una razón para leer

Los niños pueden encontrarse con la lectura deportiva en muchos formatos.

Una crónica.

La biografía de un jugador.

Una tabla de posiciones.

El reglamento de un torneo.

Una revista.

Las instrucciones para practicar un movimiento.

Un almanaque que les permita regresar a un Mundial.

No todos esos textos tendrán la misma complejidad ni cumplirán la misma función. Tampoco todo lo que incluya una pelota despertará automáticamente su interés.

Pero el deporte puede ofrecer algo valioso: una pregunta cuya respuesta el niño realmente quiere encontrar.

¿Por qué anularon el gol?

¿Cómo se clasifica un equipo?

¿De dónde viene ese jugador?

¿Por qué aquel partido cambió la historia de una selección?

¿Qué ocurrió en los Mundiales antes de que él naciera?

La lectura deja entonces de ser solamente una actividad que debe completar.

Se convierte en una herramienta para comprender mejor algo que ya le importa.

La oportunidad está ahí, pero conviene acercarse con cierta cautela.

Podemos permitirle elegir entre distintos formatos.

Alternar párrafos cuando leer en voz alta exige demasiado esfuerzo.

Detenernos para conversar sin evaluar cada respuesta.

Ayudar con una palabra sin corregir simultáneamente pronunciación, velocidad, postura, volumen y la interpretación general de la obra.

Y, sobre todo, detenernos antes de convertir su afición en otra tarea.

Sería una hazaña bastante particular lograr que un niño se cansara al mismo tiempo del futbol y de los libros.

Los libros también saben esperar

No sé si La cancha de los deseos o Puro futbol encontrarán más adelante su momento.

Tal vez mi hijo quiera retomarlos cuando tenga otras preguntas.

Quizá alguno nunca termine por interesarle.

Mi biblioteca personal también contiene libros que compré convencido de que cambiarían mi forma de entender el mundo y que, por ahora, se limitan a cambiar de repisa.

El deporte puede abrir una puerta hacia la lectura.

Pero ponerle un balón a la portada no basta.

Podemos elegir materiales, leer a su lado, ayudarlo a desarrollar fluidez y hacer preguntas que le permitan construir significado. No podemos decidir el instante exacto en que una historia despertará su curiosidad.

Eso fue lo que cambió durante nuestro segundo intento.

No sólo encontramos otro libro.

Mi hijo encontró una razón que era suya para abrirlo.

Por ahora, mientras se detiene frente a algunas palabras pero comprende la historia que está leyendo, intento no apresurar el marcador.

Los libros pueden esperar.

A los papás suele costarnos un poco más.

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